Los juegos de la imaginación en la novela de Sergio Ramírez (IV)

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El caballo dorado, de Sergio Ramírez, fue calificado por los jueces de la VI Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2025 como “un prodigioso artefacto literario”. La palabra “prodigioso”, en la evaluación de ese jurado, no es gratuita. En esta novela, Sergio Ramírez nos hace viajar por mundos fascinantes, construidos con la fuerza creativa de sus “mentiras verdaderas”, productos de su imaginación que no son necesariamente ciertos, pero que podrían serlo. Nuestro autor, además, nos regala un español revestido con sus mejores galas, una verdadera “pirotecnia lingüística”, como lo describió uno de sus colegas.

Prodigiosa también es la capacidad de esta obra para inducir experiencias perceptuales mediante la evocación de sensaciones, especialmente de colores y olores, que nos permiten captar el entorno en el que se desarrolla la novela. Las experiencias olfatorias en esta novela son particularmente sugestivas porque la mención de un olor activa directamente el cerebro emocional y la memoria.

Finalmente, El caballo dorado nos hace recorrer un momento de nuestra historia nicaragüense que la prosa de Sergio Ramírez ilumina mediante la descripción de personajes y circunstancias que poseen el peso de lo fáctico, en la medida en que son elementos verificables de nuestro pasado. Esos personajes y circunstancias cobran una nueva vida en El caballo dorado porque la imaginación de nuestro autor no simplemente los reproduce, sino que, con ellos, produce una nueva imagen de nuestra historia. Vale la pena señalar que, en las ciencias de la mente, la imaginación reproductiva se refiere, como lo explica Joaquín Mateu-Mollá, a “la simple evocación del pasado, deformada por el paso del tiempo y por las limitaciones de almacenamiento en la memoria”, mientras que la productiva se refiere a “la construcción mental de contenidos nuevos a partir de la amalgama de experiencias vividas”.

En este artículo, quiero hacer referencia a los ingredientes de la receta que combina lo imaginado y lo real de esta novela para producir un guiso literario que, una vez cocinado, se convierte en una sustancia de la que resulta imposible distinguir sus componentes. ¿Cómo logra hacerlo Sergio Ramírez en esta novela? Respuesta: anclando su imaginación en experiencias perceptuales —procesos cognitivos que organizan e interpretan los estímulos sensoriales de nuestro entorno— y en datos históricos, en dos momentos de su narrativa en los que las proporciones de estos dos ingredientes varían, mientras que el hilo de la narración mantiene su fluidez gracias a una trama, un lenguaje y un vocabulario tan envolventes que nos llevan de un momento a otro sin percatarnos del cambio.

Mentiras verdaderas, sazonadas con sal perceptual rica en olores y colores

A grandes rasgos, en las primeras tres partes de El caballo dorado, la técnica literaria de nuestro autor —para no exagerar la metáfora de la cocina y llamarla “técnica culinaria”— consiste en sazonar una elevada porción de “mentiras verdaderas”—como la existencia de la princesa María Aleksándrovna, una princesa de la nobleza rural de los Cárpatos venida a menos; la del príncipe Aleksándr Vasílievich Korchak, su padre; la del peluquero y escultor de caballos de madera para carrusel, Anatoli Florea, su amante; y la del inspector Anastase Albescu, el comisario rumano que investiga la desaparición y muerte de Anatoli— con una riquísima variedad de experiencias perceptuales que anclan esas “mentiras” a vivencias cotidianas que podemos encontrar fácilmente en la despensa de la memoria, como, por ejemplo, “el olor pestilente” que guía a Albescu “hasta el excusado” (231); o el olor a la “leña de encino” (49); o “los olores de la reseda, rosas, magnolias, gardenias, jacintos y madreselvas” (202); o el olor a “moho” (70); o el de sábanas que apestan “a sudor agrio y a trementina” (107).

Sergio Ramírez, pues, enraíza sus relatos imaginativos en nuestra conciencia experiencial, o “experiencia vivida”, la que incluye, como lo anota el filósofo de la mente Ned Block, “lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos, gustamos, repelemos, queremos, necesitamos, toleramos y gozamos”. De esta forma, las experiencias perceptivas que nuestro autor induce en nuestra mente les dan a las “mentiras” de la novela el sabor de lo verdadero, lo que contribuye a evitar que se conviertan en fantasías, es decir, en mentiras inverosímiles.

Nuestro autor también emplea un potente juego imaginativo que podemos denominar “subliminal”, dado que su efecto se produce “por debajo del umbral de la conciencia” y que consiste en hacernos participar en la “cocina” de la narrativa cuando somos interpelados para responder a interrogantes tales como: “¿Hemos de confiar en la afirmación de Ingebor de que Anatoli robó las joyas? Existe una urdimbre de mentiras tejida entre la institutriz y el lacayo que sería prudente abordar con cautela” (71).

Al involucrarnos en su narrativa, Sergio Ramírez logra que los acontecimientos de su novela parezcan ser experimentados no solo por los personajes de la misma, sino también por nosotros, pues al cuestionarnos si Ingebor dice la verdad y si Anatoli tomó las joyas, nos responsabilizamos de decidir si uno de ellos miente y si el otro es un ladrón. Este juego imaginativo, además, fortalece la “sincronía neuronal” entre el lector y el novelista, es decir, refuerza la alineación de las señales neuronales entre ambos. En una de sus conferencias en el Instituto Cervantes, Sergio Ramírez se refirió a este fenómeno cognitivo al hablar de la “correspondencia armónica de imágenes” que permite al novelista y al lector sintonizar sus mentes. Es importante notar que, aunque por momentos nos convertimos en “coautores” virtuales de El caballo dorado, es Sergio Ramírez quien, en última instancia, aclarará la duda sobre la sinceridad de Ingebor y las acciones de Anatoli. El autor, pues, ¡siempre lleva la batuta!

Hechos históricos revueltos con imaginación y una nueva porción de percepciones

Tomemos nota de que, hasta mediados de la tercera parte de El caballo dorado, los datos históricos han sido usados por nuestro autor como un condimento que acentúa la verosimilitud de sus “mentiras”: la aldea de Siret, en el antiguo Imperio austrohúngaro, es real, no necesariamente así las cosas que Sergio Ramírez nos dice que ocurrieron en ese lugar; Thomas Bradshaw es realmente considerado como el inventor del carrusel movido a vapor, aunque Anatoli Florea no haya existido como un aspirante a ese título; la estación ferroviaria Gara de Nord es tan real como Bucarest, donde está ubicada, aunque no sea cierto que Anatoli y la princesa hayan llegado a ella después de casarse.

Es solo a partir de la llegada de la princesa María Aleksándrovna a Nicaragua cuando los hechos históricos, que hasta entonces habían tenido un papel secundario, como la Nicaragua de Zelaya y la intervención gringa que nos legó el régimen de los Somoza, pasan a ser un ingrediente de primer orden. Esta historia real, sin embargo, se va a disolver, junto con una nueva porción de mentiras verdaderas y experiencias perceptuales, para formar un caldo tan bien licuado que el lector no podrá distinguir la ficción de la realidad. Esta fusión, como explicó Sergio Ramírez en una de sus conferencias en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, debe ser el objetivo de una buena novela. 

Pero hay algo más: al igual que la papa y el sofrito en un buen guiso, lo imaginativo y lo histórico se combinan en la cuarta parte de El caballo dorado para formar una imagen vivificada de nuestro pasado. Esta representación muestra tanto los hechos que conforman la dimensión objetiva de nuestra historia como la subjetividad, la mentalidad y las extravagancias de algunos de sus protagonistas, a menudo grotescas y con frecuencia ridículas, cuando son imaginadas desde fuera del marco cultural que suele conferirles una dignidad que, en realidad, no poseen. Un ejemplo es el caso del general Luis Mena, visto desde la perspectiva de la princesa María Aleksándrovna.

El general Mena [el de “la guerra de Mena” contra Adolfo Díaz en 1912] que se pasea tan airoso en las calles en su uniforme de ulano imperial, seguido de vagos y niños descalzos, pretende derribar [a Juan José Estrada], su amigo de infancia, del trono del reino de este reino perdido en la nada, ¿y para qué?, rebaños de moscas, nubes de mosquitos, perros vagabundos, cerdos callejeros, caballos escuálidos uncidos a los coches de tiro, letrinas rebalsadas tras los aguaceros, pestilencia de frutas podridas y despojos de reses sacrificadas a cada soplo de aire, borrachos gritones en cada esquina, temblores de tierra, tristes cuarteles vigilados por centinelas de alpargatas y sombreros de palma, y en este calor de hamam turco ese casco de latón debe cocerle al general Mena a fuego lento la cabeza, ya no se diga el suplicio del uniforme de paño tan grueso, los sobacos empapados de sudor como lo denuncian las aureolas oscuras en la chaqueta rojo granate, vestido a estampa del Archiduque Carlos de Habsburgo-Lorena, comandante de la guardia imperial de húsares, al que mi padre reverenciaba… (373-4).

Varias páginas más adelante, Sergio Ramírez le atribuye al periodista Francisco Huezo [quien realmente existió] una frase que captura la tragicomedia de un país que, como el nuestro, no para de producir caudillos y aspirantes a caudillos (también caudillas), como Mena, “embriagados por el mal de las alturas”. Y se pregunta: “¿Qué hay dentro de esas cabezas, nimbadas por los resplandores de una gloria que solo sus dueños ven brillar?” (379).

Los atributos de un chef literario de primera

Si usamos el caso de Sergio Ramírez, yo diría que son tres cosas las que hacen a un chef literario con estrella Michelin: un talento innato y una vocación literaria descubiertos a temprana edad; una férrea disciplina para desarrollar esas dos cualidades; y una rica experiencia de vida. En cuanto a la primera de estas características, me atrevo a decir que Sergio Ramírez nació con un cerebro “formateado” para la literatura que, desde muy niño y con el apoyo de su madre, lo impulsó a apreciar y admirar el arte de contar historias. Digo esto porque creo firmemente en lo que decía mi abuela Manuela: “Lo que Natura no da, Salamanca no lo presta”.

En cuanto a la disciplina de nuestro novelista, él ha confesado ser prisionero voluntario de una férrea rutina matutina que compara con la de un “mecanógrafo empecinado”, lo que lo hace un fiel observante de la norma que encierra otro de los refranes de mi abuela: “El tiempo perdido los santos lo lloran’. En una entrevista ofrecida a El Financiero Bloomberg, en la Feria del Libro de Guadalajara, hace algunos años, señaló que se encierra “cada mañana a las ocho de la mañana” en su estudio, que él compara con una “cápsula espacial” que lo aísla del mundo, para estudiar y escribir.

Finalmente, y vuelvo a recurrir al refranero de mi abuela: “Nadie da lo que no tiene”. Para ser un chef literario de la calidad de Sergio Ramírez se necesita contar con una experiencia de vida excepcional, como la que ha tenido nuestro autor. Basta pensar en su paso por el enrevesado mundo de la política nicaragüense, empezando por cuando era estudiante; el reto de hacer una carrera literaria que, como todas las carreras dedicadas al arte, es una odisea, aunque a estas alturas de su vida esté colmada de triunfos; y, finalmente, su condición de perseguido político y el drama de sus dos exilios.

Pero no solo son esas tres cosas las que hacen excepcional la vida de Sergio Ramírez. Después de todo, nuestras historias personales no son solo una colección de sucesos. Son, también y, sobre todo, una filosofía de vida que, en el caso de nuestro autor, se expresa en algo a lo que hice referencia en otro artículo: una orientación ética que le ha dado a su vida la misma coherencia que caracteriza su obra literaria. Esta coherencia se expresa en lo que yo denominaría una opción preferencial por los más jodidos de nuestro país y del mundo —los pobres, los inmigrantes, los perseguidos políticos y los discriminados—. Esta opción ha tenido un impacto en su imaginación literaria porque lo ha nutrido de la vitalidad inigualable de la sabiduría popular, esa vitalidad de la que se desprenden mil y una formas de resistencia ante los abusos de todo tipo de poder, así como mil y una estrategias de sobrevivencia y solidaridad, incluyendo el humor y los dichos y dicharachos de los excluidos que dicen mucho con poco y que llenan la obra de nuestro autor.

No estoy diciendo nada nuevo. El jurado que le otorgó el Premio Cervantes declaró que la obra de nuestro autor “refleja la viveza de la vida cotidiana convirtiendo la realidad en una obra de arte de excepcional altura literaria”. Por su parte, el escritor Luis García Montero ha señalado que la obra de Sergio Ramírez posee “una riqueza de vocabulario que también es una riqueza de vida”.

Para rematar, la extraordinaria experiencia de vida que nutre la imaginación de nuestro novelista se ha visto enriquecida por el estímulo de una saludable cuota de enemigos, cuyos arrebatos han sido una “ratificación de rumbo” en la vida de nuestro autor. Le dejo la explicación de lo que acabo de decir al poeta escocés Charles McKay.

“¿Dices que no tienes enemigos?

¡Ay, amigo mío, pobre es esa jactancia;

Aquel que se ha mezclado en la contienda

Del deber que los valientes soportan,

¡Debe haberse hecho enemigos! Si no tienes ninguno,

Pequeña es la obra que has realizado,

No has golpeado a ningún traidor en la cadera,

No has arrebatado ninguna copa de labios perjuros,

Nunca has corregido errores,

Has sido un cobarde en la pelea”.

El autor es doctor en Ciencias Políticas. Profesor retirado de Western University de Canadá.

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