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Con voz serena, Noel Ángel Pineda Talavera repite una frase en su lengua materna mayangna que resume su filosofía de vida: «Kulna nuhni karac waktah, tamat yakauh yawanama yulne», que significa «camina con fe, fuerza y valentía para seguir adelante». Pineda es originario de la apartada comunidad mayangna Amak, del territorio indígena mayangna Sauni Bu, en la Reserva Biosfera de Bosawas, de donde salió para cumplir su sueño de convertirse en el primer médico veterinario y algún día fundar un refugio en el que rescate y atienda animales abandonados en Bosawas.
«Todo lo que hago es con esfuerzo, fe y perseverancia, porque creo que el sacrificio de hoy será la recompensa del mañana», comenta con una risa tímida, que se escucha al otro lado del celular. Pineda tiene 21 años y actualmente cursa el tercer año de la carrera en la Universidad Internacional Antonio de Valdivieso (Uniav) en Rivas, lugar al que llega después de tres días de viaje: uno en bote y dos en autobús.
Él es el quinto de siete hermanos —tres hombres y cuatro mujeres— que crecieron en medio de la pobreza que se vive en las comunidades indígenas del país. Uno de sus hermanos es Rike Pineda Talavera, el primer médico mayangna.
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Este joven confiesa que parte de su proceso ha sido gracias a los consejos de su hermano y el orgullo que siente de haber cumplido su sueño de convertirse en médico. «Él me ha inspirado», indica.
De los siete hijos que tuvo el matrimonio Leonel Pineda e Isidera Talavera, solo dos han logrado estudiar. «Gracias a Dios, Rike tuvo la oportunidad de estudiar. Él hizo el esfuerzo y en el nombre de Dios ha salido de la carrera», afirma.
Un largo y costoso camino
Llegar desde la comunidad Amak hasta Rivas no es sencillo. Pineda debe salir de su comunidad de madrugada, tomar un bote hasta Ayapal y de ahí abordar varios buses, pasando por Jinotega, hasta finalmente llegar a su destino Rivas.
«El viaje me toma tres días. Después de llegar a Ayapal, siempre en el camino vengo haciendo varias paradas, cambiando buses», describe.
Además del largo trayecto, Pineda se enfrenta al reto económico de poder costear cada viaje que oscila entre 3,500 y 4,000 córdobas, dinero que reúne haciendo trabajos extras durante las vacaciones y con la ayuda de sus padres, quienes deben vender gallinas o granos básicos, que crían y cultivan en su humilde vivienda.

«Mi mamá vende gallinas y mi papá lo que cosecha en el campo. Ellos se sienten orgullosos de que yo esté estudiando, y yo también me siento orgulloso por el esfuerzo que hacen por mí», comparte.
La infancia de Pineda transcurrió entre cultivos de cacao, arroz y frijoles. Desde pequeño trabajó para ayudar a sus padres y comprarse sus botas de hule y cuadernos para poder estudiar.
«Para estudiar me quedaba largo la escuela, pero yo caminaba y caminaba como media hora para llegar. Desde pequeño he sentido un profundo amor y respeto por los animales, en mi comunidad no hay veterinarios», comenta.
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Cursó preescolar, primaria hasta cuarto año de secundaria en el Instituto Yuskuh Asang; más tarde tuvo que salir de su comunidad y estudiar el quinto año de secundaria en el Colegio Augusto César Sandino, en Jinotega.
La oportunidad que cambió su vida
Para cursar su quinto año de secundaria, Pineda tuvo que salir de su comunidad. Estudió en el Colegio Augusto César Sandino, ahí no solo se enfrentó al reto de la distancia sino a una realidad: aprender español. «En mi comunidad solo hablamos mayangna, yo no sabía hablar muy bien el español. Mi hermano Rike me inspiró a salir fuera de mi comunidad y aprender español», compartió.
Después de terminar el quinto año, pasó un año trabajando en una fábrica de tabaco en Estelí, con el objetivo de prepararse para los estudios universitarios, aunque en ese momento la oportunidad de una beca para estudiar Medicina Veterinaria no le había llegado. Con su salario logró comprar su primer teléfono, ropa y útiles escolares.
«Yo ese año 2022 me quedé sin estudiar, pero yo siempre le decía a mi papá y a mi hermano Rike ‘búsquenme un camino para seguir mis estudios’. Siempre tuve la esperanza de que Dios me bendijera con una oportunidad para estudiar», recuerda.
En 2023, la opción que tenía Pineda era estudiar en una universidad privada en Estelí en modo sabatino y trabajar los días de semana para pagar una habitación. Su hermano le había ofrecido pagarle la universidad, pero pronto llegó la oportunidad que tanto anhelaba.
«Yo a todos los que miraba les decía que quería estudiar Medicina Veterinaria, y que andaba buscando una beca. De repente un día recibí una llamada, donde un conocido me dijo: ‘Hay una oportunidad, pero no sé si te vas a rifar es un poco largo, es en Rivas'», recuerda.
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Ese día sin haberle consultado a sus padres o hermanos, él dijo que sí. «Me dijeron que era una beca completa, que me iban a ayudar con la alimentación, hospedajes, me dijeron que no me preocupara», asegura.

Aunque en principio no tenía asegurada una beca para la carrera de Medicina Veterinaria, le ofrecieron una de educación en Inglés, Lengua y Literatura o Ciencias Sociales. «Yo estaba afligido, pero me dijo mi hermano Rike que podía estudiar inglés, y con el tiempo tal vez me salía otra oportunidad. Entonces me matriculé y así me fui a Rivas», señala.
Pineda nunca se dio por vencido, y cuando se matriculó habló con el director de la universidad sobre su deseo de estudiar Medicina Veterinaria. «Gracias a Dios me dijo: ‘Hijo, no se preocupe, podemos resolver en ese caso’. Y es así que ahora estoy en tercer año», subraya.
«Entre sacrificio y esperanza»
En Rivas, Pineda vive en un internado. Solo viaja a su comunidad Amak una vez al año, en diciembre, a ver a su familia y compartir con sus allegados. En las vacaciones de medio año se queda trabajando en Estelí. En la universidad, incluso prepara y vende maruchan a sus compañeros para tener un ingreso extra.
«Ha sido duro, sobre todo al principio, porque no entendía muchas palabras en español. Pero mis compañeros me ayudaron a adaptarme. Ahora ya puedo expresarme mejor y sigo aprendiendo», afirma.
Pineda comparte una experiencia que le hace recordar que está en la carrera correcta. Recuerda con tristeza cuando su abuela lo llamó para contarle que había perdido varias vacas durante un parto por no contar con atención veterinaria.

«Eso me marcó. Yo hubiese querido estar ahí para ayudarle. En mi comunidad no hay veterinarios. Quiero ser el primero en servirles», afirma.
Por eso, su mayor sueño es crear un refugio para animales abandonados en Bosawas, donde pueda atender no solo a mascotas, sino también a caballos, vacas y otros animales de las comunidades vecinas. Cuando va a su comunidad siempre se dispone a ayudar en lo que pueda a sus comunitarios, desde desparasitar cerdos o vacunar a perros. Cuenta que quisiera llevar medicinas, pero no cuenta con recursos suficientes.
«Siempre extraño a mi pueblo, a mi familia más que todo, mi padre, mi madre. Siempre paso dificultades por recursos económicos, pero siempre mi motivación es el esfuerzo que hace mi padre para ver algo de mí», afirma.