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Hace algunos años, Rosalía Gutiérrez Huete entró a un banco para hacer un trámite de rutina. La atendió el propio gerente, un joven que al poco de oírla la interrumpió y le dijo: “Yo la conozco. Usted fue mi tutora cuando yo era chiquito, doña Rosalía”.
Rosalía rebobinó sus recuerdos y llegó al momento en que aquel joven gerente era un niño de 6 años, y que ella amadrinó para que estudiaran junto a sus dos hermanos, hijos de una migrante salvadoreña, bajita, «luchona», que limpiaba pisos en Washington. “Es un cuento muy bello ¿no?”, dice emocionada. “Él ya era un gerente de banco, su hermano, me dijo, era un financista en Nueva York y el otro hermano tenía una empresa”.
En 1994, Rosalía fundó el Fondo Latino, que buscaba becas para que niños brillantes, hijos de inmigrantes hispanos sin recursos, pudieran tener la educación de calidad que les negaba su situación de pobreza.
La idea se le ocurrió cuando se dio cuenta que los tres hijos de la señora que trabajaba en su casa, una nicaragüense, tenían infinitas menos posibilidades de progresar en la vida que sus propios hijos, solo por la educación que recibían.
Decidió entonces hablar con la directora del mismo colegio de sus hijos, inscribirlos, y conseguir el dinero para cubrir los costos. Luego fueron otros, y otros, y otros… incluidos los tres hermanos salvadoreños. “Becamos a más de mil niños de origen latino, y el 98 por ciento de ellos llegó a la universidad”, dice orgullosa, y aclara que ya la fundación está en otras manos. “Dejé que otros tomen ese liderazgo, como debe ser. La fundadora nunca debe estar ahí para siempre”.
Rosalía Gutiérrez Huete, o Rosalía Miller, como también se le conoce por su apellido de casada, tiene 81 años y una vida dedicada a la educación propia y ajena, y a la mediación de conflictos, desde internacionales hasta caseros.
Actualmente es presidenta de la Nicaragua Freedom Coalition (NFC) y lucha por el regreso de las libertades y la democracia Nicaragua, a tal punto que a su casa se le conoce como “la embajada de la oposición en Washington”. Esa hoja de vida la llevó a recibir este pasado 3 de noviembre la Orden Isabel la Católica, en grado de Cruz de Oficial, que otorga España.
Rosalía nació en Managua, en el viejo centro histórico de la ciudad que destruyó el terremoto de 1972. “Nací en la cuarta calle noreste número 203, en una casa que pegaba pared con pared con el Arzobispado, vecina de la Catedral, en un barrio sin nombre donde solo vivíamos tres familias y el arzobispo”, dice.
Su padre, José Adolfo Gutiérrez Pérez, trabajó primero para la Casa Dreyfus y más tarde llegó a presidir la Inmobiliaria de Ahorro y Préstamo. Era severo. No dejó entrar a casa al primer enamorado que pretendió conquistarla, y se escandalizó cuando Rosalía le manifestó su intención de estudiar Bellas Artes. Se lo prohibió.
Su madre, María Cristina Huete, ama de casa, fue diagnosticada con escleroderma, una enfermedad autoinmune que endurece la piel, cuando Rosalía tenía 12 años. “La desahuciaron y le dieron de tres a seis meses de vida”, cuenta. Vivió 33 años más.
Estudió primero en el Colegio La Asunción de Managua. Luego sus padres decidieron enviarla a Filadelfia, a Ravenhill, con monjas de la misma orden de las nicaragüenses donde estudiaba. “Llegué con mi abuelita Dolores”, dice. Al mes, por el pronóstico de su madre, debió regresar. Perdió un año, entró al Colegio Americano y esperó otra oportunidad. Llegó poco después, ya no a Ravenhill, sino a un colegio de monjas italianas entre York y Lancaster, donde completó el high school. Se saltó un grado.

“Mi primer viaje a Estados Unidos fue el 3 de noviembre de 1957… ¡y el premio que acaban de otorgarme fue el 3 de noviembre de este año!”, subraya la coincidencia.
A partir de ahí su vida fue un tobogán de empleos, estudios, premios y fundaciones. Con el tiempo siguió el diseño con estudios de arquitectura y estudió mediación y negociación. Aprendió tres idiomas más, estudió en Filadelfia, Harvard, Nueva York y la Sorbona, de París. Trabajó un año en el Banco Mundial y luego 23 años en el Fondo Monetario Internacional, especialmente en el Instituto del FMI, un área de formación que, en aquellos años, combinaba educación, protocolo y misiones por distintos continentes. “La primera misión en la que participé la llamaron safari. Fuimos a cuatro países de Centroamérica. En Honduras hasta hubo un incendio en el avión y tuvimos que aterrizar”.
En una de esas misiones conoció a su esposo, Richard Miller, economista, diplomático del Tesoro de Estados Unidos. “Nos conocimos en Samoa, cerca de Australia, y dos años después nos casamos”, dice. Llevan cincuenta años juntos. Tienen dos hijos, Cristina y Luis Miller.
“Rosalía tiene sed de aprender. Nunca me las sé todas. Cuando no sé, pregunto, y si no, aprendo. Me encanta explorar mundos que no conozco y me encanta hacer una diferencia en la vida de otros”, resume. “Si puedo aportar, es mi responsabilidad hacer el tiempo para ayudar, y ayudar bien”.
La política, aclara, no fue su primera naturaleza, aunque siempre mantuvo contactos con funcionarios de gobierno, políticos y diplomáticos de todo signo. “Aquí hemos tenido a sacerdotes, campesinos, gente de todos lados”, dice. Hizo puentes con el Departamento de Estado, la OEA, congresistas. Sabe moverse, pero reivindica la transparencia: “Yo soy muy transparente, lo que ve es lo que soy”.
Sin embargo, el 18 de abril de 2018, su vida tuvo un cambio brusco. Desde su casa en Washington vio horrorizada cómo el gobierno de Daniel Ortega reprimía brutalmente a unos jóvenes que protestaban por los derechos de los jubilados.

“El 18 de abril me dejó aturdida”, resume. “Los jóvenes ayudando a los ancianos… dos cosas que para mí son sagradas: los jóvenes y los ancianos”, agrega.
Fueron días con una cascada de llamadas, febriles análisis y planteamientos de escenarios. Parecía que Daniel Ortega se iba de un momento a otro del poder. En Washington, se reunieron 117 personas para ver qué se hacía y cómo podían ayudar. Rosalía estaba entre ellas.
De esa convocatoria nació Nicaragua Freedom Coalition (Coalición por la Libertad de Nicaragua), que Rosalía presidió y sostuvo estos años, mientras otros tomaban distintos rumbos. “Mi rol es ayudar a pacificar, a limar asperezas, a que la gente salga del ‘yo’ y hablemos de ‘nosotros’”, dice. “Yo puedo ser muy dinámica cuando se trata de negociar algo”.
Aunque se ve apacible y conciliadora, se reconoce como una mujer fuerte y valiente. “Soy una mujer de ñeque, como decimos en Nicaragua”.
Rosalía tenía 13 años cuando salió de Managua hacia Filadelfia por primera vez en 1957. Para 1966 ya estaba establecida definitivamente en el extranjero. Pero, al oírla hablar parece una señora que está cocinando en una casa de Monseñor Lezcano, o trabajando en una oficina de Bolonia, y no una mujer cosmopolita, que vive en el extranjero desde hace 60 años, que habla, además del español, francés, inglés e italiano, y que prácticamente ha recorrido todo el mundo y se ha relacionado con todo de tipo de personas. Habla de “calaches”, “ñeque” o “arrecho”, aunque tan pronto lo dice se disculpa porque le parece una palabra fuerte para una entrevista. “Nunca me desvinculé de Nicaragua. Para mí, Nicaragua es todo. Nicaragua vive en mí. Siempre va a ser así”, dice.
Cuenta que, a sus dos hijos, de bebés, para amarrarlos a su origen, los bañaba con huacales llevados desde Nicaragua, y en su casa, más que batidoras eléctricas, usa un par de molinillos. Para ella Nicaragua es el parque Frixione donde patinaba de niña, sus amigas de la adolescencia con las que de vez en cuando se reúne, y las comidas, sobre todo, el nacatamal.

Se sueña, sentada en alguna playa de Nicaragua, de espaldas al mar, dejando que las olas la bañen con su espuma.
En 2016 fue la última vez que pisó el país. Después vino la pandemia y, cuando al fin pudieron, con su esposo, Richard Miller, planearon volver en mayo de 2021 para vacacionar en Nicaragua. No los dejaron entrar.
Llegaron por Costa Rica, para hacer unas visitas pendientes, y tenían más de una hora esperando bajó el sol en Migración de Peñas Blancas cuando apareció un militar, con medallas y altanería. “Aquí está su pasaporte. Rosalía Gutiérrez… no se le permite entrar a Nicaragua y no intente entrar por ningún otro punto. Porque si usted entra, la vamos a encarcelar”, dictó.
—¿Y esas órdenes de quién vienen? —preguntó. —¿Cuál es su nombre?
—Del alto mando —repitió él.
Peor vendría después: la desnacionalización. El régimen de Daniel Ortega retiró la nacionalidad nicaragüense a 94 personas en febrero de 2023, bajo el cargo de «traición a la patria”. La tercera de la lista era Rosalía.
“Mi primera reacción fue: ‘Este idiota no tiene derecho a hacer eso´”, recuerda. “Luego, ´que me importa’. Pero no fue así. Cuando recapacité me causó emocionalmente mucho daño”.
El 3 de noviembre de 2025, la misma fecha de su primer viaje adolescente a Estados Unidos en 1957, la embajadora de España en Washington impuso sobre su pecho la Orden de Isabel la Católica.
La carta llegó en mayo. Solo se lo contó a la familia. “No me gusta andarme agenciando”, dice. Días antes del acto, había saludado al rey Felipe VI en Nueva York, en medio de la agenda de Naciones Unidas. “El rey es como dos veces más alto que yo”, se ríe.
En la ceremonia, ya en Washington, casi treinta cercanos llenaron la sala. Intentó escribir un discurso y no pudo. “Voy a hablar de mi corazón”, se dijo, “es lo que sé hacer”. Se dirigió a sus nietos. Les habló de la herencia que no se guarda en cajas: la educación como escalera, la democracia como hábito, la libertad como tarea.
Cuando le preguntan por la oposición, el diagnóstico es franco: “Todos quieren lo mismo, pero todavía falta trabajar juntos”. Luego añade: “Hay gente muy linda y muy buena luchando”.
Sueña con volver a Nicaragua. Ya sabe lo primero que quiere hacer. Se ve como la niña que correteaba por Catedral; con los pies metidos en el agua del mar en alguna playa nicaragüense. Cierra los ojos y deja que los tumbos la bañen con su espuma. Llora. Las mujeres de ñeque también lloran. “No quiero morirme sin hacer eso”, musita.