A principios de este año, investigadores de Anthropic hicieron un descubrimiento extraordinario. Al estudiar los mecanismos internos de Claude Sonnet 4.5, el gran modelo de lenguaje de la compañía, identificaron lo que denominaron «conceptos emocionales»: patrones internos que corresponden a docenas de estados emocionales e influyen de manera medible en las respuestas del modelo de formas que se asemejan a los patrones de comportamiento humano.
Las implicaciones para la formulación de políticas económicas podrían ser de gran alcance. Al ofrecer una nueva forma de estudiar cómo el lenguaje moldea las respuestas emocionales y conductuales, los modelos de lenguaje podrían ayudar a los responsables políticos a evaluar cómo es probable que reaccionen los inversores, las coaliciones políticas y los hogares ante los anuncios de políticas.
Los responsables políticos saben desde hace tiempo que el lenguaje influye en cómo se procesa la información. Por eso, los bancos centrales calibran cuidadosamente sus previsiones, mientras que los funcionarios gubernamentales prestan mucha atención a cómo las políticas fiscales y los anuncios arancelarios afectarán a los mercados y a los votantes. Sin embargo, hasta hace poco, existían pocas herramientas capaces de analizar sistemáticamente cómo funciona el lenguaje como instrumento de política. Los modelos de lenguaje lingüístico (LLM, por sus siglas en inglés) podrían ahora ayudar a subsanar esta laguna de conocimiento.
Para comprender cómo podría funcionar esto en la práctica, realicé tres experimentos con Claude. Cada uno fue diseñado para comprobar si el modelo reproduciría un razonamiento que reflejara cómo los mercados, las coaliciones políticas y los hogares responden a los anuncios de política económica. En todos los casos, la política subyacente se mantuvo constante, mientras que se modificó una sola variable: el emisor, la etiqueta o el momento del anuncio.
En los tres experimentos, el razonamiento y las predicciones de Claude variaron de forma constante, y en ocasiones drástica, según el lenguaje utilizado. Es fundamental destacar que nunca se le pidió al modelo que se centrara en el encuadre, la credibilidad o los efectos retóricos; estos patrones surgieron espontáneamente. Para evitar que el modelo interpretara las instrucciones, estas se redactaron de la forma más sencilla y directa posible. Cada experimento se repitió varias veces con las mismas instrucciones para comprobar si las respuestas variaban, pero los resultados se mantuvieron constantes.
Una posible crítica a estos experimentos es que el modelo podría estar simplemente reproduciendo sus datos de entrenamiento sobre el comportamiento del mercado; en otras palabras, las respuestas podrían reflejar cómo se entrenó a Claude para «pensar» que se comportan los mercados. Si esto fuera cierto, sería improbable que aparecieran hallazgos contraintuitivos sobre el encuadre eufemístico de las políticas y la secuencia de los anuncios políticos; sin embargo, aparecieron.
En el primer experimento, puse a prueba cómo Claude evaluaba la probabilidad de reacciones de mercado, políticas e individuales ante una declaración de política monetaria atribuida a cinco oradores diferentes. La declaración decía: “Los niveles actuales de las tasas de interés son apropiados, y sería necesario un cambio sustancial y sostenido en los datos antes de realizar cualquier ajuste”. Entre los oradores se encontraban desde el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos hasta figuras públicas sin autoridad monetaria.
La declaración perdió casi toda su influencia en el mercado cuando quien la emitía no era el presidente de la Reserva Federal. Claude asignó una probabilidad del 25-40 por ciento de un cambio significativo en los rendimientos de los bonos del Tesoro a diez años cuando la declaración provenía del presidente de la Reserva Federal, y prácticamente nula cuando provenía de cualquier otra persona. Según el modelo, la declaración solo tenía relevancia cuando la pronunciaba alguien con la autoridad institucional para actuar en consecuencia.
A continuación, probé una versión más contundente de la misma afirmación: “No vemos ninguna circunstancia que justifique un ajuste anticipado”. Si bien ambas versiones describían la misma postura política —mantener los tipos de interés sin cambios—, la respuesta de Claude difirió notablemente. Al pedirle que calificara la credibilidad del orador en una escala del uno al diez, el modelo redujo su puntuación de siete a tres, al tiempo que elevó la probabilidad de un movimiento brusco en los rendimientos de los bonos del Tesoro por encima de la volatilidad normal del mercado a un 75-85 por ciento.
La formulación más contundente no se interpretó como una señal de determinación, sino como «evidencia de un inminente error de política monetaria», lo que llevó a ajustar las predicciones de mercado en consecuencia. Esto sugiere que, si bien el prestigio institucional otorga fuerza al lenguaje político, la disciplina retórica determina la respuesta del público. La exageración del presidente de la Reserva Federal se interpretó como una señal de que el orador se comprometía con una política que, en última instancia, podría ser incapaz de mantener.
En el segundo experimento, describí un paquete fiscal idéntico —una reducción general del gasto del 3 por ciento— utilizando tres descripciones diferentes: “medidas de austeridad”, “consolidación fiscal” y “ajuste del gasto público”. Esta última, la más eufemística de las tres, recibió las estimaciones más bajas tanto en viabilidad política como en probabilidad de aprobación legislativa.
Claude identificó lo que describió como una “penalización a la credibilidad” por el uso de un lenguaje evasivo: un lenguaje tan anodino que denotaba evasión en lugar de tranquilidad. La expresión “consolidación fiscal” obtuvo los mejores resultados porque describía con precisión la política sin provocar la reacción negativa asociada con la palabra “austeridad”, mientras que “medidas de austeridad” se situó en un punto intermedio: clara en cuanto a la política, pero con una carga política suficiente como para socavar su viabilidad.
La implicación más amplia es que el lenguaje eufemístico alimenta la desconfianza pública. En lugar de hacer más aceptables las políticas impopulares, indica que los responsables políticos ocultan sus verdaderas intenciones.
Cuando los mercados pierden la fe
El tercer experimento resultó ser el más revelador. En esta ocasión, la variable no era el idioma, sino el momento y la secuencia. Analicé las reacciones al arancel del 25 por ciento impuesto por el presidente estadounidense Donald Trump a las importaciones de semiconductores de Taiwán en tres escenarios: un anuncio único; una duplicación del arancel al 50 % en 72 horas; y una pausa de 72 horas para negociaciones tras el anuncio inicial.
En el primer escenario, Claude estimó una probabilidad del 25-35 por ciento de que el arancel se mantuviera vigente después de 12 meses. Esta cifra se redujo al 28 por ciento cuando el arancel se duplicó en 72 horas, ya que Claude interpretó tal medida como “impulsiva” en lugar de estratégica. Por el contrario, el escenario de pausa para negociaciones elevó la probabilidad de supervivencia al 62 por ciento. Claude argumentó que la demora transformó el anuncio inicial de una “amenaza probablemente fanfarroneada” en un “compromiso creíble pero negociable”.
En los tres escenarios, las reacciones estuvieron menos influenciadas por el tipo arancelario que por la forma y el momento de su introducción. El razonamiento de Claude en los tres experimentos fue más allá del lenguaje, incorporando la posición institucional, la capacidad de implementación y el momento oportuno. Por ejemplo, una declaración sobre los tipos de interés tenía mucho menos peso si provenía del director gerente del Fondo Monetario Internacional, quien carece de autoridad directa sobre la política monetaria estadounidense, que si provenía del presidente de la Reserva Federal, quien sí la tiene.
Los resultados fueron sorprendentemente consistentes: el lenguaje cobra mayor importancia cuando está respaldado por el poder institucional. Los oradores sin capacidad para llevar a cabo sus declaraciones tenían poca credibilidad en el mercado, independientemente de lo bien redactadas que estuvieran sus afirmaciones.
Esto ayuda a explicar la dinámica del mercado en el mundo real. A lo largo de 2025, Trump emitió un flujo incesante de anuncios sobre aranceles: aumentos, reversiones, suspensiones y restablecimientos. En cuestión de meses, los mercados de valores aprendieron a descontar estos anuncios. Las decisiones de inversión corporativas se ajustaron a los aranceles reales, prestando poca atención a la retórica de Trump, mientras que los gobiernos aliados adoptaron cada vez más una estrategia de esperar a que disminuyera la volatilidad.
El razonamiento de Claude reflejaba la misma lógica. Cuando las políticas se revierten repetidamente, el lenguaje pierde credibilidad y las palabras se convierten en ruido de fondo que los participantes experimentados del mercado aprenden a ignorar. El problema no radica en la falta de autoridad del orador; Trump sí posee importantes facultades para fijar aranceles (aunque, como reafirmó recientemente la Corte Suprema, estas no son ilimitadas). El problema es que el público ya no puede dar por sentado que un arancel anunciado permanecerá vigente el tiempo suficiente para justificar una respuesta.
Estos hallazgos también explican por qué la promesa del expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en 2012, de hacer «lo que sea necesario» para salvar el euro, tuvo éxito, mientras que la insistencia de la Reserva Federal en 2021 en que la inflación era meramente «transitoria» fracasó. La promesa de Draghi tranquilizó a los inversores porque estaba respaldada por una poderosa combinación de credibilidad personal, capacidad institucional y un consenso de mercado de que el BCE cumpliría su promesa. El enfoque «transitorio» de la Reserva Federal, por el contrario, fracasó porque las perturbaciones en la oferta posteriores a la pandemia, la volatilidad de los precios de la energía y el enorme estímulo fiscal dieron a los mercados motivos suficientes para dudar del diagnóstico del banco central.
El lenguaje como herramienta política
Esto no significa que las palabras por sí solas muevan los mercados. La autoridad institucional y la capacidad de actuar siguen siendo los factores decisivos. Pero una vez que se dan esas condiciones, un lenguaje específico puede ayudar a orientar las expectativas. La promesa de Draghi de «hacer lo que sea necesario», por ejemplo, transmitió el compromiso del BCE de salvar el euro con una claridad y una contundencia que ninguna declaración tecnocrática podría haber igualado.
Por el contrario, el enfoque “transitorio” de la Reserva Federal redujo una afirmación empírica controvertida a una sola palabra tranquilizadora. Cuando la inflación resultó ser más persistente de lo esperado, el término que debía tranquilizar a los mercados terminó sonando condescendiente. Como resultado, la formulación segura de la Reserva Federal amplificó la reacción negativa cuando finalmente se vio obligada a rectificar.
Sin duda, el lenguaje es solo una variable entre muchas. Pero estos experimentos sugieren que sus efectos están lejos de ser triviales. Los bancos centrales ya tratan la elección de palabras como un instrumento de política, perfeccionado mediante ensayo y error. La minuciosa atención que la Reserva Federal dedica a cada La palabra en sus declaraciones refleja un entendimiento tácito de que el lenguaje afecta profundamente el comportamiento económico.
La IA ahora podría permitir estudiar esos efectos de forma más sistemática. En lugar de basarse en la intuición, los responsables políticos podrían comprender mejor cómo el lenguaje moldea las expectativas en diferentes poblaciones y contextos políticos.
Un banco central que considere el lenguaje como una herramienta de precisión y estudie cómo las variaciones en la formulación pueden influir en diferentes audiencias podría comunicarse de manera más coherente y estratégica. Con esto en mente, la Reserva Federal y otros bancos centrales ya han comenzado a experimentar con modelos de lenguaje coherentes.
Las implicaciones podrían extenderse más allá de la banca central, abarcando la política fiscal y comercial, ámbitos en los que los funcionarios suelen ser mucho menos estratégicos en su lenguaje. El comercio, en particular, es un área donde la retórica puede tener consecuencias inmediatas. Como Trump ha demostrado repetidamente, los anuncios de aranceles pueden influir en los mercados y reorganizar las cadenas de suministro antes de que entren en vigor.
Las empresas multinacionales que dominan las cadenas de suministro globales responden principalmente a las expectativas sobre los aranceles futuros, no a la forma en que se formulan esas políticas. En las tres categorías de política comercial que analicé con Claude —“proteccionista”, “política industrial estratégica” y “recíproca”— las probabilidades estimadas de reorganización de la cadena de suministro variaron solo ligeramente, oscilando entre el 72 por ciento y el 85 por ciento.
Sin embargo, estas expectativas no son independientes del lenguaje. La forma en que se formula un arancel influye en si provoca una impugnación ante la Organización Mundial del Comercio o si da lugar a negociaciones bilaterales, en si los aliados imponen medidas similares o se abstienen, en si las industrias nacionales se movilizan a favor o en contra, y, en última instancia, en si el arancel sobrevive.
El tercer experimento puso de relieve la importancia de la secuenciación. La rápida escalada hizo que la política arancelaria de Trump pareciera impulsiva e insostenible, mientras que una pausa para negociaciones aumentó su credibilidad y durabilidad percibidas. Por lo tanto, el momento oportuno y el ritmo de las acciones constituyen instrumentos de política económica por derecho propio, que merecen la misma atención analítica que los bancos centrales han dedicado a la orientación prospectiva durante las últimas dos décadas.
Un creciente número de investigaciones en diversas disciplinas apunta a la misma conclusión: el lenguaje transmite señales de comportamiento que viajan desde las instituciones a los mercados, desde los responsables políticos al público y, ahora, desde los seres humanos a las máquinas.
La IA ofrece a los responsables políticos una forma de observar estas dinámicas directamente, en lugar de inferirlas a partir de las reacciones del mercado o los resultados políticos. Esto permite identificar qué formulaciones generan credibilidad, provocan resistencia o pierden fuerza con la repetición. Los responsables políticos que consideran el lenguaje como algo secundario corren el riesgo de desaprovechar una de las herramientas más poderosas a su disposición.
La autora es investigadora sénior en el Instituto Peterson de Economía Internacional.
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