Imperfectos, pero indispensables los partidos políticos

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Podrá extenderse hasta  las galaxias más lejanas del universo entero, el debate sobre la vigencia y necesidad de los partidos políticos para encuadrar sistemas democráticos; podrá cuestionarse hasta la saciedad sus visibilizados errores y podrán (teóricamente) dilucidar mil planteamientos sobre su vigencia y efectividad o no de cara a la alternancia en el poder y su encauzamiento hacia la estabilidad social, pero exponer juicios contraproducentes  sobre su existencia en el actual contexto que vive Nicaragua y gran parte de la región  es un flaco favor que se le hace a la lucha por la libertad y democracia.

El intelectual Humberto Belli vuelve en su segundo artículo  sobre el tema, publicado en LA PRENSA, a cuestionar y a anunciar escenarios de reemplazo de estos en un momento en el cual el país vive una severa represión política de parte del régimen de Daniel Ortega, lo que vuelve crucial y no rechazable ninguna opción que propicie un cambio de sistema, para lo cual la presencia  partidaria es indispensable, independientemente  de cuál sea la agenda y la estructuración de la transición durante la salida del régimen y la era post Ortega.

En todo caso y como dice el bolero «pasarán más de mil años…» para que nuevos órdenes mundiales propicien un mundo feliz sin la presencia de partidos políticos. El sólo traerlo a colación en estas horas difíciles es un absurdo y una torpeza de gran calibre, de cara al debate contemporáneo sobre el advenimiento de la democracia representativa que se avecina. Es más, es un teorema que no está en tela de juicio ni por estrategas mundiales ni por avezados sistemas tecnológicos ni por la Inteligencia artificial. Quizás en mil años.

Pero además en esta marcada contradicción sobresalen otros ángulos aún más delicados: el no plantear por ningún lado cuál será la fórmula mágica para el reemplazo de estos, tomando en cuenta que para el autor mencionado tampoco la democracia es buena. «Ni los partidos ni la democracia son intrínsecamente buenos. Son meros medios para buscar el bien colectivo. El problema es que su eficacia es dudosa…», escribe, sin dejar huellas de hacia dónde ir ni de cómo reemplazar el sistema imperfecto de vida, pero el más ajustado a los cánones de la gobernabilidad y la libertad (la democracia).

En otras palabras, contradice prácticamente todo el devenir histórico de la humanidad, pues el origen de los partidos políticos, con variantes reales, conlleva a un nivel conceptual mucho más profundo.

Se trata de un proceso evolutivo, no aislado, y fuertemente vinculado al desarrollo de las ideas, la democracia y los procesos parlamentarios, desde la antigüedad y la Edad Media en la antigua Grecia y en la República Romana, aunque no eran concebidos como los actuales, sino más bien como grupos de las élites, hasta la Inglaterra del Siglo XVII, cuando estos ya se definen como tales surgidos del conflicto por cuotas de poder entre el Parlamento y la Monarquía, ensanchándose luego en el partido de masas en el siglo XIX,  y de esa época, a grandes saltos,  a lo que son en los  actuales tiempos:  Poderosas y robustas máquinas que dan vida al engranaje de los poderes del Estado y a la expresión ciudadana.

Cabe señalar por otra parte, que los partidos que se desprenden de los apostolados de servir a la comunidad y no al contrario, bajo reglas y comportamientos de transparencia y valores éticos y morales, dejan de serlo para convertirse en mafias delincuenciales metidos a la política. Pero no son políticos ni sus estructuras lo son. Son parte del crimen organizado y sus derivados.

Estos cuestionamientos con ribetes académicos olvidan otra realidad: la de que en Nicaragua no existe institucionalidad alguna.  Bajo ese sistema de dominio híbrido perverso con un capitalismo de compadres y miembro del engranaje castro chavista, no son objetivos los enfoques del articulista mencionado, pues pareciera que estuviésemos en una democracia plena, razón por la cual a estas alturas tampoco existen partidos políticos como tales, ni siquiera el sandinista lo es. Mientras a los liberales se les cancelaron sus personerías jurídicas, y los que quedan, como el PLC o el ALN no son más que comparsas de la chanchera oficial, el partido del régimen no es más que el  brazo funcional de la dictadura familiar.

Ante esta embestida devastadora de la erosión institucional a todo nivel, solo queda crear nuevos partidos políticos. Y será más fácil y en más corto plazo para la Nicaragua en cenizas que deberá reconstruir una nueva generación política, que el anclado sueño de la intelectualidad y de algunos humanistas que han soñado siempre con un “plan de nación”, el cual no llegó ni llegará precisamente por esas taras que se anclan o en la prehistoria del pasado o en la prestidigitación lanzada al vacío.

El reto no será nada fácil. La lucha debe reinventarse desde la fortaleza orientadora del pasado y del presente y en ambas están con fuerza institucional en el orden social los partidos políticos.

El régimen mantiene cerradas todas las vías institucionales y para acabar con dichas arbitrariedades, así como con quien las ha creado, es este el momento de que surja una oposición política desde nuevos partidos políticos. Son la llave para abrir Nicaragua a la modernidad, la libertad y la democracia.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional y fundador del Partido Liberal Conservador Clásico (OPA).

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