El discurso de los codictadores y el brutalismo comunicacional

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Lo que habitualmente dicen en público los codictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo por lo general carece de valor informativo porque casi siempre repiten el mismo discurso.

Como excepción, el discurso de Ortega se puso interesante después del 3 de enero pasado, cuando Estados Unidos (EE. UU.) ejecutó la operación militar «Resolución Absoluta» que extrajo de Venezuela al dictador Nicolás Maduro y su esposa y cómplice Cilia Flores, y los llevó presos a Nueva York donde ahora son juzgados por una corte federal.

Pero el discurso de Ortega no se puso interesante porque protestó por la operación en contra de Maduro y clamó contra el presidente estadounidense, sino porque a raíz de esos hechos optó por la prudencia y moderó su retórica contra EE. UU.

La sorpresa fue que al conmemorar a su manera el octavo aniversario de la matanza que perpetró la dictadura para poner fin a la rebelión ciudadana democrática de 2018, el 22 de abril pasado Ortega retomó en su discurso la agresividad contra EE. UU., y personalmente contra el presidente Donald Trump, al que llamó “desquiciado mental”, “terrorista” y otros epítetos parecidos.

Según los analistas políticos, Ortega retomó el discurso contra EE. UU. confiando en que por las complicaciones en la guerra de Irán, el gobierno de Trump no puede prestarle mayor atención a Nicaragua.

En cuanto al discurso de Murillo, que lo divulga a diario a través de los medios oficialistas de comunicación y propaganda, también es el mismo de siempre, pero dedicado a insultar y descalificar a los opositores exiliados, obispos y sacerdotes también desterrados, a los medios de comunicación independentes que se transmiten desde el exterior, y cuanta persona critique de cualquier manera a la dictadura.

En los archivos de LA PRENSA encontramos que los insultos favoritos y usuales de la codictadora Murillo para insultar, denigrar y deshumanizar a los opositores son los de terroristas, golpistas, vendepatria, traidores, vendidos al imperio, forajidos y delincuentes, entre otros. Además, bacterias, microbios, cucarachas, zopilotes, plagas, parásitos, puchos, minúsculos, diminutos, miserables y desquiciados. Y en el ámbito religioso sus insultos favoritos y habituales a los obispos, sacerdotes y pastores son los de satánicos, demonios, demoníacos, hijos del diablo, engendros de Lucifer, etc.

Habría que hacer un glosario completo de los epítetos, insultos, ofensas, descalificaciones y demás frases de odio que han salido y siguen saliendo de la afiebrada mente de la codictadora de Nicaragua, porque eso es parte de la memoria histórica que es necesario conservar para lo que corresponda cuando llegue el momento de hacer justicia, pero en general para el conocimiento de las generaciones venideras nicaragüenses.

Los sicólogos de la comunicación llaman “brutalidad comunicacional” al uso premeditado y deliberado del insulto, la deshumanización, la criminalización y el asesinato reputacional de los adversarios políticos, considerados como enemigos sin ningún derecho, ni siquiera a la vida o a vivir en su propio país.

Explican que el brutalismo comunicacional se basa en la construcción de un enemigo, o el tratamiento como tal al adversario, el uso reiterado del lenguaje ofensivo, la descalificación sistemática del otro y la polarización del discurso político. Lo cual se explica por los complejos y otros desarreglos emocionales y sicológicos que sufren quienes la practican.

Pero esta no es una invención de la codictadora de Nicaragua. En realidad, se trata de una antigua degeneración del enfoque ideológico y el discurso político que los líderes fascistas de derecha como Hitler y Mussolini, y los de izquierda como Stalin, utilizaron sistemáticamente a mediados del siglo pasado, como su principal herramienta de lucha ideológica para justificar sus criminales fines políticos.

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