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Ante la avalancha de mensajes y noticias en redes sociales sobre la supuesta muerte del nonagenario dictador Raúl Castro, la propaganda política de la isla armó con delicadeza extrema un nuevo show para el desmentido, algo que ha aprendido en más de sesenta años: presentarlo maquillado y reforzar la narrativa de su “trascendencia”.
Desde el 2021 no han cesado los rumores sobre el final del segundón: primero por covid-19, después por infarto y luego por accidente, tal y como analiza el periodista Ernesto Eimil en eltoque.com. Se le pide tanto a La Pelona que haga su trabajo que algunos echan a rodar el bulo, fascinados con ver desaparecer a uno de los culpables de la desgracia cubana. Aunque cristianamente no sea bien visto desear la muerte a los enemigos, hay excepciones.
Para enfrentar “la manipulación mediática” los publicistas del régimen trasladaron al general hasta un simulacro político por los 60 años de la constitución del primer comité central del partido comunista (el único) acompañado por dos impopulares carcamales militares: Machado Ventura y Ramiro Valdés. Automáticamente, como siempre suceden en estos casos, la prensa servil se deshizo en elogios, aparentando una normalidad inexistente en medio de cortes eléctricos de hasta treinta horas, una insalubridad como nunca antes y una inflación galopante.
Mientras crecía el rumor y los insectos —como aquella obra del español Ignacio Ferrando en la que un asesinato se repite varias veces— los voceros del régimen posicionaban el hashtag #RaúlEsRául orientada desde el poder, lo que sospechosamente indica que la obra teatral estaba en marcha. No es la primera vez que la misma dictadura promueve información falsa para luego salir con la supuesta “verdad”, lo que en el argot popular cubano se traduce como “bola”.
La reaparición del muerto-vivo, una especie de Blanco Herrera tropical, no terminó allí. Acto seguido sería anunciado con bombos y platillos la publicación de un compendio prologado por Díaz-Canel compuesto por nueve tomos y un folleto que, según los medios oficialistas, “abarca la obra del General de Ejército desde el año 1951 hasta el 2024”.
Lo más ridículo no es el título de “obras escogidas”, ni los intentos de presentar a Raúl Castro como lo que nunca pudo ser: un estadista, un pensador o un filósofo, el deseo de todo dictador con manos manchadas de sangre. O que un mediocre escritor como Abel Prieto calificara el churro de “guía de ética revolucionaria y poderosa herramienta”, llamando la atención de algo que, se sabe, a nadie le interesa.
Lo verdaderamente insultante es que un país sin comida, corriente eléctrica y sin papel se dé el lujo de publicar menuda milonga que solo leerán (si la leen) los comunistas trasnochados del continente. Ofende y entristece saber que el mismo régimen que quiere elevar a la categoría de Napoleón Bonaparte a un hombre odiado, sin talento e invisible, haya prohibido la obra realmente trascendental de escritores cubanos como Guillermo Cabrera Infante —exiliado en Londres y Premio Cervantes en 1997— autor decisivo en la literatura latinoamericana y prohibido por su postura desafiante contra el castrismo.
Que en la Cuba actual se editen textos “raulcastrinos” y no pueda leerse a Reinaldo Arenas, a Carlos Alberto Montaner e incluso al peruano Mario Vargas Llosa, entre muchísimos otros, indica la podredumbre sistémica y cultural que sufre la mayor isla del Caribe, donde cientos de autores ven cómo sus textos de ensayo, ficción o narrativa duermen el sueño de los justos por la carencia de materiales de las editoriales. Hablo de escritores cuyas obras permanecen enterradas hace más de cinco años o de otros como el reconocido Leonardo Padura, leído en medio mundo, pero silenciado en su propia tierra.
Los deseos de revivir el “espíritu revolucionario” quedaron en el pasado y las señales de deterioro a todos los niveles indican un cambio inminente que ni las reapariciones de Raúl Castro, ni quinientos documentos y cinco mil páginas lograrán frenar el cambio que Cuba merece. Si bien con su muerte —ya anunciada— no llegará la transformación política que el pueblo desea como piensan algunos, al menos su presencia no será el estorbo que ha sido siempre. Una Cuba sin Raúl Castro está más cerca de lo que imaginamos, por lógica natural. Tendremos que esperar a ver cómo el pueblo aprovecha la ausencia de esa ficha para dar el jaque mate.
El autor es cubano exiliado.