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Ni los partidos ni la democracia son intrínsicamente buenos. Son meros medios para buscar el bien colectivo. El problema es que su eficacia es dudosa. Pilatos fue un demócrata. Estaba convencido de la inocencia de Jesús, pero se plegó a la voluntad popular cuando esta pidió crucificarlo. Chávez, al igual que otros tiranos, fue limpiamente electo. Los partidos y el voto popular no infrecuentemente han avalado injusticias y conducido a la ruina a muchas naciones. Es preciso, por tanto, analizar sus debilidades —que pueden ser muy destructivas— y explorar fórmulas políticas que respondan mejor al anhelo de servir al bien común.
George Washington fue quien primero alertó a la naciente república norteamericana sobre el peligro de los partidos. En su discurso de despedida, de 1796, señaló sus propensiones negativas muy en línea con lo que también haría en el siglo veinte Simone Weil. Para ambos los partidos tienden a fomentar el espíritu sectario y a dividir o polarizar las naciones, a veces hasta el punto de la enemistad. Weil consideraba los partidos máquinas para producir pasiones colectivas. Para Washington tendían a distorsionar o ridiculizar las opiniones contrarias, a la vez que exacerbaban los celos y resentimientos a expensas de la fraternidad ciudadana. En verdad, es una realidad, frecuentemente observada, el de poblaciones que han perdido el sentido de su pertenencia o lealtad a una nación o colectividad, y que han puesto la bandera de sus partidos por encima de la nacional. A veces con saldos funestos.
Otra crítica a los partidos es que tienden a suprimir el pensamiento independiente al exigir a sus miembros lealtad partidaria. Si alguno de sus militantes fuese a jurar, al tomar posesión de algún cargo, que de ahora en adelante “mi única preocupación será votar a favor de lo que beneficie al país, de acuerdo con mis propias convicciones” (Weil 1953), este sería visto dentro de su partido como desleal o potencial traidor. En todo caso, una persona de tal talante difícilmente ascendería en sus filas. El término de correligionario, que usan muchos militantes para referirse a sus camaradas, delata esta actitud de filiación casi religiosa en la que existen las correspondientes herejías e inquisiciones.
Un corolario de esta actitud es fomentar, también en la ciudadanía, la abdicación del juicio crítico. El populacho partidario termina endosando posiciones que ni conocen. Se vuelve así en un ente pasivo que deja de pensar, pues delega en sus jefes la tarea de hacerlo. El problema que se agrava cuando el sistema político deja a los partidos el monopolio de la representación popular. Si un ciudadano o grupo de ellos sin membresía partidaria quieren promover ciertas reformas, se ven obligados a enrolarse en partidos quizás mediocres o distantes de sus convicciones. Esto, además de injusto, se expone a dejar fuera de la dinámica política a muchos talentos cívicos.
Igualmente, los partidos tienden a arrogarse la representación popular, cuando en realidad suelen obedecer la voluntad de una astuta minoría dirigente. Que no necesariamente busca el bien común sino sus propios intereses, entre los cuales está el crecimiento del partido y la repartición de puestos. Es precisamente por esta tendencia a priorizar el interés partidario sobre el bien común, que muchos partidos se corrompen.
Esta dinámica tiende también a corromper la ciudadanía y a la propia democracia. Como el partido depende para su relevancia y nutrición de captar votos, su tendencia será ofrecer al electorado promesas atractivas; seducirlo. Y esto lo lleva fácilmente a la demagogia y a las típicas ofertas populistas que, como miel en los oídos, caen en muchedumbres que ignoran el ABC de la ciencia económica y pueden ser envidiosas: multiplicar los beneficios sociales, dar servicios gratuitos, congelar los precios, subir los impuestos a los ricos, etc.
Lo trágico es que, tras arruinar y endeudar al país, cualquier político que herede el caos y quiera corregirlo después, con las inevitables medidas de austeridad, tendrá que enfrentar los ataques de quienes lo causaron. Estos le acusarán de insensible y de oprimir al pobre etc. Muchos países (léase Argentina) han caído en este ciclo vicioso quedando estancados por décadas.
¿Hay alternativas de ingeniería política que puedan superar o paliar estos escollos? Si las hay. Las exploraremos en la próxima entrega.
El autor es sociólogo. Exministro de Educación.