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Ricky Pineda, el joven mayangna, que estudió Medicina en Ucatse-Estelí. LA PRENSA / CORTESÍA

Ricky Pineda, el joven mayangna, que estudió Medicina en Ucatse-Estelí. LA PRENSA / CORTESÍA

El médico mayangna que anhela curar en el corazón de la Reserva de Bosawás

Ricky Pineda, de 23 años, es originario de la comunidad Amak. De ahí salió para convertirse en médico y ahora quiere regresar para poder atender a su pueblo

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“Kasak kulna Papang kau”, es la frase en mayangna que de por vida ha acompañado a Ricky Leopoldo Pineda Talavera. “Fe en Dios”, reza en español. Este joven mayangna culminó sus estudios de Medicina y está a la espera de brindar sus servicios profesionales y recibir oficialmente su título. Su verdadero sueño – más allá de la titulación – es regresar como médico internista para servir a su comunidad, Amak, del territorio indígena Mayangna Sauni Bu, en la Reserva Biósfera de Bosawás.

Nació en 1998, el segundo de siete hermanos que crecieron en medio de la pobreza que se vive en las comunidades indígenas de Nicaragua. A los 6 años, sus padres Leonel Pineda e Isidera Talavera decidieron matricularlo en la única escuela primaria de la comunidad Amak, Niños Indígenas Mártires de Ayapal (Nima), donde culminó sus estudios primarios cuando tenía 12 años.

En una mano los cuadernos, en la otra su machete

Botas de hule, pantalón bluyín y camisa manga larga a cuadros y coronado con un sombrero, así se recuerda a sí mismo Ricky. Su infancia fue como la de muchos niños y niñas indígenas; crecen aprendiendo y trabajando al lado de sus padres, desde niño en el campo, sembrando y cosechando, cazando o pescando para cubrir las tantas necesidades que hay en la familia.

“Mi infancia fue muy dura, como la de muchos niños indígenas. Fue algo duro, muy duro, nosotros —mayangnas— no tenemos una infancia normal, allá la sustituyen por trabajo duro en el campo, la mayoría de los niños, y yo fui uno de ellos, crecí con un machete en la mano y en la otra mis lápices y cuadernos. Yo les ayudaba a mis padres a limpiar y sembrar, lo que hace un adulto hace allá también un niño lo hace”, relató Ricky a LA PRENSA.

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Pero a los 12 años le tocó dejar su casa de madera sobre de tambos, dejó a sus padres, sus hermanos, sus costumbres y el inmenso bosque verde donde se crió. Se fue buscar oportunidades que ya no le daba su pueblo, él quería estudiar secundaria. Salió en panga de Amak en un viaje de nueve horas hasta Ayapal, luego tomó un bus. Tras un día de viaje llegó a su destino.

“Mis padres a pesar de la pobreza decidieron mandarme a estudiar fuera de mi lugar a San José de Bocay, municipio de Jinotega, queda a un día de mi comunidad. Me quedaba en la casa de una señora conocida de mis padres, fue un poco difícil ya que no podía hablar bien el español, apenas estaba aprendiendo y adaptándome fuera de mi casa”, contó Ricky. Será el primer profesional titulado de la familia Pineda Talavera.

Ricky Pineda, tiene 23 años, y culminó sus estudios universitarios en Medicina. Viaja desde San José de Bocay hasta su comunidad Amak. LA PRENSA / CORTESÍA
Ricky Pineda, tiene 23 años, culminó sus estudios universitarios en Medicina. Viaja desde San José de Bocay hasta su comunidad Amak. LA PRENSA / CORTESÍA

De sacerdote a médico

Su familia profesa la religión católica y él se define como una persona creyente de la voluntad de Dios. Mientras crecía la influencia de la religión y las numerosas necesidades de los comunitarios le hicieron sentir que su camino podría estar orientado al sacerdocio. “Kasak kulna Papang kau” desde entonces fue su lema.

Ricky dice que de niño deseaba con ser sacerdote porque él pensaba en que de esa forma podía ayudar a su comunidad. Pero pasó el tiempo y se enfrentó a otras necesidades. En su viaje de estudios a Jinotega se dio cuenta de la odisea que le tocaba vivir a un indígena enfermo para salir desde su comunidad hasta San José de Bocay en busca de atención médica. Todo un día de viaje por agua y tierra, enfermos y con poco dinero para cubrir una gira costosa.

Como es costumbre, los comunitarios mayangnas cuando están enfermos o sufren alguna mordedura de serpientes u otro animal, recurren a curanderos quienes con sus conocimientos ancestrales agotan las plantas medicinales para curarlos. Sin embargo, algunos morían por enfermedades que no se lograban curar con las hierbas. Muchos requieren atención médica especializada para problemas más graves.

Fue en San José de Bocay, mientras cursaba el cuarto año de secundaria, que cambió de sueño y pensó que en su territorio urgían profesionales en la salud, así que decidió estudiar enfermería.

“Desde niño soñaba con ser sacerdote, porque primero miraba las necesidades de tener un sacerdote, mi familia es de la región católica, miraba que no había sacerdote. Pensé estudiar sacerdocio porque siempre pensaba en hacer más por mi comunidad, de ayudar algún día. Mis padres nunca me mandaban a estudiar a un seminario, en cuarto año de secundaria decidí cambiar de opinión y pues pensé en estudiar enfermería, nunca se me ocurrió estudiar medicina porque no me atrevía por el alto gasto que tiene”, detalló Ricky.

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Ricky empezó a limpiar jardines y hasta le tocó enseñar su lengua mayangna por unas cuantas monedas con las que compraba sus útiles escolares. Sus padres le ayudaban a alquilar un cuartito cuando estudiaba en el instituto local de Bocay. Así logró bachillerarse.

Al culminar la secundaria, su padre decidió viajar hasta Managua y matricularlo en la UNAN-Managua, para que sacara el título de enfermería ya que en Bocay fue una preparación técnica, pero no imaginó que los embates de la naturaleza lo frenarían.

Había dejado todo listo, estaba entusiasmado y desde la noche anterior tenía preparada su mochila y todo planificado, pero ese día la única panga que iba a cruzar el río, no salió, ni logró atravesar el elevado caudal que había dejado una lluvia de la temporada.

Isidera Talavera (mamá), Leonel Pineda (papá) y Ricky Pineda durante su bachillerato en Bocay. LA PRENSA / CORTESÍA
Isidera Talavera (mamá), Leonel Pineda (papá) y Ricky Pineda durante su bachillerato en Bocay. LA PRENSA / CORTESÍA

“El pase de la universidad fue algo muy duro, ya estaba matriculado, solo me faltaba el examen. En ese entonces estaba en mi comunidad preparándome, llegó la semana para viajar a Managua, pero resulta que no pudo salir ninguna lancha porque el río estaba crecido, nadie tenía acceso. Me quedé sin viajar esa semana y no hice el examen de admisión… pensé que me quedaba sin estudio ese año y que mis esperanzas de estudiar se acababan”, señaló Ricky.

En medio de la desesperanza, Ricky recordó a un gran amigo — Jorge Ramírez — que conoció mientras estudiaba secundaria y quién le había comentado que existía una universidad en Estelí que otorgaba becas a alumnos con buenas notas.

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“Le dije a Jorge que me había quedado sin estudios porque no pude ir a hacer el examen de admisión y él me dijo que me fuera para allá — Bocay — y que íbamos a buscar qué hacer en mi caso. Me preparé y me fui, fuimos a Estelí a buscar un espacio en Ucatse (Universidad Católica del Trópico Seco) para que no me quedará sin estudiar. Llegamos y hablamos con el rector monseñor Abelardo Mata; le entregué mis notas, las revisó y me dio la beca”, cuenta Ricky.

A pesar de la buena noticia, ahora Ricky debía resolver otro asunto: continuar pagando alquiler, porque Ucatse no brindaba internado. “Vengo de un lugar donde las familias son pobres, allá se vive la pobreza y no se habla, pero siempre tuve la esperanza que algo bueno iba a suceder, yo sabía hacer de todo, le dije a mi amigo que me ayudara a buscar un trabajo”, comentó.

Ricky Pineda brindó sus prácticas profesionales en el Hospital de Estelí. LA PRENSA / CORTESÍA
Ricky Pineda brindó sus prácticas profesionales en el Hospital de Estelí. LA PRENSA / CORTESÍA

Fue entonces cuando empezó a lavar carros para poder pagar el alquiler y comprar sus útiles, también reconoce que se encontró con buenos amigos que lo ayudaban con fotocopias. “A mediodía iba a trabajar de dos a tres horas en el lava carro y con lo poco que me mandaban mis padres, unía para pagar mi cuarto”, explicó.

Ricky brindó sus prácticas profesionales en el Hospital San Juan de Dios en Estelí, ahora espera prestar sus servicios profesionales y finalmente obtener su título.

Con el corazón en la reserva

Mientras estudiaba, añoraba el guabul que le preparaba su madre, un batido de banano cocido y agua, o el pescado tradicional con lo que encuentren para complementar, arroz y frijoles salidos de la huerta. Dice que siempre tuvo el corazón en Amak, aunque la mente enfocada en sus estudios.

Viajaba a su comunidad una vez al año. En la universidad cada año realizaba colectas para llevar juguetes y comida a los niños y niñas de su comunidad. Las dificultades que vivió en carne propia lo motivaron a buscar ayuda para las comunidades indígenas y afrodescendientes. Empezó con las colectas de Navidad, llevar juguetes a los niños y niñas, además de dulces, piñatas y refrigerio, si se podía una cena navideña para todos. Su meta era compartir con 200 menores y ayudarlos con útiles escolares para que pudieran asistir a clases.

Desde que entró a la Universidad, solicitó ayuda para compartir juguetes y alimentos con los niños y niñas de su comunidad en Navidad. LA PRENSA / CORTESÍA
Desde que entró a la Universidad, solicitó ayuda para compartir juguetes y alimentos con los niños y niñas de su comunidad en Navidad. LA PRENSA / CORTESÍA

Con el paso de los huracanes Eta y Iota le tocó solicitar ayuda y viajar antes para llevar apoyo a sus comunitarios. “El huracán Iota fue algo que nunca habíamos visto, fue algo muy fuerte y devastador, los comunitarios sintieron que no lo iban a superar. Nadie les avisó que iba a haber un huracán, no sabían, los huracanes los agarró desprevenidos”, narró el joven mayangna.

La casa de Marlene

Después de los huracanes viajó tres veces hasta Amak. Llevó colchones, alimentos y ropa para las familias damnificadas. Pero ahí supo que había algo más por hacer: Marlene Alvarado Bucardo, de 70 años, tiene a cargo cinco huérfanos – tres niños y dos adolescentes – y su casa de bambú quedo arrasada por los vientos de Iota.

Ella no recibió ningún apoyo gubernamental y tampoco su rostro apareció en los medios de comunicación, pero lo cierto es que urgía de ayuda. Así que Ricky realizó una campaña de recolecta para construirle la casa, en total recogió 20 mil córdobas con lo que compró las láminas de zinc, clavos, tablas, martillos y cemento. La mano de obra fue el apoyo de sus padres y hermanos. Y aunque el caso de Marlene es uno de cientos entre las familias afectadas por los ciclones, la ayuda de Ricky logró al menos impactar en su comunidad.

Ricky Pineda con Marlene Alvarado Bucardo, frente a la nueva casa reconstruida. LA PRENSA / CORTESÍA
Ricky Pineda con Marlene Alvarado Bucardo, frente a la nueva casa reconstruida. LA PRENSA / CORTESÍA

“Ella totalmente se quedó sin casa y sin nada, su casa no resistió al viento. Le reconstruimos con lo recolectado y por mi familia. Hay mucha gente que me ha pedido que les ayude pero no tengo recursos, les digo que sigan orando. La casa nueva de doña Marlene cuenta con dos cuartos, una sala de cocina, una sala de descanso y patio embaldosado”, describió el médico mayangna.

Lo que le queda por hacer

“No importa el lugar donde estemos siempre se logra alcanzar los sueños, con fe en Dios, se logra”, sostiene Ricky y comparte que tiene dos metas más a sus 23 años. La primera es sacar una especialidad en Medicina Interna y retornar a la Reserva Bosawás para ejercer ahí su profesión.

“Quiero sacar esa especialidad y poder servir a mi pueblo. Otro sueño es poder construir un orfanato para servir y educar a los niños. Y que los niños que no tienen posibilidades, apoyarlos para que se puedan profesionalizar como los niños fuera de nuestra comunidad Amak. Los niños aquí sufren mucho la pobreza por el abandono”, concluye Ricky. Por eso él quiere volver a Amak.

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