Un populista europeo defiende a un papa estadounidense

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Hay momentos en que un sentimiento individual profundo revela algo importante sobre la historia política. Uno de esos momentos se produjo cuando la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, respondió a los ataques del presidente estadounidense Donald Trump contra el papa León XIV.

El presidente estadounidense había descrito al papa como «débil» y «terrible para la política exterior», antes de reafirmar su postura en una entrevista con el periódico italiano Corriere della Sera. Meloni consideró estas declaraciones «inaceptables» y añadió una frase que merece ser leída con atención: «Francamente, no me sentiría cómodo en una sociedad en la que los líderes religiosos hacen lo que les dicen los líderes políticos».

Ya fuera espontánea o premeditada, la declaración de Meloni resumió uno de los principios más genuinamente europeos que se pueden expresar. Para comprenderlo mejor, conviene releer un texto escrito hace 23 años, en los albores de otra brecha transatlántica trascendental.

Era febrero de 2003, y millones de personas en toda Europa salieron a las calles para protestar contra la guerra de Irak que la América de George W. Bush lanzaría al mes siguiente. En aquella ocasión, dos de los más grandes intelectuales públicos de Europa —el filósofo alemán Jürgen Habermas, fallecido hace apenas un mes, y el filósofo franco-argelino Jacques Derrida— escribieron conjuntamente un artículo titulado “15 de febrero, o lo que une a los europeos”.

Según escribieron, esas manifestaciones podrían ser recordadas algún día como “un signo del nacimiento de una esfera pública europea”. Se trataba de una intuición sobre la posibilidad de que Europa se convirtiera en una entidad política verdaderamente unificada mediante una conciencia compartida de sus valores, y no simplemente a través de tratados.

Entre los rasgos constitutivos de la identidad europea, Habermas y Derrida se centraron en la relación entre el Estado y la religión, y en cómo el secularismo se afianzó en toda Europa a través de siglos de conflictos y concesiones. No existe un modelo único y uniforme, reconocieron los autores: “En la Europa moderna, la relación entre la Iglesia y el Estado se desarrolló de manera diferente a ambos lados de los Pirineos, al norte y al sur de los Alpes, y al oeste y al este del Rin”.

Sin embargo, dentro de esta diversidad, existe un hilo conductor. La religión, argumentaban, ocupa una posición relativamente apolítica en la sociedad europea contemporánea. “Si bien podemos lamentar esta privatización social de la fe en otros aspectos, tiene consecuencias positivas para nuestra cultura política”.

Sería un error atribuir la mentalidad de Trump a todos los estadounidenses. Estados Unidos tiene una tradición de separación entre la Iglesia y el Estado, arraigada en la Primera Enmienda de la Constitución. Esa tradición sigue viva, y Trump no representa a Estados Unidos.

Sin embargo, el comportamiento de Trump es un síntoma extremo de una tendencia que Europa ha superado históricamente. En una referencia apenas velada a Estados Unidos, Habermas y Derrida observaron que para los europeos, “es difícil imaginar a un presidente que inicie sus actividades diarias con una oración pública y asocie sus decisiones políticas importantes con una misión divina”.

Pero Trump no se conforma con rezar: se ha hecho representar mediante imágenes mesiánicas generadas por IA curando a los enfermos. Hace que predicadores le impongan las manos y lo bendigan en la Casa Blanca. Estas son manifestaciones de una grave falla cívica.

El contraste con Italia es sorprendente. Ningún primer ministro italiano cerraría jamás un discurso con “Dios bendiga a Italia”, una frase que en Estados Unidos es un ritual. Meloni lidera un gobierno de derecha en una sociedad predominantemente católica, donde el apoyo de la Iglesia sigue siendo codiciado por todos los partidos para ganar elecciones o mantenerse en el poder. Sin embargo, incluso aquellos italianos, como Meloni, que fundamentan gran parte de su identidad política en la defensa de las “raíces cristianas” de Occidente, no se sienten con la libertad de imponer su agenda a un líder religioso. Este no es un principio conservador ni progresista: es un principio europeo.

Por supuesto, Meloni no estaba dejando de lado los cálculos políticos. Su defensa del papa León XIV podría tensar su relación con Trump y su administración de acólitos, algo que seguramente sabía antes de hablar. Pero también es probable que la beneficie a nivel nacional, al crear cierta distancia de su cada vez más impopular asociación con Trump.

Lo más destacable es que este resultado se materializó en una defensa tan firme, aunque involuntaria, de los valores europeos. Estados Unidos siempre ha desempeñado un papel en la construcción de la Europa moderna, ya sea como firme defensor de la seguridad europea y de una “unión cada vez más estrecha” o como su reflejo. En esta ocasión, lo hizo tanto en apoyo del primer papa estadounidense como en contra de un presidente estadounidense de carácter volátil. Cabe suponer que Habermas y Derrida se habrían mostrado desconcertados por con quién estaban de acuerdo, pero aun así habrían asentido con la cabeza en señal de acuerdo con Meloni.

El autor es el director ejecutivo fundador de la Escuela de Gobernanza Transnacional del Instituto Universitario Europeo y autor de The Pursuit of Governance: Nordic Dispatches on a New Middle Way (Agenda Publishing, 2021).

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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