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Los nicaragüenses no se rinden

Somos un pueblo valiente, trabajador y lleno de dignidad y cuando el alma de una nación se mantiene firme, ni la noche más larga logra extinguir su luz

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Debo admitir que aún creo en el nicaragüense. Hemos crecido entre cicatrices, guerras, corrupción, desastres naturales y siempre hemos encontrado la forma de salir adelante. Sin embargo, ahora se viven tiempos especialmente difíciles. La desesperanza ha tocado la puerta de muchos hogares. Hay quienes creen que ya no existe salida ante tanta opresión y el sinnúmero de injusticias que se viven a diario. Pero sigo creyendo en el ciudadano pinolero, ese que, tarde o temprano, reaccionará y alzará la voz en nombre de la justicia y la paz verdadera.

Desde la cúpula que controla el país es evidente que el miedo ha comenzado a calar. Ya no solo gobiernan con represión, sino con la ansiedad de lo que pueda venir cuando ya no estén. Y lo pongo claro: ese día llegará. Porque un verdadero líder no se aferra al poder, ni lo convierte en herencia personal. Un verdadero líder construye para su gente. Lo que hay en Nicaragua es todo lo contrario.

La gente está asfixiada. Cada día le cierran más espacios. Leyes sin sentido, secuestros a plena luz del día —sean empresarios, antiguos aliados o simples ciudadanos—, la persecución religiosa, el espionaje en las aulas, el control de la palabra. La delincuencia crece, pero a quien castigan es al que piensa distinto. Y en medio de todo esto, cada vez que hablo con un compatriota escucho lo mismo: “Queremos libertad y que nos dejen trabajar en paz”.

Nicaragua está cansada. Cansada de gobiernos que se enquistan en el poder, de ver a sus hijos exiliados, de tener miedo de hablar, de vivir bajo la sombra constante del castigo. Nicaragua dejó de ser un refugio, pero el exilio tampoco garantiza paz. Muchos viven fuera con el corazón encogido, temiendo ser alcanzados por las sombras del poder que creyeron haber dejado atrás. Mientras el mundo avanza, Nicaragua retrocede. Y no porque su gente no quiera avanzar, sino porque está siendo obligada a quedarse atrás.

Pero aún con todo eso, yo no pierdo la fe. Porque el nicaragüense no se rinde. Lo llevamos en la sangre. Somos un pueblo valiente, trabajador y lleno de dignidad. Y cuando el alma de una nación se mantiene firme, ni la noche más larga logra extinguir su luz.

La historia nos ha enseñado que ningún poder es eterno, y que las cadenas, por más gruesas que sean, terminan rompiéndose. La libertad no se pierde para siempre. Solo se esconde, esperando que un pueblo la reclame con dignidad. Y cuando Nicaragua lo haga, lo hará con el alma despierta y el corazón en la mano.

Deportes Dennis Martínez archivo

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