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El narcotraficante colombiano Pablo Escobar nunca quiso hablar de sus nexos con los sandinistas en la década de 1980.
En septiembre de 1993, tres meses antes de caer abatido en Medellín, le concedió una entrevista a la AP a partir de un cuestionario de 23 preguntas y en tres de ellas dijo: “No hay respuesta”.
Las tres preguntas se referían a Fidel Castro, Manuel Antonio Noriega y los sandinistas.
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Está comprobado que Pablo Escobar y la plana mayor del cártel de Medellín con sus familiares y sicarios residieron en Nicaragua dos meses gracias a que la inteligencia de los Estados Unidos tomó unas fotografías, a través del piloto infiltrado Barry Seal, en las que se ve a Escobar y al entonces asistente de Tomás Borge, Federico Vaughan, cargando con 1,400 kilos de cocaína una avioneta en el aeropuerto militar de Los Brasiles, en Managua.
También porque, aunque Escobar nunca habló sobre esos hechos, posteriormente sus familiares y allegados, así como su amante, escribieron sobre ello.

Su esposa Victoria Henao, su hijo Juan Pablo Escobar (después llamado Santiago Marroquín), su amante Virginia Vallejo, su sicario John Jairo Velásquez (Popeye), su hermano Roberto Escobar, su hermana Alba Marina Escobar, entre muchos otros allegados, han relatado los días en que los sandinistas les dieron refugio, luego de que Escobar ordenó el asesinato del ministro de justicia colombiano Rodrigo Lara Bonilla y de que, escondidos en Panamá, Manuel Antonio Noriega se preparaba para entregarlos a Estados Unidos, pero lograron huir a tiempo hacia Nicaragua.
El último de esos testimonios es el escrito por Carlos Lehder, alemán y colombiano que fue de los grandes jefes del cártel de Medellín y el último en escribir porque no había tenido la oportunidad, ya que a principios de 1987 fue extraditado a una cárcel de Estados Unidos y salió libre hasta en junio de 2020.
En su libro Vida y muerte del cártel de Medellín, señala que él fue el primero de los del cártel en llegar a Nicaragua, invitado por el entonces comandante de la Revolución Sandinista Tomás Borge Martínez.
Lara Bonilla
Durante los primeros años de la década de 1980, los narcotraficantes colombianos traficaron cocaína a Estados Unidos casi en paz porque no estaban en la mira de las autoridades colombianas, asegura Lehder.
Sin embargo, con la llegada de Ronald Reagan al poder en Estados Unidos y su proclamación de una guerra contra las drogas, empezaron los problemas para los capos colombianos.
En 1984, Rodrigo Lara Bonilla asumió el Ministerio de Justicia colombiano y desde que entró lo hizo con la determinación de perseguir a los narcos y revivir la extradición, que estaba paralizada porque el presidente de entonces, Belisario Betancur, había prometido no extraditar a los colombianos cuando anduvo en campaña presidencial, explica Lehder.
Betancur lo prometió porque quería negociar la paz con los grupos guerrilleros de izquierda como las FARC, el ELN, el EPL y el M-19.
En los periódicos colombianos aparecieron noticias sobre los narcos y, como Pablo Escobar era senador suplente en el Congreso colombiano y juraba que no tenía antecedentes como narcotraficante, el diario El Espectador publicó una noticia de 1976, cuando Escobar fue capturado con cocaína.
En ese momento, Lehder sintió que “los vientos ya no eran tan favorables para los narcos en Colombia” como lo eran a principios de la década de 1980.
Pronto, Lara Bonilla y sus consejeros ganaron terreno en la Corte Suprema de Justicia colombiana para influir a favor de la extradición y luego la Policía colombiana desmanteló un gran laboratorio de cocaína del cártel de Medellín llamado “Tranquilandia”.
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A Lehder no le gustaba Tranquilandia porque “olía horrible” y, además, el uso de los químicos hacía que el lugar fuera “una bomba de tiempo”. Dentro del cártel de Medellín, Lehder dice que nunca se ocupó de los laboratorios para procesar la cocaína, sino que él prefirió estar al frente de los aviones y los barcos que transportaban la droga hacia Estados Unidos.
Lara Bonilla logró que la justicia colombiana girara una orden de captura contra Lehder, por supuestamente haberse fugado de una cárcel de Estados Unidos, pero Lehder dice que eso no era cierto, sino que todo se debió a que los Estados Unidos lo pidieron en extradición porque “supuestamente conspiraba para introducir dos toneladas de cocaína en Florida (Estados Unidos)”.
Lehder dice que la droga no era de él, pero el avión en el que sería transportada y el lugar de almacenamiento, una isla en las Bahamas, sí eran de él.

Poco después, la CSJ aprobó la solicitud de extradición y su expediente pasó al despacho de Betancur. Esa orden de extradición fue la que tres años después sirvió para que finalmente lo encarcelaran en Estados Unidos.
Los narcos del cártel de Cali, que entonces eran amigos con los del de Medellín, le avisaron a Escobar en abril de 1984 que dentro de seis meses el presidente Betancur quitaría a Lara Bonilla y lo mandaría a España como embajador. Pero, Escobar se empeñó en que quería hacer pagar a Lara Bonilla por la persecución a los narcos, mientras todavía era ministro de Justicia y no ya como embajador.
En esos días, Lehder se había refugiado en una hacienda que compró en 1975 en Airapua, en los Llanos Orientales de Colombia.
De repente, fue llamado a una reunión en la hacienda Nápoles de Escobar, donde vio a todos los capos del cártel, porque querían discutir que Lara Bonilla buscaba confiscar todos los bienes de los narcos.
De vuelta en Airapua, en la noche del 30 de abril de 1984, Lehder estaba cenando con dos hombres más cuando las empleadas y el cocinero llegaron corriendo para avisarle que habían matado a Lara Bonilla. Después entraron otros diciendo lo mismo.
“Qué cagada, eso no nos va a ayudar”, dijo Lehder.
Primera vez en Nicaragua
Antes del asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, Carlos Lehder dice que ya había estado en Nicaragua, siempre por invitación de Tomás Borge.
En las Bahamas, donde Lehder tenía propiedades, conoció a Robert Vesco, un banquero que huía de la justicia estadounidense debido a que era señalado de “orquestar una monumental estafa por medio de una pirámide y de aportes ilegales a la campaña de Richard Nixon”.
En esa ocasión, cuando se armó un operativo para capturar a Vesco, Lehder se fue con él a Cuba, donde Vesco pagó para que le dieran refugio, asegura Lehder en su libro. Después, habría hecho lo mismo en Nicaragua, de la mano de Tomás Borge.

Aterrizaron el avión en Managua y luego fueron recibidos por agentes y Federico Vaughan.
Según Lehder, Vesco vivía espléndidamente en una mansión confiscada por los sandinistas a una familia que se exilió en Estados Unidos. Sin embargo, para Vesco esa mansión era como “una jaula de oro” porque no hablaba español ni conocía a nadie.
Lehder recuerda que en Managua los médicos escaseaban porque estaban dedicados a asistir a los heridos de guerra, además, había pocas farmacias y las que había estaban semivacías.
La invitación de Tomás Borge
Tras el asesinato de Lara Bonilla, Lehder intentó comunicarse con Escobar, pero la gente del capo le sugirió que escuchara la radio, donde se decía que habían arrestado a dos pistoleros al estrellarse la moto en la que iban. Eran los jóvenes de Medellín que habían matado a Lara Bonilla.
A las 2:00 de la madrugada siguiente del asesinato de Lara Bonilla, habló el presidente Belisario Betancur y le declaró la guerra a los narcos, lo que incluía la aprobación de extradiciones. A las 6:00 de la mañana, Lehder se levantó a desayunar y luego ordenó a sus hombres suspender el tráfico de cocaína hasta nuevo aviso.
Posteriormente, se fue a refugiar a una casa de seguridad a 11 kilómetros de la finca donde se encontraba, a orillas del Manacacías.
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Por radio, le avisaron que Escobar ya se había ocultado en Panamá, hospedado por Noriega. Uno de los sicarios de Escobar, Pinina, le dijo a Lehder que Escobar le pedía que fuera a una pista en el departamento de Córdoba, para ayudar al piloto gringo Barry Seal a cargar 1,400 kilos de cocaína, y que luego se fuera a Panamá.
Sin embargo, después de embarcar la cocaína, y tras despegar Seal de la pista de aterrizaje, el avión se accidentó. Esa fue la cocaína que luego iba a ser fotografiada en el aeropuerto Los Brasiles de Managua.
Lehder le informó a Escobar del accidente y también de que no viajaría a Panamá, sino que iría a Nicaragua porque los sandinistas le habían “abierto las puertas”.

Lehder pensó que “el barco de Panamá” ya estaba muy lleno, porque también se habían refugiado ahí los sicarios de Escobar.
“Opté por aceptar el refugio que me ofreció el ministro Tomás Borge de Nicaragua”, escribió Lehder. Un avión de Lehder lo llevó al aeropuerto de Managua, donde lo recibió Federico Vaughan.
Al día siguiente de su llegada a Managua, Borge lo visitó en una casa de protocolo. Lehder recuerda a la Managua de 1984 como “una ciudad deteriorada, en la que todavía se veían las huellas del terremoto de 1972”. También rememora que los sandinistas, con Daniel Ortega a la cabeza, soportaban entonces el asedio de los contras en la frontera norte del país.
“Yo preferí refugiarme en ese país (Nicaragua) porque, a diferencia de los demás miembros del cártel (de Medellín), sabía, gracias a lo que Federico Vaughan le había confiado a mi amigo Robert Vesco, que Noriega les estaba entregando armamento norteamericano y británico a las fuerzas de la Contra, en sus campamentos situados en territorio hondureño. Al mismo tiempo que recibía a los narcos colombianos, Noriega colaboraba con las agencias de inteligencia estadounidense”, plasmó Lehder en su libro.
La brisa de Poneloya
A Lehder, los sandinistas le asignaron como vivienda una amplia casa de protocolo diplomático, a la cual lo único que llevó fue su fusil G3, armamento personal, un morral cargado de dólares, un radiocomunicador HF Global y su radio Zenith, en el que escuchaba música, las emisoras de Colombia y la Voz de Alemania (Deutsche Welle).
Instaló una antena de 10 metros de largo y llamó por el radio HF a Escobar en Panamá, pero le respondió Pinina. Lehder le dijo que ya estaba en Managua y Pinina le comentó que ellos, Escobar y sus hombres, estaban “comodísimos” en Panamá y que todos tendrían pronto pasaporte nuevo.
Lehder comenta que, desde un inicio, los sandinistas le iban a permitir al cártel de Medellín una pista de aterrizaje para llevar cocaína a México, a cambio de varios millones que los sandinistas necesitaban “con urgencia”, pero el negocio no se inició inmediatamente porque el cártel tenía suspendido el tráfico de cocaína en ese momento.

Desde Miami, Lehder hizo traer dos avionetas Piper que le regaló a los sandinistas. De Colombia, mandó a traer para él a dos asistentes, “cosas necesarias” y a su esposa Esperanza, quien llegó pronto a Managua.
De Costa Rica, hizo que le llevaran tres vehículos y los sandinistas le asignaron un chofer oficial. Lehder cuenta que se dedicó a descansar con Esperanza e iban a la playa de Poneloya, en León, con frecuencia.
Se acostaban sobre mantas a sentir la brisa que a Lehder le recordaban sus tiempos en los cayos Norman y las Bahamas.
Por las tardes, escuchaba los medios colombianos. En las noticias, el cártel de Medellín era “el villano número uno” de Colombia y había que confiscarlos.
El cártel de Medellín en Nicaragua
Semanas más tarde de haber llegado a Nicaragua, Tomás Borge llegó a donde estaba Lehder para preguntarle si creía que Escobar llegaría a Nicaragua y Lehder le respondió que no, porque Escobar “vivía muy seguro en Panamá”.
Seguidamente, siempre según lo que escribió Lehder en su libro, Borge le preguntó si había algún problema entre los dos. Lehder le contestó que no, que seguían siendo buenos amigos. Luego, Borge dijo: “Carlos, le comunico que hemos recibido a Pablo Escobar y su familia aquí en Managua, cuando usted quiera, coordinamos y lo llevaremos a visitarlo personalmente”.
Dos días después, en una caravana, Federico Vaughan y otros oficiales llevaron a Lehder adonde estaban Escobar, su esposa, sus hijos (la hija menor estaba recién nacida, había nacido en Panamá), el primo Gustavo Gaviria, Gonzalo Rodríguez Gacha (el Mexicano), y algunas mujeres y niños que Lehder no reconoció.

Escobar, a quien encontró en bermudas y con la camisa abierta, lo recibió sonriente. Pero, después, le dijo: “El general Noriega me traicionó, me iba a entregar a los gringos”.
Todos los que estaban refugiados en Panamá huyeron a Paitilla, la zona más lujosa en la capital panameña, donde el Mexicano tenía un avión nuevo, grande, un Piper Chieftain turbohélice.
“Nos salvamos por un pelo”, agregó Escobar, quien también se quejó de que Noriega le robó cinco millones de dólares.
“Ahora éramos refugiados de alto nivel en otro país”, recordó Lehder en su libro sobre aquellos días. En una finca, los sandinistas habían acomodado a los sicarios de Escobar.
Los días en Nicaragua
Esperanza, la esposa de Lehder, era la “reina” del lugar que le asignaron los sandinistas a Lehder, quien dice que ella “le dio toque femenino” y también instalaron un equipo de sonido. En las tardes, hacían fiestas con música colombiana y también nicaragüense, además de que Esperanza tocaba guitarra.
Al menos dos veces a la semana, Lehder visitaba a Escobar y a su primo Gustavo Gaviria, quien vivían en una mansión. En una ocasión, Gustavo Gaviria le contó que tenía un nuevo negocio de mercancía en Nicaragua.
Todo iba bien hasta que, en julio de 1984, estalló el escándalo de las fotos tomadas por Barry Seal, que en principio era piloto de Jorge Luis Ochoa, pero, como este último se había ido a España después de lo de Panamá, Seal quedó trabajando con Escobar.
Un avión del Mexicano voló a Colombia a traer los 1,400 kilos de coca que se habían quedado en Córdoba. Cuando Seal llegó a Managua con la droga, Federico Vaughan no había avisado al aeropuerto que llegaría Seal y los soldados sandinistas le dispararon con una ametralladora antiaérea y le hicieron tres hoyos a la cola del avión de Seal, que estaba asustado, pero corrigieron el problema en la torre de control del aeropuerto de Managua.
Eso fue en junio de 1984 y, una vez que los 1,400 kilos de cocaína llegaran a Estados Unidos, Borge iba a recibir dos millones de dólares. De repente, Reagan dio la noticia y mostró las fotos del aeropuerto militar de Los Brasiles. Fue un golpe muy duro para Daniel Ortega y su gente, expresa Lehder.

Tras la publicación de las imágenes, Lehder vio que los empleados de la casa, todos de confianza del gobierno sandinista, se mostraron inconformes. Y su esposa Esperanza entró en crisis nerviosa y pidió regresar a Colombia.
Al día siguiente, un oficial cercano a Borge llegó donde Lehder y le contó que Federico Vaughan ya no pertenecía al ejército sandinista y que desde ese momento él sería el intermediario. Sin embargo, Lehder dice que ya no se sintió tranquilo en Nicaragua.
“Decidí ponerle fin a mi paréntesis centroamericano. Sentía que Nicaragua ya no era un refugio seguro, que en cualquier momento mi suerte podría cambiar radicalmente”, escribió.
Él y su esposa decidieron regresar a Colombia. Esperanza, que estaba embarazada, salió en un vuelo comercial desde el aeropuerto de Managua hacia Panamá y después a Medellín. Uno de los pilotos de Lehder lo recogió para llevarlo a los Llanos.
Lehder se despidió de los oficiales y les expresó admiración y agradecimiento por tanta hospitalidad. Lehder termina diciendo sobre el capítulo de Nicaragua que los sandinistas afrontaron una grave crisis en ese momento, pues sus enemigos, los Estados Unidos, los había puesto en evidencia.
En medio de la alta tensión que se vivía en ese momento en Nicaragua, un inmenso barco portaaviones John F. Kennedy, de la Marina de Estados Unidos, pasó lentamente frente a la costa atlántica del país, pero para entonces ya se sabía que Escobar había regresado a Colombia.
Según Lehder, los sandinistas se comportaron con “una integridad de hierro” porque, a pesar de que Escobar era un fugitivo por el asesinato de Lara Bonilla y también requerido por las cortes estadounidenses, y de que valía “muchísimo dinero”, vivo o muerto, “Borge mantuvo su acuerdo con Escobar y dejó que se montara a su avión y abandonara el país rumbo a Colombia”.
Los sandinistas “bien habrían podido capturarlo para entregarlo a Colombia o a Estados Unidos, o simplemente ejecutarlo. De haber hecho esto, el gobierno sandinista le habría callado la boca a Washington”, concluyó Lehder.
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