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Aunque los partidos y la democracia son instituciones cuya bondad pocos cuestionan, no dejan de tener aspectos negativos que deben considerarse. En mi artículo pasado (¿Sirven mucho los partidos? La Prensa 17 nov.) señalaba algunos de sus peligros, tanto en virtud de la legislación nicaragüense como por su propia dinámica interna. Sócrates expresó en una metáfora su recelo por la democracia: “Imagina que estás en un barco, en medio de una tormenta. ¿A quién le confiarías el timón? ¿Al más votado… o al que sabe navegar? Para él la democracia era eso: un barco gobernado por quien gana popularidad, no por quien sabe gobernar, hecho agravado cuando los electores son personas sin formación ni criterio. La pregunta socrática es: ¿quién estaría más calificado para elegir al capitán, un grupo de ingenieros, o expertos en navegación, o el populacho del puerto? Por eso Platón propondría la creación de una aristocracia especialmente educada para gobernar.
Efectivamente, administrar un país exige personas con muchas virtudes, conocimientos, madurez e integridad. Pero una población ignorante, frívola, más emotiva que racional, y con poca moralidad, se dejará seducir fácilmente por demagogos ofreciéndoles paraísos. Tantas veces se han visto poblaciones eligiendo jubilosas personajes viles o personas que jamás serían escogidas para gerenciar una empresa.
En su libro Contra la democracia, el politólogo de Georgetown, Jason Brennan, señala: “Podría escribir un libro entero sólo para documentar lo poco que saben los votantes”. Numerosos estudios sugieren que el votante medio es con frecuencia peor que el lanzamiento de una moneda al decidir sobre cuestiones relativas a la política monetaria, fiscal o reglamentaria.
Los políticos y sus maquinarias partidarias suelen explotar y agravar esta ignorancia. Porque en su afán de ganar votos tienden a sobre simplificar los problemas y a prometer lo imposible. Peor aún, tienden a explotar las pasiones y a denigrar o culpar a sus rivales de todos los males. Tal como se practica hoy, la democracia se ha convertido en terreno fértil para el surgimiento de líderes, movimientos e ideas, capaces de envilecer sus pueblos.
Hay formas de enfrentar estos problemas y reformar los sistemas políticos de forma que cumplan su función fundamental de velar por el bien común. Pero hacerlo implica pensar fuera de la caja o buscar alternativas a los paradigmas dominantes. No hay necesidad de adoptar la propuesta de Platón, pero pueden idearse modelos intermedios. Uno podría ser una asamblea donde, a manera de ejemplo, la mitad de los escaños correspondiese a diputados electos popularmente, ya sea por partidos o por la muy democrática suscripción popular, y la otra a diputados electos por los gremios u organizaciones de la sociedad civil de mayor relevancia nacional, como las distintas cámaras empresariales, confederaciones sindicales y campesinas, universidades, colegio de abogados, asociación de médicos, de artesanos, iglesias, organizaciones estudiantiles, oenegés, etc., etc.
En el caso de los primeros los partidos deberían estar debidamente democratizados exigiéndoles primarias y que sus candidatos fuesen electos directamente por sus bases. En el caso de los segundos sería conveniente asignar al sector empresarial una cuota preferencial de representantes por cuanto es el principal motor de la riqueza y empleos del país. Una variante de esta propuesta sería constituir dos cámaras, una de representantes populares, y otra de representantes sectoriales, o senadores, con lo debidos pesos y contrapesos.
Cualesquiera que sean las modalidades, este tipo de arreglos moderaría el papel protagónico de los partidos políticos balanceándolo con el poder o influencia de sectores que, por su inserción en la vida productiva y profesional, y por ser parte viva de la sociedad civil, tienen un interés directo en una buena administración pública. Estarían también más al abrigo de los vaivenes políticos y contribuirían a contrarrestar el sectarismo partidario que tanto daño ha hecho. También contribuiría a construir una asamblea más apta para elegir, desde el presidente de la república hasta los magistrados judiciales y miembros del Consejo Supremo Electoral, la Contraloría, el Ministerio Público y de aquellas instituciones donde es importante la imparcialidad y la independencia política.
Algunos podrán llamar este modelo corporativista, o considerarlo como un híbrido muy difícil de aplicar. Quizás lo sea. Quizás no. Lo importante es atreverse a discutir y explorar caminos nuevos que permitan superar, al menos parcialmente, los lodazales de los ya surcados.
El autor es sociólogo y exministro de Educación.