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49 años después de mi debut: lo que me enseñó el beisbol y la vida

"Al mirar atrás, agradezco a quienes me sostuvieron: mi familia, mi gente, mi país. Sin ellos, mi brazo no hubiera alcanzado para tanto".

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No sé si fue coincidencia o providencia divina, pero debuté un 14 de septiembre en las Grandes Ligas, justo cuando Nicaragua conmemora la Batalla de San Jacinto. Esa misma fecha gané mi primer juego en el mejor beisbol del mundo. Sentí que triunfé en la batalla de 1976 y también lo hice 23 años después, cuando me retiré con la frente en alto. Hoy, al cumplirse 49 años de aquel recuerdo, quiero compartir algunas lecciones que me ha dejado la vida.

La vida misma es una batalla constante. Me propuse ser el primer nicaragüense en llegar a las Grandes Ligas y, gracias a Dios y a la Virgen, lo conseguí. Pero para eso tuve que sufrir. Me alejé de mi familia por un sueño, trabajé más que el resto, corrí más que los demás, y en cada entrenamiento daba más de lo que tenía. Sobre todo, batallé con las adversidades: con la nostalgia, con el cansancio, con la tentación de rendirme.

Cuando lancé por primera vez en Baltimore, sabía que en ese estadio había un solo uniforme con un nicaragüense adentro. No pensé en fama ni en récords, pensé en lo que significaba para los míos. Ese día entendí que un debut no es una meta cumplida, sino el inicio de una responsabilidad: demostrar que Nicaragua podía estar a la altura del mejor beisbol del mundo.

Al mirar atrás, agradezco a quienes me sostuvieron: mi familia, mi gente, mi país. Sin ellos, mi brazo no hubiera alcanzado para tanto. Cada lanzamiento fue también un homenaje a Nicaragua entera.

Pero también sé que mientras yo libraba mis batallas en el beisbol, mi país seguía librando las suyas. Y hoy, casi medio siglo después, miles de nicaragüenses siguen luchando en las sombras contra quienes pretenden apagar la libertad y los sueños de nuestra gente. No lo hacen bajo la luz de los reflectores ni ante estadios llenos, pero su esfuerzo es tan valioso como cualquier victoria deportiva. Esa misma valentía que en 1856 defendió San Jacinto vive hoy en los nicaragüenses que no aceptan negociar su dignidad ni su libertad.

La historia de Nicaragua nos enseña que ningún poder es eterno frente al coraje de un pueblo decidido a ser libre. Así como yo resistí con disciplina y fe los desafíos de mi carrera, estoy convencido de que los nicaragüenses resistirán y vencerán los desafíos que hoy enfrentan.

La vida es una batalla diaria. No siempre gana el que más tiene, sino el que más se entrega. Ese fue mi aprendizaje en el beisbol, y es lo que deseo transmitir: la lucha constante es la que abre el camino, aunque las probabilidades estén en contra.

Ese 14 de septiembre de 1976 cambió mi vida para siempre. Espero que, a 49 años de distancia, también inspire a las nuevas generaciones de nicaragüenses a no temerle a los gigantes, porque hasta el más pequeño puede torcer la historia con coraje y determinación.

Deportes Dennis Martínez archivo

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