Jaime Arellano, comentarista político. CORTESÍA

Jaime Arellano: “Le pedí a Dios que me dejara morir”

El comentarista político bajó más de 120 libras y ahora trabaja como cajero en una gasolinera para sobrevivir.

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Tras dos décadas como comentarista político, Jaime Arellano ahora trabaja como cajero de una gasolinera en Tampa, Florida. A sus 64 años permanece desterrado por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo que lo tuvo como preso político durante 20 meses. 

“Yo creía que era mejor estar muerto que vivo”, relata Arellano al recordar sus días detenido. También cuenta que tuvo “un pequeño derrame cerebral”, y que la dictadura convirtió un tratamiento médico para curarle una herida en un dedo, en una tortura sin anestesia. Contó cada una de las veces que fue interrogado: 289. 

Sobre aquellos días que le hicieron perder más de 120 libras habla en esta entrevista, sin dejar atrás su sensibilidad y deseo por regresar al país. “Tengo la esperanza de que la dictadura va a caer antes de que me muera y que voy a poder regresar a Nicaragua y me van a enterrar en Nicaragua y voy a vivir los últimos años de mi vida en Nicaragua”.

Jaime Arellano
Jaime Arellano perdió 120 libras tras ser detenido. CORTESÍA

También opina sobre la cacería de la dictadura contra exmilitares y excombatientes históricos, y valora que la oposición no está preparada para aprovechar una escalada de la guerra entre sandinistas. “Lo que hacen es trabajar para sus candidaturas”, critica. 

¿Cómo está de salud? 

Después de que fuimos rescatados de la dictadura de Ortega Murillo me tomó casi un año para recuperar gran parte de mi salud. Yo vine y no podía moverme. Tenía problemas de movilidad. No podía hablar, estaba tartamudo. Yo pasé del avión a un hospital y después a tratamiento. Inclusive antes de pasar a migración. 

El neurólogo creía que me iba a tomar alrededor de dos años recuperarme, pero en un poquito más de un año recuperé el habla y pude moverme bien. Todavía tengo problemas para dormir. Estoy tomando medicina para dormir y a principios de año tuve un problema de arritmia en el corazón. Estuve hospitalizado unos cuantos días y tengo que hacerme un pequeño procedimiento en el corazón. 

Percibo que todo fue muy duro para usted. 

Yo creí que no iba a salir vivo. A pesar de que estuve en casa por cárcel, nosotros teníamos seis policías dentro de la casa. Cuando querían entraban a mi cuarto. Me sacaban del cuarto a las 3:00 de la mañana, a la hora que ellos les diera la gana. Yo fui interrogado 289 veces. Y el abuso, la tortura psicológica que hacían contra mí, contra mi familia, fue fuerte. En los 2 años que estuve preso nunca me permitieron salir al sol. No podía ir solo al baño. No podía leer nada. Hasta rezar lo tenía que hacer escondido. 

No me dieron la atención médica que yo necesitaba y me decían que la única manera que me daban era si yo daba testimonio contra otros presos políticos. Los mandé al carajo. Le decían a mi esposa que me convenciera de que declarara contra otros presos políticos, si no ella iba a quedar viuda. Cuando uno se opone a la dictadura y está luchando contra la dictadura, uno está dispuesto a pagar las consecuencias. Lo que más me dolió fue ver lo que mi esposa sufrió y lo que mi familia sufrió. Ahí es donde estaba lo duro. 

En su momento se dijo que usted sufrió un derrame cerebral, ¿cómo fue eso? 

Sí, me dio un pequeño derrame. Perdí la movilidad y no podía estar de pie. Me trataba de parar y caía de lado al piso. Tuvieron que llevar a los doctores para que me mantuvieran vivo, pero nunca me permitieron hacerme los exámenes que yo necesitaba para saber qué jodido me estaba pasando.

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Una vez me picó un animal en un dedo y ya me estaba agarrando gangrena y todo. Los mismos policías dijeron que necesitaban llevarme al hospital para limpiarme el dedo, si no me iban a tener que cortar la mano. Y la dictadura no autorizó eso. Lo que permitieron es que llegara un médico a rajarme el dedo y a sacarme toda la pus y toda la infección que tenía, pero sin anestesia. Los gritos que pegaba, el dolor y mi esposa que me estaba viendo lo que me estaban haciendo. Hubo un momento que le pedí a Dios que me dejara morir, porque ellos se reían, se burlaban de mí y de mi esposa que sufría, que lloraba a escondidas por lo que estaba pasando. Yo creía que era mejor estar muerto que vivo. 

Usted tiene muchos años dedicado a la política. ¿Se imaginó vivir todo eso? 

Nunca fijate. Yo me metí a la televisión para ayudar a reconstruir Nicaragua, para promover el debate, que la gente escuchara las ideas, educar a la gente de los derechos que tiene, de lo que era libertad, lo que era democracia. Obviamente eso iba a tomar rumbo a denunciar los actos de corrupción, los abusos y todo lo que hacía la dictadura. Y lo que hacía Arnoldo Alemán también porque en tiempos de Alemán trataron de fregarme. 

Yo fui de los primeros en denunciar el pacto y después los fraudes de Daniel Ortega. Primero trató de sobornarme cuando llegaron dos magistrados a Canal 10 y me ofrecieron 350,000 dólares en efectivo e iban a pagarme 30,000 dólares mensuales en publicidad, pero que yo en el programa no hablara nada del Gobierno. Los mandé al carajo. Después trataron de matarme en cuatro ocasiones que están documentadas. Y a finales de 2018 cuando salí de Nicaragua por problemas de salud, inmediatamente hicieron una orden de captura, pero fui el primero en regresar. Cuando llegó la amnistía del 2019 en Nicaragua, regresé con Aníbal Toruño. Y al día siguiente nos trataron de matar en León con José Adán Aguerri, Michael Healy, Álvaro Vargas y otros.

Jaime Arellano junto a Aníbal Toruño tras volver de un primer exilio en 2019. VOA

¿Ha estado retirado de la política o todavía se mantiene? 

Estuve un tiempo alejado por mis problemas de salud y porque a mi esposa no la habíamos logrado sacar de Nicaragua. Yo no quería hacer ninguna actividad pública contra la dictadura por las repercusiones que podía tener contra mi esposa. Ahora que ya está fuera he estado dando más opiniones y siempre he estado al tanto de todo lo que está pasando y creo que mi responsabilidad también es jugar un papel más activo en la lucha para recuperar la democracia. 

También uno tiene que buscar cómo sobrevivir en este país, con los problemas de salud y eso. A los 64 años volver a comenzar después de que nos quitaron todo, porque a mí me quitaron todo. Mi casa, mi carro, mi negocio, todo lo que yo tenía me lo quitaron. 

¿De qué trabaja ahora en Estados Unidos? 

Como mi esposa no ha querido que ponga mi propio programa, pues ahorita estoy trabajando en una gasolinera. Estoy de cajero. Y como tengo problemas para dormir, trabajo en la noche desde las 10:00 de la noche hasta las 7:00 de la mañana. También estoy dando ciertas charlas sobre la democracia, sobre violaciones de los derechos humanos, pero mi trabajo fijo ahorita es en la gasolinera. Y lo hago con orgullo, porque cualquier trabajo es un trabajo. A esta edad no estamos para pedirle a los hijos. Yo no soy de pedirle a mis hijos que me den, que me mantengan. Y mis hijos tienen buenos trabajos y se han portado de la mejor manera conmigo y con mi esposa, pero no estoy para estarle pidiendo a mis hijos. 

De vez en cuando lo he visto comentando en algunas entrevistas 

Sí, poco a poco he ido convenciendo a mi esposa que me deje hacer eso. Que me deje dar entrevistas como esta que te estoy dando a vos. Estoy viendo con gente de Telemundo y con gente de Fox para ver si trabajo con ellos como analista para expresar mis puntos de vista de vez en cuando. Así que vamos a ver pues. 

También he visto que se ha vuelto cercano al Partido Republicano de Estados Unidos 

Eso se dio porque vi la situación que estaba viviendo los Estados Unidos con la influencia de la extrema izquierda en este país. Yo creo que el Partido Republicano nos puede dar el apoyo que nosotros necesitamos para salir de la dictadura Ortega Murillo, aunque al final y al cabo somos nosotros los nicaragüenses que tenemos que sacar a Ortega y Murillo, pero obviamente necesitamos el apoyo internacional que tiene que ser liderado por los Estados Unidos con el acompañamiento de la Unión Europea. 

Entonces empecé a apoyar en la campaña a los republicanos, a candidatos a senadores y a candidatos a congresistas republicanos. Como apoyo, no es que ellos me contrataron, sino que yo apoyaba promoviendo el voto latino hacia el Partido Republicano y hacia esos candidatos. Y con eso logré establecer una muy buena relación con varios senadores y varios congresistas, con gente del Departamento de Estado que me permite oír sus opiniones y que ellos oigan mi opinión alrededor de las cosas que están pasando en Nicaragua. 

En el contexto actual con guerras en Ucrania y Gaza y la crisis de Venezuela, ¿cree que Nicaragua es relevante para Estados Unidos? 

No, Nicaragua no está entre las prioridades de los Estados Unidos. Por eso te digo que la lucha es de nosotros, de los nicaragüenses que estamos afuera que podemos hablar con gente de los Estados Unidos, la diáspora nicaragüense que son ciudadanos que pueden votar, son los que pueden ejercer presión para que Estados Unidos entienda que Nicaragua es un problema de seguridad nacional. 

¿Cómo se ve desde Estados Unidos esta cacería que ha emprendido la dictadura contra exmilitares y excombatientes históricos del sandinismo? 

Eso es un error gravísimo porque los mismos sandinistas históricos saben que no pueden escapar. ¿Para dónde van a irse? ¿A dónde van a salir? Ellos se están dando cuenta que tienen que luchar por su supervivencia. Ahí van a haber reacciones. ¿Vos creés que no saben quién es el próximo que va a caer preso? ¿Que los otros exgenerales del Ejército no saben que ellos son los próximos que van a caer presos como cayó Baltodano o como cayó Bayardo Arce? ¿Vos creés que ellos no se están preparando? 

La guerra interna dentro de los sandinistas antes de que termine el año, creo yo, mi olfato me dice que va a escalar a otros niveles que no habíamos visto en mucho tiempo ni en Nicaragua.

En 2020, Jaime Arellano denunció que la Policía no le permitía salir de su casa. Óscar Navarrete/LA PRENSA

¿Usted es de la teoría de que la muerte de Daniel Ortega podría desembocar en esa escalada? 

Sí, yo creo que todas las locuras que está haciendo Rosario Murillo, todos los actos de paranoia que está haciendo son precisamente porque ella sabe que una vez que no esté Ortega, los históricos se van a revelar. Los históricos no respetan ni quieren a Rosario Murillo y ella lo sabe. Ella está haciendo todo lo que está haciendo, y él le está permitiendo que haga eso contra sus propios históricos. 

¿Por qué cree que Ortega le permite hacerlo? 

Para que su familia siga con la dictadura y la única persona que tiene la capacidad para poder mantener la energía familiar es ella. 

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¿Le parece que la Policía y el Ejército son completamente leales a Murillo? 

De los dos, sobre todo el Ejército (no es leal). La cúpula podrá ser la que ella está tratando de que se mantenga leal por intereses, pero lo que es la parte de abajo el Ejército, de los coroneles para abajo, hay una molestia fortísima porque con todo ese estancamiento que ha producido Rosario Murillo, muchos de ellos que se metieron al Ejército, que no son guerrilleros o gente que peleó, sino que son gente que quiere hacer carrera militar y que la han visto interrumpida por la avaricia de Rosario Murillo. Inclusive los han mandado a retiro sin que hayan podido escalar. 

¿La oposición está preparada para ese momento? 

Desgraciadamente no. Ese es un gran problema que hay. Aquellos que han asumido liderazgo de oposición lo que hacen es trabajar para sus candidaturas, que yo lo veo ridículo. Es una carrera de protagonismo y no hay cohesión. No hay una estrategia.

Yo soy de la opinión que debe buscarse la manera de elegir una directiva de la oposición, pero con la condición de que cualquiera que sea parte de esa directiva no pueda optar a ningún cargo de elección popular en las primeras elecciones libres que se hagan en Nicaragua. Es muy importante que los Estados Unidos vea una oposición seria. Desgraciadamente la oposición no está lista. 

Jaime Arellano tiene 64 años y fue desterrado por la dictadura Ortega Murillo. CORTESÍA

Hay grupos que no se pueden ni ver entre ellos y gente que no quiere nada con personas que vengan del sandinismo. ¿Cómo se pueden juntar estos grupos? 

Lo primero que hay que hacer es tratar de que, los que son sandinistas o que vienen del sandinismo, pongámosle la izquierda, ellos tienen que unirse y crear un bloque de izquierda fuerte, sólido. Y los que son de derecha deben unirse y crear un bloque de derecha fuerte. Una vez que haya esos dos bloques hay que crear la manera de que haya una coordinación entre esos dos grupos. O sea, juntos, pero no revueltos, pongámosle. Lo que no puede hacer ninguno de los dos grupos es tratar de imponerse sobre el otro grupo. 

Los que tengan ideología de izquierda y quieran seguir con la idea de izquierda y crean que eso es lo mejor para Nicaragua, que compitan. Y los que sean de derecha, que compitan. El pueblo al fin y al cabo va a decidir qué es lo que quiere. Eso es lo que yo sueño. O sea, los que tengan ideología de derecha tienen derecho a existir. Los que tienen ideología de izquierda tienen derecho a existir. 

¿Se ha acercado usted a algunos de estos grupos para exponerles esto? 

Obviamente he platicado con la gente de Monteverde. Con Monteverde no, pero tengo amigos que fueron parte de Monteverde y que siguen siendo parte de Monteverde y les expongo mi punto de vista. Ahí creo que están haciendo un experimento. Hay un bloque de derecha dentro de Monteverde y un bloque de izquierda dentro de Monteverde, pero el problema es que ya Monteverde perdió tanta credibilidad y se hicieron tanto daño ellos mismos. 

No hay manera que puedan tener o recuperar algún tipo de credibilidad si alguna vez la tuvieran. Y las otras organizaciones también siguen cometiendo los mismos errores. No se están dando cuenta que le están ayudando a Daniel Ortega. Sin querer han estado promoviendo una apatía de la diáspora nicaragüense en el exterior. Hay gente que dice: “No, ya no quiero saber nada. Voy a buscar cómo hacer mi vida aquí”. 

¿Quién diría usted que tiene esa credibilidad de la que habla? 

No te podría decir, nadie para serte honesto. 

¿Todavía cree que “vamos ganando”? 

Sí. Ortega quería vernos muertos, callados. Quería ver un pueblo que acepte su dictadura y no lo ha podido hacer. Todos estos actos de Rosario Murillo echando preso a todo mundo, las redadas, es porque ya sabe que no ha podido controlar al pueblo de Nicaragua. 

No vamos ganando como quisiera que fuéramos ganando. Pero el que estemos vivos y el que estemos luchando es una victoria. Y como vamos ganando es que los tenemos locos. Ya hemos derrocado dos dictaduras, la de los Somoza y la primera sandinista. No cabe la menor duda que esta tercera dictadura también la vamos a sacar del poder. 

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COMENTARIOS

  1. Hace 10 meses

    Todo trabajo honesto es digno y sobre todo cuando el individuo se encuentra en un país extranjero. Albert Einstein trabajó de oficinista en la oficina de patentes en Suiza, pues era el único trabajo que pudo encontrar.

  2. Hace 10 meses

    El espejo donde debería mirarse el señor Arellano

    Existen ejemplos claros, dentro de la propia comunidad nicaragüense en Estados Unidos, que muestran cuál debería ser la brújula política y moral del señor Arellano.

    Ana Navarro, reconocida analista política en CNN, es nicaragüense y militante republicana de toda la vida. Hellen Aguirre, nacida en Miami de padres nicaragüenses, también republicana desde que abrió los ojos a la política, llegó a ocupar un cargo de alto nivel: secretaria de prensa para la comunidad hispana en la Casa Blanca durante el primer mandato de Donald Trump.

    ¿Dónde están ahora?

    Ambas, desde sus diferencias, han tomado una decisión clara: estar del lado de su comunidad. Denuncian abiertamente los atropellos de la administración actual republicana contra todo lo que no se ajuste al ideal de inmigración “desde Noruega”, tal y como lo expresó sin pudor el propio Donald Trump.

    Esa es la diferencia entre el servilismo ideológico y la responsabilidad hacia la comunidad de origen: entender que antes de los colores partidistas está la defensa de los suyos.

    Una lección para Arellano

    Por eso, señor Arellano:
    Vaya e infórmese —o como aquí se dice, “edúquese”—.
    Dese un baño de pueblo, y cuando se vea cara a cara con el suyo, comprenderá que los genes, la identidad y la memoria colectiva son invulnerables a la manipulación de ideologías políticas.

    Tarde o temprano, esa realidad lo obligará a ubicarse del lado correcto: el de su gente, no el de quienes la desprecian.

  3. Hace 10 meses

    El odio republicano hacia Biden

    Todo republicano —y quienes los siguen— detesta a Joe Biden. ¿Por qué? Porque el mentiroso compulsivo Donald “Taco” Trump ha repetido que el actual presidente dejó entrar a 23 millones de indocumentados. Una cifra estrafalaria, absurda, y todavía más ridícula viniendo de quien siempre ha sido un manipulador de números.

    Pero si alguien es lo suficientemente ingenuo o necio para no saberlo o siquiera inferirlo, veamos lo tangible.

    Identidad y lealtad

    ¿Acaso el señor Arellano es más trumpista que nicaragüense? Lo pregunto sin dramatismo. Porque lo verdaderamente concreto es que, bajo la administración de Biden, a todo ciudadano de Nicaragua que argumentaba persecución se le permitía entrar por la frontera.

    ¿Que entre esos nicaragüenses también podían venir individuos de mala fe? Perfecto, puede ser. Pero ¿cuál es el problema? Entre todos los que entraron, ¿cuántos realmente eran delincuentes? Hasta donde se sabe, quizás uno solo.

    Orgullo de origen

    Eso, en lo personal, no me ofende. Más bien lo contrario: me demuestra que había una política de reconocimiento frente al sufrimiento de mi pueblo.

    Como bien decía Ileana Ros-Lehtinen: primero soy nicaragüense y luego apoyo, si quiero, a un partido político. Esa es la jerarquía natural de identidad y valores: antes que los colores de una agrupación partidista, está la defensa de la comunidad a la que uno pertenece.

    Conclusión

    El discurso de Trump y sus seguidores busca dividir, estigmatizar y falsear la realidad con números inventados. En cambio, lo tangible es que la administración de Biden abrió un espacio a los perseguidos de Nicaragua. Por eso, colocarse ciegamente del lado del trumpismo antes que del propio pueblo no es patriotismo, sino una negación de la propia identidad.

    1. Hace 10 meses

      Para concluir.

      El espejo donde debería mirarse el señor Arellano

      Existen ejemplos claros, dentro de la propia comunidad nicaragüense en Estados Unidos, que muestran cuál debería ser la brújula política y moral del señor Arellano.

      Ana Navarro, reconocida analista política en CNN, es nicaragüense y militante republicana de toda la vida. Hellen Aguirre, nacida en Miami de padres nicaragüenses, también republicana desde que abrió los ojos a la política, llegó a ocupar un cargo de alto nivel: secretaria de prensa para la comunidad hispana en la Casa Blanca durante el primer mandato de Donald Trump.

      ¿Dónde están ahora?

      Ambas, desde sus diferencias, han tomado una decisión clara: estar del lado de su comunidad. Denuncian abiertamente los atropellos de la administración actual republicana contra todo lo que no se ajuste al ideal de inmigración “desde Noruega”, tal y como lo expresó sin pudor el propio Donald Trump.

      Esa es la diferencia entre el servilismo ideológico y la responsabilidad hacia la comunidad de origen: entender que antes de los colores partidistas está la defensa de los suyos.

      Una lección para Arellano

      Por eso, señor Arellano:
      Vaya e infórmese —o como aquí se dice, “edúquese”—.
      Dese un baño de pueblo, y cuando se vea cara a cara con el suyo, comprenderá que los genes, la identidad y la memoria colectiva son invulnerables a la manipulación de ideologías políticas.

      Tarde o temprano, esa realidad lo obligará a ubicarse del lado correcto: el de su gente, no el de quienes la desprecian.

  4. Hace 10 meses

    Ingenuidad o cinismo

    El señor Arellano declara que apoya a la escoria política. Cabe preguntarse: ¿lo hace por ingenuo desconocimiento o porque comparte el mismo cinismo de aquellos degenerados que hoy representan a ciertos distritos en el Congreso?

    Experiencia personal y representación política

    Viví muchos años en Miami y jamás me casé con un partido. He votado por candidatos demócratas a la presidencia, pero también tuve como representante federal a la congresista republicana Ileana Ros-Lehtinen. Con ella podía tener diferencias, sí, pero debo reconocer que me sentía representado. Ella pregonaba con orgullo que antes que republicana era hispana, y lo demostraba en su ejercicio político.

    Hoy la realidad es distinta. María Elvira Salazar, Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez no siguen esa línea. Primero son trumpistas, se postran ante su dios Donald Trump. Luego, se definen como blancos; después como cubanos, y al final —y solo quizá— queda un resabio de identidad hispana, limitado al hecho de hablar español.

    Los senadores y la estafa política

    Veamos a quiénes terminan apoyando: al “cara de muerto” Rick Scott, que se enriqueció con el fraude de Medicare antes de ser gobernador, el mismo que prometía cambiar Washington y que hoy es apenas una caricatura de lo que decía representar. Ese asqueroso ser humano, estafador por convicción, ha sido respaldado sin pudor.

    La duda sobre Arellano

    Quisiera concederle a Arellano el beneficio de la duda: quizá es nuevo en este país y solo ha sido embobado por la “chusma bananera” tercermundista. Esa misma que, si uno se atreve a señalar que Trump es un estafador profesional con un largo historial de fraudes, responde con un insulto automático: “comunista”.

    En su lógica obtusa, todo lo que no sea arrodillarse y alabar al nuevo caudillo norteamericano es comunismo. Esa incapacidad de pensar fuera de consignas refleja no solo ignorancia política, sino también servilismo ideológico.

    Conclusión

    En este contexto, el apoyo de Arellano no es un gesto de compromiso político informado, sino un eco servil de una narrativa que confunde identidad con sumisión, y libertad con idolatría. Si lo hace por ingenuidad o por cinismo, solo él lo sabe; pero lo cierto es que, en ambos casos, se convierte en cómplice de una decadencia política que no representa ni a los hispanos, ni a los verdaderos valores democráticos de este país.

  5. Hace 10 meses

    El señor Arellano vive en USA, la tierra de los libres y el hogar de los valientes, y por supuesto, tiene el derecho inalienable de afiliarse a cualquier partido político. Ese derecho nadie se lo discute. Lo que sí merece análisis es la premisa en la que fundamenta sus posiciones, y la forma en que reproduce discursos superficiales e históricamente erróneos.

    La extrema derecha y la extrema izquierda

    En la política estadounidense, tanto la extrema izquierda como la extrema derecha representan distorsiones peligrosas del sistema democrático. Sin embargo, mientras la primera se concentra en ampliar el aparato estatal y subir impuestos, la segunda se ha caracterizado por una hostilidad abierta hacia todo lo que no sea blanco, protestante y anglosajón. Esta visión excluyente alimenta narrativas de odio que terminan socavando los mismos valores de libertad que dicen defender.

    El mito republicano como “partido libertador”

    Uno de los argumentos que Arellano sostiene —alimentado por la retórica de la llamada “chusma bananera” del exilio cubano de Miami— es que el Partido Republicano sería el “gran destructor de dictaduras”. Esta afirmación, sin embargo, no resiste el más mínimo análisis histórico.

    Veamos: cuando triunfó la Revolución cubana en 1959, el presidente de Estados Unidos era un republicano, Dwight D. Eisenhower, nada menos que el generalísimo de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. Si aplicáramos la lógica infantil del expresidente Donald Trump —ese “orangután con corbata” que culpa a Barack Obama de todo lo malo que ocurre en el mundo— tendríamos que concluir que Eisenhower fue responsable del establecimiento de la dictadura comunista en Cuba.

    Luego llegaron John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson (demócratas, 8 años en total), seguidos por Richard Nixon y Gerald Ford (republicanos, otros 8 años). Después, Jimmy Carter (4 años, demócrata), y luego la era Reagan–Bush padre (12 años republicanos). Más adelante, Bill Clinton (8 años demócrata), George W. Bush (8 años republicano), Barack Obama (8 años demócrata), Donald Trump (4 años republicano) y, finalmente, Joe Biden.

    El balance histórico

    Si hacemos cuentas, desde 1959 hasta la fecha, ha habido 32 años de administraciones demócratas y 32 años de administraciones republicanas (sin incluir el año adicional de Eisenhower ni los meses finales de Trump). Es decir: un empate perfecto en cuanto a tiempo de gobierno.

    Y sin embargo, la dictadura cubana sigue en pie. No sólo eso: también han sobrevivido otras autocracias en distintas partes del mundo durante esas décadas. La supuesta “eficacia republicana” en la lucha contra las dictaduras no es más que un mito político, un cuento que se repite para consumo de incautos.

    Conclusión

    Presentar al Partido Republicano como el gran adalid de la libertad y destructor de dictaduras es, en el mejor de los casos, una ingenuidad, y en el peor, una manipulación cínica. La historia demuestra que ni demócratas ni republicanos han sido capaces de derrocar la dictadura cubana. Pretender lo contrario es simplemente vender humo a los que, por desconocimiento o conveniencia ideológica, están dispuestos a comprarlo.

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