Los nicaragüenses, al igual que todas las sociedades del mundo, enfrentamos un grave problema: por ignorancia o fanatismo, tendemos a inclinarnos desesperadamente hacia extremos ideológicos que, en la práctica, jamás han beneficiado a las sociedades. Y lejos de reflexionar sobre ello y tratar de redirigir nuestras posturas hacia un equilibrio razonable y lógico optamos por defender mentiras como verdades absolutas. En nombre de esas mentiras, hemos destruido nuestro país una y otra vez.
Sin embargo, esta generación de nicaragüenses que se enfrenta a la dictadura actual tiene la oportunidad de marcar la diferencia y establecer un precedente trascendental que pueda ser emulado por futuras generaciones, para construir una Nicaragua próspera y humana. Porque esas dos cosas no tienen por qué estar separadas. Es posible tener una economía de libre mercado o capitalista combinada con un Estado de bienestar altamente eficiente, que no dependa de un gasto público desmedido para atender a los ciudadanos. Es posible trabajar por una economía industrializada mientras se lucha contra las desigualdades.
Lo que no es posible es insistir en perpetuar un movimiento que, en la práctica, sólo ha traído desastre al país, como lo es el sandinismo, mientras decimos luchar por una “Nicaragua libre”. No es posible querer repetir lo que hicieron los Somoza o identificarse como somocista mientras se afirma luchar por una “Nicaragua justa”. No es posible decir que amamos a Nicaragua y al mismo tiempo negar la realidad, la verdad y la justicia que merecen tantas víctimas nicaragüenses de la primera dictadura sandinista de los años 80.
Sé que con este texto probablemente incomode a muchos miembros de ambos extremos del espectro político de la oposición nicaragüense, pero permítanme decirles algo: Nicaragua no es sandinista, no es somocista, no es de izquierda ni de derecha, no es progresista ni conservadora. Es la República de Nicaragua. Y nuestro lema es “En Dios confiamos”, no en el sandinismo, ni en el liberalismo, ni en Daniel, ni en Somoza, ni en la derecha ni en la izquierda, ni en la Agenda 2030 ni en la agenda conservadora. Confiamos en Dios, y en nadie más. Y, dicho sea de paso, estoy seguro de que Su voluntad es que en el país haya espacio y oportunidades para todos, lejos de las irracionalidades humanas.
A esto yo le llamo balance y en estos tiempos de tanta turbulencia política y extremismos desenfrenados, creo que es la alternativa natural que todos deberíamos seguir.
El autor es ex preso político, uno de los 222 desterrados en “el vuelo de la libertad”.