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Pocas tradiciones han sobrevivido con tanta tenacidad como los rituales funerarios. En Nicaragua, la muerte ha sido durante siglos una ceremonia donde el dolor y el duelo se soportan entre tradiciones tan variopintas como las ollas de café humeante, los juegos de azar y las largas conversaciones colectivas recordando a quien en vida fuera amigo, pariente, conocido o vecino.
Inmortalizaba parte de aquellos rituales el escritor Juan Aburto en su libro Managua en la memoria (1989), cuando al recorrer las memorias de su infancia, recordaba aquellos gritos femeninos que partían el aire de los pueblos anunciando la pérdida de aquel que “pasaba a mejor vida”.
Aquella voz doliente, que se expandía por las calles empedradas o caminos polvorientos, era el primer aviso de que el pueblo entero debía alistarse para cumplir con su deber sagrado: velar al muerto.
Recuerda Aburto que el ritual, allá por los años 40 y 50, empezaba con el llamado lastimero y seguía con la movilización solidaria del vecindario.
Vecinos y parientes acudían al sitio del deceso dispuestos a colaborar con la familia del finado. Se improvisaba entonces un comité y se distribuían misiones de auxilio, según el nivel socioeconómico de los deudos.
Si eran pudientes, agradecían los gestos de pésame e invitaban al velorio, disponían de labores de cocina y arreglos para despedir en sociedad al difunto o difunta.
En caso de que los dolientes fueran de escasos recursos, las muestras de condolencias se acompañaban de donaciones y regalías de pan, café, leña, sábanas blancas para los ornamentos, flores y mujeres en tropelía llegaban a barrer, regar, organizar las estancias, mientras los hombres aportaban leñas, corrían a buscar flores, candiles si era de noche o veladoras si era de día.
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Campanas, flores y café
Algunos corrían a los cementerios para buscar o cavar la tumba, otros aportaban maderas, clavos o dinero para el ataúd y no faltaba quien corría a buscar al cura del pueblo para despedir con los salmos al alma recién desprendida.
En las iglesias del pueblo tañían las campanas y las mujeres mayores alistaban rosarios, velos y vestimentas negras para presentarse solemnes y contritas, dispuestas a elevar rezos y cánticos cristianos en honor al difunto.
Decía el finado historiador Orlando Ortega Reyes, en su blog Los Hijos de Septiembre, que, ante la noticia del deceso de algún vecino de estimación media o alta entre el vecindario, llovían las muestras de solidaridad.
Alguien conseguía los bancos, otro el café, otro las flores, y nunca faltaba quien donara el guaro, “para disolver las penas”, como decían los mayores.
“En la cocina de la casa se observaba un enorme perol en el que hervía agua para el café que se repartiría en la vela. Algún acomedido insistía en que no debía escatimarse el gasto en guaro, tan necesario para disolver las penas por aquella irreparable pérdida”, recordó.
“Muchos de estos gastos salían del peculio de los deudos y en algunos casos, algunos vecinos contribuían con cigarrillos y pan dulce. Las amistades de recursos holgados entregaban una cooperación en efectivo con la mayor discreción posible”, escribió en su post Funerales por protocolo, del 28 de abril de 2020.

Los juegos de azar y el desvelo
Hubo un tiempo en que los velorios eran acontecimientos sociales de largas vigilias que comenzaban al atardecer y concluían al amanecer.
Un capítulo de esos lo narra Aburto en su libro sobre la vieja Managua.
“Las velas eran suntuosas, cuanto más pudiente la familia doliente así era abundante el refrigerio de toda la noche para los asistentes: café, café con leche, rosquillas, hojaldras, bizcotelas, licores, refrescos, pan con mantequilla o queso dulce, repostería…”, escribió.
“En las barriadas, en los grandes corrillos de muchachos callejeros que jugábamos al aire bajo de los postes de luz, ya como a las 20:00 de la noche elegíamos a 2 o 3 compañeros llamados ‘correos’, quienes salían a inspeccionar los barrios vecinos más o menos lejanos; al rato volvían a la carrera a informar que habían descubierto una vela; salían veloces entonces los muchachos, los más grandes, hacia la casa mortuoria a apostarse para recibir su ración de refrigerio de la medianoche en adelante”, describió.
Aquí es donde salían a relucir los naipes.
Ortega Reyes recordaba que los hombres adultos de los velorios, un tanto más previsores, compraban mazos de naipes para los visitantes “porque en aquellos tiempos había que velar al muerto por toda la noche y el mayor contingente abandonaba el local con las primeras luces de la mañana y el juego hacía más llevadero aquel desvelo”.
En ciertos casos, recuerda, cuando debía esperarse a algún familiar por encontrarse lejos del pueblo, se preparaba al finado para velarlo por dos noches consecutivas.
En su memoria recordaba que alguien cercano a la familia se hacía cargo de conseguir una botella grande de Agua de Florida, de Lanman & Kemp, que se utilizaba para reanimar a todos los deudos, féminas generalmente, que en los momentos más álgidos del evento, se “atacaban” como se decía antes, es decir, sufrían un ataque de nervios que muchas veces las llevaba al desmayo.
“Así pues el recinto en donde se velaba al finado tenía un aroma mezcla del barniz del ataúd con las naranjas dulces, lavanda y clavo de olor del Agua de Florida que recibían en profusión las atacadas”, recordaba.
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Ataviados para el más allá
Desde Nicaragua, un investigador cultural, historiador y escritor de costumbres y tradiciones nicaragüenses, comenta desde el anonimato que aquellas tradiciones funerarias acostumbraban a ataviar al difunto de la mejor manera posible.
Cuando los hombres de las funerarias llegaban ya entrada la tarde, con el féretro barnizado que olía a madera nueva, en los aposentos yacía el cuerpo vestido con su mejor traje, descansado sobre un catafalco adornado con cortinas negras o blancas, según el gusto de la familia.
“Se le ponía traje de levita si era hombre letrado, camisas blancas y corbatas si era funcionario o profesor y hasta con traje de novia si la difunta moría soltera o como ‘niña vieja’”.
“A los niños si no habían dado la primera comunión se les ponían rosarios sobre el pecho y veladoras blancas apagadas en las manos, con los atuendos típicos de esa actividad católica”, recuerda el investigador.
Rememora además que el café siempre ha sido el alma de la vela: “Sin café, el muerto se quedaba solo”.
La comunidad del duelo
En los pueblos del interior, la vela era una ceremonia de integración social donde se perdonaban las perennes divisiones y diferencias vecinales, recuerda el profesor indígena Gabriel Putoy, oriundo de la comunidad indígena Monimbó.
La muerte reunía a todos: pobres y ricos, devotos y descreídos, adversarios políticos o compadres olvidados en torno al luto de la familia doliente.
“El respeto por el difunto se imponía y daba tregua. Y el que estaba de díscolo, lo agarraban a tajonazos los más viejos”, dice Putoy sobre los velorios de antaño en su comunidad.
En los barrios de la Managua de los años cuarenta y cincuenta, como evocó el escritor Juan Aburto en Managua en la memoria (1989), un muerto podía permanecer hasta tres días en casa, en espera de visitas lejanas.
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Para contener la descomposición, recordaba, se colocaba una plancha fría sobre el abdomen y una tina de hielo bajo la cama, junto a lirios y ocotes encendidos para disimular el olor a muerto que empezaba a inundar la estancia, al tiempo de repelar las moscas azules que merodeaban la escena.
Y detallaba otro aspecto que hoy yace condenado: las mujeres guardaban riguroso luto en sus vestimentas hasta por tres años, sobre todo la viuda.
Dos años de negro, uno de medio luto con velo negro y otro de blanco. Los hombres, sobre todos los hijos del finado o finada, usaban una franja cosida en la manga de la camisa o un lazo negro visible a la altura del corazón.
“Durante ese tiempo no había fiestas ni bodas; a veces hasta los compromisos nupciales o bodas se aplazaban. El duelo era un deber civil”, comenta nuestro investigador cultural.

Herencia de los antepasados
Mucho antes de los ataúdes embarnizados y los cirios, los pueblos originarios de Nicaragua habían desarrollado sus propios rituales funerarios.
Los cronistas coloniales documentaron entierros donde los cuerpos se exponían en tapesco, cubiertos con sus atavíos jerárquicos, o se depositaban en grandes tinajas de barro junto a vasijas y alimentos.
A los jefes o caciques se les colocaba una esfera de jade en la boca, símbolo de vida eterna.
Uno de esos casos, el sepelio de Alejandra Hernández, coronada “Reina Indígena del Centenario de Matagalpa” en 1962 y sepultada en 1965, describe aquel ritual indígena: tras dos días de velorio, entre rezos y cánticos en su lengua, bajó envuelta en petate, tal como lo exigió su comunidad.
“Los indios de El Chile no aceptaron que su reina bajara en ataúd de madera; debía hacerlo como sus antepasados, envuelta en petate y acompañada por cantos que los ladinos juzgaron impresionantes”, narró LA PRENSA sobre su funeral.
De las plañideras a la barata
El investigador cultural que habló con LA PRENSA reseña que antes que la modernidad inundara a Nicaragua, allá por el siglo XIX, existieron las plañideras profesionales, mujeres que lloraban por encargo y se “atacaban” por unas monedas más.
“En los pueblos había familias de mujeres que sabían llorar profesionalmente. Usualmente la más vieja se sabía el rosario y las más jóvenes las acompañaban en los rezos y los llantos”.
“Iban a las velas de negro riguroso, rezaban el rosario y cuando develaban el último misterio de la Virgen de Fátima, estallaban en llantos estridentes que conmocionaban a los presentes. La idea era que la comunidad sintiera que el difunto era extrañado”, cuenta.
A la vez recuerda que, a mediados del siglo XX, las plañideras cedieron su lugar a las tecnologías, cuando surgieron las “baratas”, un servicio de perifoneo comercial que mutaba a fúnebre cuando ameritaba la ocasión.
“Las ‘baratas’ recorrían las calles anunciando la identidad del muertito, la hora y dirección del sepelio. Y entonces llegaba gente de todos lados a rezar, a dar el pésame y no faltaba el picadito que le lloraba al amigo o al patrón a cambio de un cuarto de guaro lija”, recuerda.
El anuncio era casi de rigor, el mismo formato: “Atención, mucha atención. Nota de duelo. Se participa del sensible fallecimiento de…”. Se acompañaba de arpegios de lira o las primeras notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven.
En muchos casos, la familia pagaba un obituario en los periódicos, un anuncio en la radio y últimamente, un breve mensaje en los telediarios de la televisión.
Si era voluntad del difunto, el cortejo fúnebre se acompañaba, o se acompaña aun, de música: mariachis, chicheros, bandas rítmicas o en su defecto, altoparlantes con la música favorita del finado o finada.
A diferencia de antes, cuando los ataúdes eran cargados en hombros o en carretas jaladas por caballos, ataviados los corceles como los carruajes, ahora la mayoría de los entierros se hacen en caravanas encabezadas por una carroza fúnebre al frente.

Los nuevos tiempos del adiós
Con los años, las funerarias transformaron el rito doméstico y social en un servicio más íntimo, que es como se vela y entierra a los muertos actualmente.
Ahora se alquilan salas de velación con aire acondicionado, café y bocadillos incluidos, libros de condolencias, capillas ardientes y accesorios de ornamentación como cruces, cristos, vírgenes, cuadros de la Pasión de Cristo y otros.
En las ciudades, las velas ya no duran hasta el amanecer. A medianoche se cierran los toldos, se apagan las luces y el velorio se suspende hasta el entierro.
Ahora, incluso se ofrecen cremar los cuerpos antes de velarlos y de enterrar las cenizas en criptas verticales, en vez del tradicional acto de bajar el féretro a tierra, entre llantos y uno que otro acto teatral de un familiar queriendo lanzarse al foso mientras otros lo sostienen para evitar la tragedia.
El profesor Putoy admite, por ejemplo, que ya casi no se ven los novenarios en memoria de los fallecidos.
“Antes era de rigor que un día después del entierro, comenzaban los Nueve Días en la casa de la persona fallecida. Se rezaba el novenario y en el último día se repartían recuerdos de los muertos, ponche con guaro, sánguches o cosas de horno. Ahora ya casi no se ve eso”, dice.
“El café se mantiene, porque sin café no hay vela. Pero el guaro ha desaparecido, ya casi nadie juega naipe, las ruedas de chistes ya no se miran correctas y no vas a oír rezos o cánticos como antes”, dice Putoy.
Las funerarias de renombre, como Monte de los Olivos, Jardines del Recuerdo y La Católica y la Auxiliadora ofrecen paquetes de servicios funerarios que agilizan y ayudan a las familias a desentenderse de esas gestiones.
Ya incluyen ataúdes, libros de condolencias, carrozas fúnebres, toldos, ornamentación de los velorios, cortinas, fotografías del difunto en pantallas gigantes, arreglos florales y buses para transporte de los invitados.
La muerte bajo pandemia
No siempre los funerales han sido acontecimientos acompañados de tradiciones. El siglo XXI trajo su propio capítulo de horror y luto durante la pandemia del covid-19, allá por 2020, cuando la muerte se volvió asunto de Estado.
Las autoridades, en su afán de control de narrativa y cifras, impuso un protocolo de entierros sellados, sin velas, sin abrazos, sin rosarios, sin despedidas.
El protocolo funcionó así: las familias recibían el ataúd cerrado de su pariente que había sido hospitalizado con los síntomas del covid. Se le entregaba usualmente de madrugada o a medianoche, con la orden de ser enterrado de inmediato.
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La familia corría a buscar el espacio en los cementerios, por entonces tan saturados que se recogieron denuncias de que en una misma tumba echaban a dos o tres difuntos.
Una ambulancia, con inspectores sanitarios protegidos con trajes especiales, llevaba el féretro al camposanto donde los enterradores, igual protegidos, descargaban el ataúd y lo bajaban rápidamente.
La gente le apodó “entierros exprés” y se vieron por miles durante la pandemia.
Ante la prohibición estatal de velar a los muertos, se multiplicaron las velas y actos fúnebres transmitidos por Zoom, los rosarios y rezos subidos a Facebook, junto a los mensajes de “vuela alto” y “descansa en paz” que saturaron los muros digitales.

Las guerras y los silencios
Sin embargo, no era la primera vez que un funeral se celebraba en silencio en Nicaragua.
Entre 1979 y 1990, durante los años de la guerra, los velorios se contaban por miles, pero se hacían casi en silencio, sobre todo en las zonas cercanas a los frentes de guerra.
En los pueblos del norte, los ataúdes llegaban sellados, transportados por camiones militares, y las familias eran instruidas a no abrirlos.
Muchas familias a veces ni siquiera sabían quién yacía dentro. Circulaban historias, con algo de mito y mucho de espanto, de ataúdes conteniendo chagüites o troncos de palos, porque los cuerpos despedazados de los soldados quedaban perdidos en las montañas.
Las madres, sin embargo, seguían encendiendo velas, sirviendo café y pan dulce a los vecinos, y rezando el rosario con la esperanza de que el ataúd no estuviera vacío y su hijo hallara descanso.
Al final, si se podía, el cortejo de los caídos se acompañaba de consignas y proclamas que juraban defender la patria y vengar la muerte del “cachorro” de turno, más uno que otro disparo al aire en honor al soldado caído.
Parte de aquel dolor de guerra y funerales en silencio no han desaparecido del todo en la actualidad. En pleno siglo XXI, hay familias a las que el régimen de Nicaragua prohíbe velar a sus muertos y los obliga a enterrarlos como en aquellos años sombríos de guerra
Los opositores Mauricio Alonso y Carlos Cárdenas Zepeda, detenidos en julio de este 2025, desaparecidos durante semanas y devueltos en ataúdes sellados con órdenes policiales de enterrarlos sin demora, fueron despedidos en agosto pasado como en los peores días de la pandemia: sin misa, sin flores, sin preguntas.
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