El cambio real empieza en casa

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Los cambios en la región son evidentes. La llegada de Donald Trump a Washington ha influido en el rumbo político de varios países de América Latina, impulsando un giro hacia la centroderecha y la derecha, incluso en aquellos que aún permanecen bajo gobiernos de izquierda. Esto vuelve a dejar en claro la importancia y el peso que tiene Estados Unidos en el continente, así como su influencia directa en el avance o el retroceso de las democracias.

En ese contexto, Nicaragua tarde o temprano comenzará a sentir esos vientos de cambio que recorren la región. La pregunta de fondo es si los nicaragüenses están realmente preparados para enfrentar un proceso de transformación institucional y, sobre todo, si existen liderazgos políticos capaces de conducir una transición democrática ordenada y responsable.

En los últimos días, la burbuja política opositora mostró señales de agitación. Por un lado, el resurgimiento del partido de derecha Ciudadanos por la Libertad (CxL), y por otro, la transformación de la Unión Nacional Autoconvocada en el Partido La Ruta del Cambio, un espacio de definición liberal con tendencias progresistas, junto a Unamos que representa a la izquierda progresista opositora.

Estos movimientos se dan de cara a un 2026 cargado de desafíos, ya que será el último año clave para articular una estrategia efectiva contra la dictadura sandinista que gobierna Nicaragua desde hace casi 19 años y que, tras una reforma constitucional hecha a su medida, extendió el mandato presidencial, posponiendo las elecciones hasta 2027.

El tiempo corre y no espera. El 2026 debe servir para definir quiénes serán los principales rostros de una eventual transición democrática. Es indispensable ampliar los espacios de diálogo entre todos los actores políticos y sociales para establecer mecanismos claros de primarias que permitan elegir, sin ambigüedades, una figura electoral. Pero más allá de nombres, es urgente medir la voluntad real de construir un movimiento nacional amplio, similar al articulado en Venezuela. Y aunque a algunos no les guste, hay proyectos políticos que ya no son viables ni oportunos; insistir en ellos es como querer reparar un carro robado encontrado en un deshuesadero.

Muchos observan este panorama con frustración, y no es para menos. Han pasado más de siete años de intentos fallidos por desmontar, de manera no violenta, un régimen que responde con represión, cárcel y balas a cualquier expresión de disidencia. A esto se suman las profundas diferencias entre liderazgos políticos y una sociedad civil fragmentada ideológicamente, que en ocasiones promueve acciones que cierran, en lugar de abrir, las posibilidades de diálogo. La reorganización partidaria puede ser positiva si logra concentrar capital humano afín en ideas y principios.

Sin embargo, los partidos deben asumir con seriedad tareas fundamentales como la articulación, el reclutamiento y la formación ciudadana en participación cívica, defensa del voto y reconstrucción de la confianza política. Esto implica reconocer liderazgos, estar abiertos al debate y al intercambio de ideas. Definirse políticamente no es un pecado; el verdadero peligro está en no hacerlo por miedo al qué dirán. Los cambios no nacen de la tibieza ni del silencio. La sociedad civil también juega un papel determinante y debe asumir una postura más neutral y responsable. No corresponde a juntas directivas con aspiraciones políticas decidir el rumbo de los procesos. Su función debe ser garantizar transparencia, promover el diálogo y facilitar estrategias electorales que permitan consolidar liderazgos legítimos.

El patriotismo cívico y la libertad del país deben estar por encima del odio y el resentimiento. Esto no significa renunciar a los ideales, sino debatir con altura y fomentar el respeto, porque la hostilidad solo fragmenta y debilita la comunicación. Este proceso nos corresponde asumirlo a los propios nicaragüenses. Aunque muchos depositan sus esperanzas en los cambios políticos que se están dando en otros países de la región, eso no garantiza que Nicaragua siga el mismo camino. Hay varias razones para ello: primero, gran parte de los posibles liderazgos se encuentran en el exilio; segundo, el miedo sigue dominando dentro del país y aún no ha surgido una figura capaz de romper la mordaza impuesta; y tercero, y quizás lo más importante, es nuestra responsabilidad dejar de esperar que otros resuelvan nuestros problemas.

A esto se suma que el capital político y social acumulado en 2018 se ha ido disipando con el tiempo. Hoy la población enfrenta problemas reales y urgentes que afectan su vida cotidiana, lo que ha desplazado la atención de las grandes demandas políticas hacia la simple sobrevivencia. Los esfuerzos se han concentrado, en gran medida, en el exilio y en la población migrante. Incluso la cooperación internacional ha redirigido su trabajo hacia actividades fuera del país, debilitando el trabajo interno y afectando seriamente la reconstrucción del tejido social.

Esto no pretende minimizar la situación de quienes se han visto obligados a huir de Nicaragua; por el contrario, es indispensable seguir apoyándolos. Sin embargo, es necesario decirlo con claridad: la acción debe ser interna, la movilización debe ser interna y la caída de la dictadura será, inevitablemente, un proceso interno. Desde fuera del país, la incidencia política muchas veces se traduce en discursos, comunicados y documentos que terminan archivados en oficinas lejanas y desconectadas de la realidad que vive nuestra gente. Si no mejora la situación de los nicaragüenses dentro del país, la crisis migratoria seguirá creciendo.

El cambio real empieza en casa, y no hay otros caminos para evadir esa verdad. Llegó el momento de recoger la bandera para encaminar una lucha por el poder contra la dictadura, que todos los caminos se encuentren y sea para lograr la libertad.

El autor es activista liberal en el exilio, presidente de Unidad Juvenil de Nicaragua.

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