La educación conceptualmente es neutral política e ideológicamente. Se refiere a la transmisión de conocimientos y experiencia por medio de la acción docente, en las escuelas, institutos y universidades. Tiene que ser buena y útil para todos y por tanto no debe subordinarse a ideologías ni intereses políticos partidistas y personales.
Sin embargo, en la práctica y la realidad sociopolítica, histórica y concreta, de hecho, hay dos tipos de educación: la democrática y la totalitaria, esta última en diversas formas dependiendo del país de que trate.
Nos ha parecido necesario aclarar esto antes de comentar la información, y denuncia al mismo tiempo, publicada en LA PRENSA el pasado sábado 26 de julio, bajo el título “Estudiantes de colegios públicos son obligados a ´capacitarse´ con estructuras del FSLN”.
Dicha información se refiere, en resumen, a que “los alumnos son obligados a asistir a las charlas, talleres y clubes donde les predican el ´mensaje revolucionario´ y luego se les extiende ´certificados de reconocimiento´ con logos de la Juventud Sandinista, Movimiento Leonel Rugama y Red de Comunicadores”, sandinistas por supuesto.
Esos son mecanismos característicos de la educación totalitaria, que en realidad es una aberración educacional pues se basa en el adoctrinamiento ideológico y político partidista. Su propósito es inculcar la lealtad al poder estatal y la obediencia ciega al líder, caudillo o tirano. Incluso cultivar su endiosamiento.
Es inmenso y muy grave el daño que la educación totalitaria causa a los jóvenes, y por ende a la sociedad y la nación. La educación totalitaria deforma el pensamiento y la conducta personal y social de los jóvenes, estraga su formación básica, media y profesional cuya buena calidad es condición fundamental e indispensable para la plena realización humana y lograr el progreso y desarrollo de la sociedad.
Es que la educación, a fin de cumplir sus grandiosos objetivos humanos y sociales, tiene que ser auténtica, y por lo tanto ajena a manipulaciones ideológicas y políticas. Pues su objetivo es formar ciudadanos libres, críticos y responsables. Cultivar el pensamiento pluralista y libre. Enseñar a los educandos a conocer y ejercer sus derechos y deberes.
En resumen, la educación totalitaria es perversa porque crea obediencia y conformismo político, sumisión de las personas al Estado, atraso cultural y general del país. Mientras que la educación democrática es virtuosa porque forma personas libres, críticas, humanistas y solidarias, con capacidad de cuestionar el poder y participar conscientemente en el esfuerzo para el mejoramiento personal y social.
En Nicaragua ya hubo antes un sistema de educación totalitaria, fue durante la primera época sandinista, en los años ochenta. Sin embargo, el gobierno democrático de doña Violeta Barrios de Chamorro lo abolió y estableció en su lugar la educación democrática, que con sus limitaciones significó un gran salto de calidad para impulsar el progreso social y nacional.
Lamentablemente, con la nueva dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo, la educación pública ha vuelto a ser totalitaria y peor que la anterior. Pero esperamos que no sea por mucho tiempo.
Cabe señalar que aunque es mucho el daño que la educación totalitaria causa a las personas, a la sociedad y a la nación, por fortuna no echa raíces muy profundas ni sus efectos nefastos duran para siempre. Así lo ha demostrado la experiencia de los países que tuvieron regímenes totalitarios y ahora son libres y practican una educación democrática.
Al fin y al cabo, en el fondo de su alma la persona humana que tiene el don de la inteligencia prefiere vivir en libertad, no en esclavitud ni servidumbre en cualquiera de sus formas.