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Los medios de información independientes de Nicaragua (que por la falta de libertad de prensa en el país se tienen que editar en el exilio y difundir en línea desde el exterior), han destacado la noticia sobre los nuevos movimientos en la “diplomacia” exterior de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
No vale la pena mencionar nombres de las personas “diplomáticas” de la dictadura que de nuevo han sido movidas y removidas de sus puestos de representación en Venezuela, Estados Unidos y otros países. Lo que debemos señalar es el manejo irresponsable, por decir lo menos, que se hace de una función pública de la mayor importancia como es la diplomacia exterior, la que muestra la cara del país ante el mundo.
Decimos que es irresponsable, por la escasa calidad intelectual y profesional de la mayor parte de las personas convertidas en “cuadros diplomáticos” de la dictadura. Pero también por la ligereza caprichosa con la que los codictadores hacen los nombramientos, sustituciones y destituciones en el servicio exterior.
La diplomacia es por definición el arte y la práctica de gestionar las relaciones entre los Estados, los gobiernos y otros actores internacionales, procurando el diálogo, la negociación y los medios pacíficos para resolver los diferendos y conflictos. Su objetivo principal de la diplomacia es defender, promover los intereses nacionales y fomentar la cooperación bilateral e internacional. Y ante todo honrar y poner en alto el nombre del país ante el mundo.
La Cancillería, que es el “alto centro diplomático en el cual se dirige la política exterior de cualquier país”, según explica en un artículo de opinión el excanciller venezolano J. Gerson Revanales, diplomático de carrera y profesor de diplomacia y derecho internacional, “es la arquitectura invisible que sostiene la seguridad nacional y los intereses estratégicos de un Estado en el tablero global. Sin embargo, para que esta estructura sea sólida, requiere de cimientos profesionales, meritocráticos y ajenos a los vaivenes de la política partidista”.
Revanales advierte que “la carrera diplomática no debe de ser un premio para pagar favores políticos. Cuando los cargos en las embajadas y consulados se otorgan como prebendas políticas, el costo lo paga la nación. Un diplomático debe tener formación técnica adecuada y la experiencia acumulada que otorgan largos de años de servicio. Es una carrera que, exige devoción y disciplina para enfrentar un entorno internacional que no perdona la inexperiencia”.
O sea que la diplomacia se debe ejercer de manera completamente distinta a como lo hace el chapucero servicio exterior del régimen de Nicaragua, que avergüenza a los nicaragüenses ante la comunidad internacional.
En la historia de Nicaragua fulguran los nombres de personas ilustres que enaltecieron la diplomacia nacional y cultivaron su respeto en el exterior. Como José de Marcoleta (1802-1881), justamente considerado el padre de la diplomacia nicaragüense, y Rubén Darío (1867-1916), la figura más representativa de la identidad nacional.
“Darío (escribe el excanciller de Nicaragua, Norman Caldera Cardenal, en su libro Rubén Darío diplomático, impreso en marzo de 2006 en la Imprenta Comercial de LA PRENSA) es hoy parte fundamental de nuestra Diplomacia y de nuestra Cultura. Nuestro Servicio Exterior tiene la obligación —y el privilegio— de difundir y conmemorar su obra y sus acciones. Debo reconocer, no obstante, que no se ha hecho suficiente y que puede hacerse todavía mucho más. Nuestros embajadores deben —y así lo han hecho muchos de ellos con extraordinaria eficacia y efectividad— mantener vivo el nombre y la obra de Darío, que es una manera también de mantener viva la presencia, las raíces, la proyección y la historia de Nicaragua”.
Por supuesto que entre los que enaltecen el nombre y la obra de Darío no pueden estar los “diplomáticos” de la dictadura, porque hacen todo lo contrario de lo que recomienda el excanciller Caldera. Los codictadores Ortega y Murillo invocan a menudo el nombre de Rubén Darío, pero solo para manosearlo con sus hechos políticos y con su bochornosa “diplomacia” que arrastran por los suelos el legado cultural dariano.