Trasfondo del regaño de la dictadura de Nicaragua al canciller de Guatemala

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Medios internacionales de prensa han valorado como un aumento de las tensiones diplomáticas entre Nicaragua y Guatemala el incidente que se creó a partir de una crítica pública del canciller guatemalteco a la dictadura nicaragüense de Ortega y Murillo, y la riposta inmediata de su Cancillería.

El martes 12 de mayo, el periódico El País, de España, publicó una entrevista con el canciller de Guatemala, Carlos Ramiro Martínez, quien habló sobre los problemas que afronta la democracia en América Latina y el avance de la extrema derecha política en la región.

Al hablar de los problemas de la democracia en Latinoamérica, el canciller guatemalteco mencionó la inocultable realidad de que en Nicaragua hay una dictadura, y de las más duras, como muy bien lo saben y sufren los nicaragüenses.

Al respecto el canciller de Guatemala dijo al periódico español que su gobierno “ha sido muy claro en su condena a (la dictadura de) Managua”. Mencionó que no hay embajador de Guatemala en Managua, y reiteró: “Hemos condenado a Nicaragua en diversos foros regionales e internacionales. Creemos que es un régimen que pasa por encima de su población”.

Como cabía esperar, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo ripostó inmediatamente con una declaración de su Cancillería, en la que regañó al canciller guatemalteco y lo acusó de irrespetuoso e injerencista.

En realidad, lo que hizo el canciller de Guatemala fue expresar públicamente su preocupación por el avance de discursos y prácticas políticas autoritarias en Centroamérica, de lo cual el principal ejemplo es Nicaragua. Ante esta realidad, el líder de la diplomacia guatemalteca reflexionó que “la democracia tiene déficits muy grandes, pero es el régimen que conocemos que mejor funciona, el más abierto, el más participativo”.

El canciller Carlos Ramiro Martínez es un diplomático de carrera con amplia experiencia en el delicado campo de las relaciones internacionales. Está al frente de la Cancillería de Guatemala desde enero de 2024 y antes fue cuatro veces viceministro de Relaciones Exteriores y representante permanente de su país ante las Naciones Unidas, en Ginebra.

Las credenciales diplomáticas del canciller guatemalteco son impecables y con ellas jamás se podría comparar el oscuro currículo de los operadores políticos de la dictadura de Nicaragua en el campo de las relaciones exteriores.

Ahora bien, este incidente surgido a partir de las declaraciones del canciller de Guatemala sobre los problemas de la democracia en América Latina, y su señalamiento de la realidad de que en Nicaragua hay una dictadura, no es solo una repentina tensión diplomática entre los dos países centroamericanos. Hay mucho más de fondo en eso.

La realidad es que en Centroamérica se ha creado un nuevo escenario geopolítico caracterizado por el avance de la democracia, tanto de derecha como de centro, como es el caso precisamente de Guatemala con el liderazgo del presidente Bernardo Arévalo.

La dictadura de Nicaragua se ha quedado sola en el ámbito centroamericano. Incluso perdió la capacidad de seguir bloqueando la elección del secretario general del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), por la reforma que hicieron recientemente los cancilleres de todos los demás países miembros, en una reunión en República Dominicana a la que el régimen no envió a ninguno de sus cocancilleres.

La dictadura de Ortega y Murillo es un grave problema del pueblo de Nicaragua, pero también afecta negativamente a toda Centroamérica por los estrechos lazos que identifican y unen a todos los países del área.

Es necesario resolver el problema que representa la dictadura de Nicaragua. De eso son conscientes los gobernantes centroamericanos y el canciller guatemalteco lo ha manifestado con claridad y entereza.

COMENTARIOS

  1. Hace 2 meses

    Bueno, Ralph, creo que parte del problema actual es que la política en Estados Unidos se volvió una guerra de fanáticos, no necesariamente una guerra entre “extrema izquierda” y “extrema derecha”. Cada ciclo electoral parece una pelea tribal donde ambos bandos se atrincheran y empiezan con los mismos epítetos de siempre: unos llamando “nazis” a los republicanos y los otros llamando “comunistas” a los demócratas.

    Y honestamente, mucha gente termina creyéndose esa retórica como si fuera verdad absoluta.

    Por eso siempre digo: no hay que tragarse entero el discurso de las burbujas mediáticas. Porque entonces terminás diciendo cosas absurdas, como que todo conservador es extrema derecha o que cualquiera que critique a Trump automáticamente es marxista.

    Yo, por ejemplo, ni siquiera te considero extremista. Te considero centro derecha. Sí, quizá romantizás demasiado ciertas cosas del somocismo, pero eso no te convierte automáticamente en fascista ni nada parecido.

    Igual conmigo: por decir que Trump tiene historial de comportamiento delincuencial o por tener sensibilidad social hacia la gente pobre, inmediatamente hay quienes me gritan “comunista”. Brother… no.

    Yo simplemente creo que prefiero ver más ayuda para gente necesitada antes que más tax breaks para multimillonarios. Y ojo: eso no lo dice solamente “la izquierda”. El mismo Warren Buffett ha dicho públicamente que él pagaría más impuestos si la ley realmente lo obligara, pero que aprovecha las reglas existentes porque así funciona el sistema. Y nadie en su sano juicio puede acusar a Warren Buffett de comunista.

    Aquí muchas veces se demoniza cualquier welfare para los pobres, pero cuando el welfare es para corporaciones gigantes, rescates financieros o enormes beneficios fiscales para multimillonarios, entonces mágicamente eso sí es aceptable. Los extremos existen en ambos lados.

    Ahora, también creo que el Estado muchas veces es ineficiente, burocrático y demasiado grande. Claro que hay que controlar el déficit fiscal y hacer más eficiente el gobierno. Y al mismo tiempo creo que la gente debería tener libertad personal: si dos adultos quieren casarse, que se casen; si una mujer quiere abortar, es decisión de ella.

    Eso no me hace comunista. Ni conservador extremo. Ni revolucionario. Ni MAGA. Ni nada.

    Simplemente significa que la realidad humana y política es muchísimo más compleja que las etiquetas simplistas que repiten las redes sociales y los canales de noticias 24/7.

    No te dejés encasillar, Ralph. Y tampoco te encasillés vos solito.

  2. Hace 2 meses

    Y ya para terminar, Ralph Smith:

    Si no te referís a eso, entonces dejemos algo claro: nadie llama “extrema derecha” a una persona simplemente porque crea en un Estado más pequeño, quiera reducir el déficit fiscal o tenga posturas conservadoras moderadas. Eso ha existido toda la vida y forma parte normal del espectro político democrático.

    Lo que pasa es que parecés estar peleando contra molinos de viento, confundiendo deliberadamente conceptos distintos para inventarte enemigos imaginarios.

    La extrema derecha es la extrema derecha. Punto.

    No todo conservador es extremista, así como no todo liberal es comunista. Pero tampoco vengamos ahora a lavarle la cara histórica a movimientos que sí han estado asociados con racismo, fanatismo, xenofobia y autoritarismo.

    Eso es como los viejitos cubanos jugando dominó en la Calle 8 que, si uno dice que Donald Trump es un delincuente de vieja data, inmediatamente brincan a decir que uno es comunista. Brother… no. Criticar a Trump no convierte automáticamente a nadie en marxista, igual que defender responsabilidad fiscal no convierte automáticamente a alguien en fascista.

    La política no es un switch binario de “o conmigo o sos comunista”. Ese infantilismo ideológico es precisamente parte del problema.

  3. Hace 2 meses

    Honestamente.

    Parafraseándote, según vos el “conservadurismo” es simplemente mantener “las leyes, las costumbres tradicionales y el sentido común”. Ah, bueno… entonces bajo esa lógica el Ku Klux Klan también eran simples “conservadores”, porque precisamente querían conservar el viejo orden racial, sus privilegios y las “tradiciones” de segregación.

    No estamos hablando de la Edad Media. En Miami y en el sur de Estados Unidos todavía en los años 60 había negros que no podían cruzar tranquilamente ciertas zonas después de cierta hora porque corrían riesgo real de ser golpeados o linchados. Ese era el “orden tradicional” que muchos defendían con uñas y dientes.

    Entonces no vengás ahora a vender la extrema derecha como si fuera un club de señores elegantes amantes de la buena moral y las buenas costumbres. Muchas veces históricamente ha sido exactamente lo contrario: intolerancia, racismo, xenofobia y odio disfrazados de “tradición”.

    Y sí, existe una “Old America” feísima: la del redneck supremacista, la del odio al inmigrante, la del que cree que cualquiera que no sea blanco, protestante y anglosajón vale menos. Eso también es parte de la historia del conservadurismo extremo, aunque te incomode admitirlo.

    Y ojo: una cosa es debatir razonablemente temas complejos como deportes femeninos o políticas públicas, y otra muy distinta es intentar blanquear movimientos históricamente asociados con fanatismo y exclusión diciendo simplemente “eran conservadores”. Ahí es donde tu argumento hace agua por todos lados.

  4. Hace 2 meses

    Lo que se denomina actualmente extrema derecha es lo que se denominaba conservadurismo en el siglo XX. Extrema derecha o conservadurismo es el seguimiento de leyes y costumbres tradicionales como el sentido común lo indica. Yo me pregunto, ¿Es normal que hombres biológicos participen en los deportes de mujeres biológicas? No, no lo es. El sentido común me indica que la fortaleza física, o sea, los músculos del hombre, son más fuertes que los de las mujeres y por consiguiente es injusto que una mujer biológica compita con un guevón en los deportes y este se gane la beca en la universidad porque resultó primero en el deporte femenino.

    1. Hace 2 meses

      A ver, Mr. Ralph Smith, de nuevo, tenemos una guerrita personal. Tres cosas.

      Primero: creo que eso ni siquiera estaba en el post original, o simplemente estás cambiando el tema. Lo que mencionás no tiene mucho que ver con el artículo. Pero bueno, voy a asumir que lo hiciste de forma irónica o satírica.

      Segundo: extrema derecha es extrema derecha ayer, hoy y siempre. Nadie le cambió el nombre. Antes se llamó nazismo; hoy le dicen “extrema derecha” para suavizar el empaque y confundir el sebo con la manteca. Y te lo dice alguien ultraliberal, ateo y antifascista si querés ponerle etiqueta.

      Tercero: honestamente, esa discusión que estás planteando me parece bastante bizantina y desviada del tema principal. Porque sí, yo también entiendo las preocupaciones de mucha gente. Tengo una hija que juega voleibol, y sinceramente no me gustaría que un hombre biológico termine golpeándola físicamente en una competencia deportiva. Tampoco me parece raro que haya mujeres que no se sientan cómodas compartiendo ciertos espacios íntimos.

      Pero todo eso no tiene absolutamente nada que ver con el documento ni con el tema original del post. Por eso da la impresión de que estás haciendo una desviación ideológica o simplemente te equivocaste de publicación.

  5. Hace 2 meses

    Y ya para terminar, hay una diferencia histórica y moral que para mí resulta imposible ignorar.

    Tomás Borge sí estaba conspirando activamente contra Somoza. Era fundador del Frente Sandinista y dirigente de la tendencia de Guerra Popular Prolongada. Era, literalmente, un enemigo político y militar del régimen somocista.

    Aun así, cuando cayó preso y enfermó, recibió atención médica. Y años después, triunfante la revolución, tuvo incluso la humanidad —o quizá la memoria— de proteger al médico que lo operó.

    Ahora comparemos eso con Hugo Torres. Hugo Torres no estaba encabezando una guerrilla armada contra el gobierno de Daniel Ortega. No estaba poniendo bombas ni dirigiendo columnas insurgentes. Su “delito” fue disentir políticamente y cuestionar el rumbo autoritario que tomó la revolución a la que él mismo ayudó a llevar al poder.

    Y aun así terminó preso, enfermo de cáncer, sin la atención médica adecuada, muriendo bajo custodia del mismo sistema que ayudó a construir.

    Y el contraste se vuelve todavía más duro cuando vemos casos como el de Humberto Ortega: hermano de sangre de Daniel Ortega, hijo del mismo padre y de la misma madre. Ni siquiera a él se le permitió una verdadera libertad ni una atención médica digna en sus últimos días. Murió prácticamente en cautiverio, limitado a permanecer en su casa bajo vigilancia.

    Y ahí aparece también el caso de Marvin Vargas Herrera, otro de aquellos muchachos como yo que crecimos intoxicados emocionalmente por la revolución, creyendo sinceramente que luchábamos por justicia social y dignidad nacional. Jóvenes empapados bajo la lluvia, con uniforme camuflados , con sombreritos soviéticos , con consignas, amando aquella revolución como quien ama a una madre y jugando a matarnos de verdad contra nuestros hermanos de la resistencia.

    Y al final, muchos de ellos terminaron perseguidos, encarcelados o destruidos por el mismo aparato político al que entregaron su juventud.

    Por eso tantos antiguos cuadros sandinistas huyeron, callaron o desaparecieron políticamente. Porque entendieron perfectamente lo que significaba caer en las ergástulas del sistema Ortega-Murillo: no justicia, no ley, sino ensañamiento personal y castigo ejemplarizante contra cualquiera que se atreva a disentir, incluso si ayer fue compañero de lucha.

    Porque la maldad, la perversidad, el ensañamiento, la ceguera y la soberbia de este gobierno parecen no tener límite.

  6. Hace 2 meses

    Y para ilustrar todavía más la diferencia moral y humana entre ambos momentos históricos, existe una comparación que para mí es brutalmente reveladora.

    Tomás Borge, fundador histórico del Frente Sandinista, fue capturado por la Guardia Nacional durante la dictadura somocista. Mientras estuvo preso sufrió una afección testicular derivada de una enfermedad venérea y tuvo que ser operado. Un médico vinculado al sistema oficial de la Guardia le practicó la cirugía y, según la anécdota relatada años después por el propio médico en una conferencia de prensa a inicios de los años 80, incluso tuvieron que extirparle un testículo para salvarle la vida.

    Tras el triunfo de la revolución, Tomás Borge personalmente llegó a la casa de ese médico y pidió explícitamente que nadie lo tocara ni le hiciera daño, pese a haber trabajado para el aparato estatal somocista. El médico pudo salir del país y no sufrió represalias.

    Ahora comparemos eso con Hugo Torres.

    Hugo Torres no era un enemigo histórico del sandinismo. Era un comandante guerrillero legendario. Participó en el operativo de la casa de José María Castillo Quant para liberar a un joven Daniel Ortega que estaba preso. Y volvió a jugarse la vida en la toma del Palacio Nacional de 1978, una de las operaciones más audaces de la historia política de Nicaragua.

    Décadas después, ese mismo Hugo Torres terminó encarcelado por la dictadura Ortega-Murillo. Enfermo de cáncer, no recibió el tratamiento médico adecuado y murió bajo custodia estatal, prácticamente en las mazmorras del régimen al que él mismo ayudó a llevar al poder.

    Ese contraste, por sí solo, dice muchísimo.

  7. Hace 2 meses

    Estoy escribiendo desde mi celular, en mi comentario anterior: el periodista al que me refería no era Evelia Schuhr, sino Bill Stewart, el periodista estadounidense asesinado por la Guardia somocista en 1979, un hecho que indignó al mundo entero y terminó acelerando el aislamiento internacional del régimen.

    Y precisamente ahí quería hacer una diferencia importante entre ambas dictaduras.

    Cuando la Organization of American States comenzó a presionar fuertemente a Somoza y buena parte de la comunidad internacional le retiró respaldo, Somoza finalmente entendió que ya no tenía margen político y terminó renunciando y abandonando el país.

    En cambio, la actual dictadura Ortega-Murillo no solamente rechaza cualquier crítica internacional calificándola automáticamente de “injerencismo”, sino que además convierte el aislamiento, la confrontación y la vulgaridad política en parte central de su discurso.

    No estoy diciendo que la dictadura somocista fuera “buena”. No lo fue. Fue represiva y sangrienta. Lo que estoy diciendo es que incluso dentro de los autoritarismos existen diferencias de comportamiento político, formas y relación con la presión internacional.

  8. Hace 2 meses

    Yo coincido parcialmente con lo que dijo Hernaldo Zúñiga en una entrevista con Carlos Fernando Chamorro: que tanto de la dictadura somocista como incluso de la revolución de los años 80 existían algunos aspectos rescatables. Y luego él agregó algo contundente: que de la actual dictadura Ortega-Murillo no encuentra absolutamente nada rescatable.

    Y aunque cada quien puede tener matices distintos, humildemente entiendo el punto que quiso expresar.

    Ninguna dictadura es buena, ni de derecha ni de izquierda. Todas reprimen, todas cercenan libertades y todas terminan degradando moralmente a una nación. Pero también es cierto que las dictaduras no son idénticas en su comportamiento, su estética del poder ni en la forma en que ejercen el terror.

    La analogía que humildemente hago entre la dictadura somocista y la actual dictadura Ortega-Murillo es la diferencia entre la mafia italiana clásica y la Mara Salvatrucha.

    La mafia italiana era criminal, corrupta y violenta, sí. Pero cuidaba las formas. Trajes a la medida, pelo lleno de brillantina, códigos internos, cálculo político. Incluso por estrategia evitaban ciertas vulgaridades públicas o confrontaciones abiertas que atrajeran más persecución y mala prensa. No porque fueran “buena gente”, sino porque entendían el poder y la imagen.

    La dictadura somocista, guardando todas las distancias históricas, tenía algo de eso. Yo era un niño cuando Somoza cayó; tenía nueve años. Recuerdo el miedo real que inspiraba la Guardia. Recuerdo la represión, el silencio, el terror palpable. Pero también recuerdo que existía cierta necesidad de mantener la forma. Cuando periodistas increpaban a Somoza por casos como el asesinato de Evelia Schuhr, él al menos escuchaba la condena en público. Había una preocupación por aparentar institucionalidad.

    En la otra acera veo algo distinto: vulgaridad, chabacanería, resentimiento convertido en discurso político, propaganda mística de amor mientras se reprime sin pudor. Ahí es donde hago la comparación con las maras: una brutalidad sin códigos, sin formas y sin límites morales visibles. No es sofisticación autoritaria; es deterioro cultural del poder.

    Y aclaro algo importante: decir esto no me convierte en somocista. Ser crítico del presente no es romantizar el pasado. Lo único que estoy haciendo es una comparación de estilos de autoritarismo.

    Lo más triste es que mientras se habla en nombre de “los pueblos” y de la “hermandad latinoamericana”, se termina insultando precisamente a esos mismos pueblos con vulgaridad y fanatismo político. Y quienes vivimos en United States entendemos algo curioso: aquí uno se siente más latinoamericano que nunca, y entre centroamericanos esa hermandad se vuelve tangible, porque compartimos historia, migración, nostalgia y hasta la manera de sobrevivir lejos de casa.

    Por eso, cada acto de vulgaridad oficial, cada perorata mística vacía y cada ataque contra otros pueblos hermanos termina siendo simplemente otra cosa lamentable más de una dictadura que, honestamente, deja absolutamente nada rescatable.

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