Sucesión, continuidad o fin de una dictadura

La oposición política y mediática a la dictadura sandinista se mantiene pendiente de las acostumbradas ausencias de Daniel Ortega, pero también de sus presentaciones públicas. Evidentemente no es por el gusto de verlo y oírlo, sino para observar su aspecto físico que refleja su estado de salud, a medida que inexorablemente va envejeciendo sin dar muestras de que estaría dispuesto a ceder el poder.

Al respecto se especula a menudo sobre supuestas o reales enfermedades crónicas graves que aquejan al anciano caudillo y dictador sandinista, que cumplirá 80 años el próximo mes de noviembre; los últimos 18 de ellos en el poder, aparte de los otros casi 11 años que lo detentó de 1979 a 1990.

Por supuesto que el pendiente de los opositores no es porque les preocupe la salud de Ortega. Lo que pasa es que a falta de posibilidades reales para sacarlo pronto del poder, la oposición espera la oportunidad de una “solución biológica”. O sea, la desaparición del dictador por muerte natural, que podría crear las condiciones necesarias para que haya un cambio político en el país.

En realidad, en política cualquier cosa puede ocurrir. El curso de la historia es impredecible a largo plazo, avanza a través de períodos de tranquilidad, pero de vez en cuando da saltos y produce o facilita cambios deseados o inesperados.

Es evidente que la dictadura sandinista de corte conyugal y familiar, desde hace algún tiempo se está preparando para la desaparición de Daniel Ortega por defunción natural. No lo dicen, pero todo parece indicar que el vacío que inevitablemente tiene que dejar el anciano dictador lo ocuparía inmediatamente su cónyuge, Rosario Murillo. Y además han preparado a uno de los hijos de ambos, Laureano Ortega Murillo, para que se haga cargo del relevo de su padre.

La verdad es que no se puede descartar la posibilidad de que la dictadura pueda resolver sin traumas el problema de la sucesión de Ortega. La historia demuestra, en la mayor parte de los casos, que cuando un dictador muere por causa natural la dictadura logra mantenerse por tiempo indefinido, aunque a la larga tenga que desaparecer porque nada de lo humano es eterno.

La experiencia más cercana a Nicaragua es la de Cuba. En 2008, el tirano comunista cubano Fidel Castro dejó el poder cuando tenía 79 años, pero no porque murió sino porque se sentía incapacitado por las enfermedades. Y delegó el poder en su hermano Raúl.

Raúl Castro también dejó el poder voluntariamente en 2021, cuando tenía 79 años y cedió la jefatura del Estado, bajo su atenta supervisión, al obsecuente Miguel Díaz-Canel.

Por supuesto que aunque las dictaduras totalitarias de Cuba y Nicaragua son muy parecidas, cada país tiene sus peculiaridades históricas, culturales, políticas y hasta de talante personal de sus líderes. De manera que la exitosa sucesión dictatorial cubana no necesariamente tiene que repetirse en Nicaragua.

En todo caso, la enseñanza principal de la historia de las dictaduras es que la desaparición del caudillo o dictador, haya sido por renuncia o por muerte, no siempre significa el fin de la dictadura. Aunque también es una posibilidad que no se puede ni se debe descartar.

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