El obispo Álvarez y su prédica del perdón

El obispo nicaragüense Rolando Álvarez, el religioso que personalmente ha sufrido con más dureza la represión de  la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo, tuvo una participación protagónica en el Jubileo Mundial de los Jóvenes, realizado la semana pasada en Roma.

En una de las jornadas del Jubileo, monseñor Álvarez dictó una catequesis a jóvenes peregrinos de la Diócesis española de Sigüenza, Guadalajara. Y el tema de su catequesis —escogido por él mismo o sugerido por los organizadores del grandioso evento católico mundial— fue el perdón, que es uno de los pilares fundamentales de la fe católica y cristiana en general.

No en balde el perdón es el eje de la oración que Jesucristo mandó a sus apóstoles y discípulos a que la rezaran siempre: “Y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Así dice el Padre Nuestro, la oración fundamental dictada por Jesús de Nazaret.

Pero “perdonar no es fácil porque nuestro corazón está apegado al odio, a las venganzas, a los rencores”, expresó monseñor Álvarez en su prédica a los jóvenes peregrinos españoles. Y agregó: “Todos hemos visto familias destruidas por odios familiares que pasan de una generación a otra. Hermanos que, frente al ataúd de uno de sus padres, no se saludan porque guardan viejos rencores. Parece que es más fuerte aferrarse al odio que al amor y este es precisamente —afirma el papa Francisco— el ‘tesoro’ del diablo. Él se agazapa siempre entre nuestros rencores, entre nuestros odios y los hace crecer, los mantiene ahí para destruir. Destruir todo. Y muchas veces, por cosas pequeñas, destruye”, razonó el obispo de Matagalpa.

Obviamente, la lección de monseñor Álvarez no era sólo para los jóvenes españoles que lo escuchaban personalmente. Era también un mensaje a los nicaragüenses que sufren la opresión de una dictadura sustentada en la ideología del odio que ha hecho y sigue haciendo el mal a muchísimas personas. Y, por lo tanto, es comprensible que los representantes de esa dictadura sean también odiados, en particular por quienes han sufrido en carne propia sus peores agravios, físicos, morales y materiales.

Monseñor Rolando Álvarez nos recordó con su catequesis en Roma que “cuando Dios nos perdona, olvida todo el mal que hemos hecho (…) Dios pierde la memoria de las historias malas de tantos pecadores. Nos perdona y sigue adelante. Sólo nos pide: ‘Haz lo mismo: aprende a perdonar’. No sigas con esta cruz infecunda del odio, del rencor, del ‘me la pagarás’. Esta palabra no es cristiana ni humana”.

¿Quién podría tener más razón que el obispo Álvarez, como ser humano que es, para odiar a quienes le infligieron los peores ultrajes y ofensas? Pero es evidente que monseñor Rolando no sólo es una persona de coraje que no vaciló para enfrentar a la dictadura, en defensa de su Iglesia y de su pueblo. Él es también un hombre consagrado que no sólo predica sino que también practica el mandamiento cristiano del perdón. Que sin dudas de ninguna clase es la vía para lograr la sanación espiritual mediante la reconciliación con las demás personas y, por lo consiguiente, con el mismo Dios.

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