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Sí, he llorado. También me he sentido triste por no tener más a Luz Marina a mi lado. Las noches en la casa son más largas y los días lentos desde que no está. Extraño todo de ella. Su sonrisa, desayunar juntos, mirar una película, ir a misa o simplemente sentarnos en el sofá a platicar sobre nuestras cosas. Me he permitido sentir el dolor de la pérdida, experimentar el duelo. Acepté la realidad.
Cuando recibimos el diagnóstico y el médico nos dijo que tenía cáncer de pulmón en etapa cuatro, el cual era demasiado agresivo y hasta dijeron que tendría entre un año y tal vez máximo dos años de vida, rezamos juntos, le pedimos a Dios que nos diera fortaleza. Juntos aceptamos la enfermedad y juntos le prometimos a Dios seguir su voluntad. Pero, ‘La Flaca’ como me gustaba decirle, demostró una valentía impresionante. No vivió lo que dijo el doctor, sino lo que Dios le permitió, que fueron cinco años.
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Solía decir que salió “premiada” porque nunca fumó ni bebió alcohol y aun así sus pulmones se vieron afectados, sin embargo, jamás culpó a nadie ni puso en duda su fe, sino todo lo contrario, fue un ejemplo hasta el último momento, cuando dio su último suspiro en tranquilidad, en paz porque sabía que como dice Isaías 57:2: “los justos descansan en paz”. Estuvo agradecida con Dios por tener una hermosa familia y vivir una buena vida, llena de amor, de hijos agradecidos, nietos cariñosos y de un esposo que la acompañó hasta el final.
La Flaca reflejó una resistencia brutal, era una verdadera mujer “pencona”, esas nicaragüenses de pura “sepa”. Le encantaba mantener la casa limpia que hasta cuando ya no podía agacharse, si miraba una basura en el piso la recogía con los pies. En su última etapa se dedicó a enseñarle su fe a los nietos, a rezar, a mantenerse unidos, sobre todo en los momentos difíciles, y a ser fuertes.
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Luz Marina no le tenía miedo a la muerte porque, para quienes tenemos fe en Dios, “el vivir es Cristo y el morir es ganancia”. Podré extrañar su ausencia terrenal, pero su recuerdo siempre estará conmigo.