En la celebración gubernamental del 46º aniversario de la Revolución Sandinista, el sábado19 de julio, Daniel Ortega aseguró que seguirá adelante con su revolución y que mantendrá, e incluso endurecerá, la dictadura que codirige con su cónyuge, Rosario Murillo.
No se podía esperar algo distinto. Por una parte, no ha llegado todavía el tiempo del cambio en Nicaragua, y por otra, toda revolución —salvo alguna excepcionalidad histórica— siempre es contraria a la libertad.
Quizás no todas las personas que promovieron la Revolución Sandinista de 1979 sabían que esta no traería la libertad, sino que impondría otra dictadura en sustitución de la somocista. Que el objetivo era instaurar una dictadura revolucionaria similar a la de Cuba, solo lo sabían los dirigentes sandinistas que en Moscú, Pekín o La Habana, habían recibido una formación marxista-leninista.
De modo que la Revolución Sandinista no fue —no podía serlo— una revolución libertadora. No lo fue en su primera etapa —de 1979 a 1990— ni lo es ahora en su mutación orteguista.
La libertad es un don divino y humano, una virtud, una conquista y una condición, todo eso a la vez. Es un don divino desde una perspectiva religiosa, y es un don humano de acuerdo con una visión filosófica espiritual.
La libertad es una virtud en el sentido de que implica dominarse la persona sobre ella misma, no actuar por impulso sino con juicio, responsabilidad y sentido de justicia. Y supone que la persona no sea esclava de sus deseos ni sierva del miedo y la ignorancia.
La libertad es una conquista, en cuanto a que se obtiene con el esfuerzo personal y mediante una lucha colectiva contra la opresión; y porque se le defiende cuando alguien o algunos pretenden reimponer situaciones opresivas e injustas.
Y la libertad es una condición de la existencia humana, contraria a la esclavitud, la servidumbre y cualquier forma de sometimiento a poderes opresores, injustos e infames.
En resumen, eso significa que los seres humanos “nacemos con la libertad como don, que debemos ejercerla como virtud, defenderla como conquista y asumirla con responsabilidad”.
La libertad dignifica la vida mientras que la revolución la degrada y hace insoportable. La libertad no resuelve por sí misma los problemas de nadie. No ofrece ríos de leche y miel, ni promete una sociedad perfecta ni un futuro luminoso. Pero asegura a las personas decir lo que piensan y tener sus creencias propias. Les garantiza que puedan trabajar para procurarse su prosperidad de acuerdo con lo que su capacidad, condición social y formación profesional se lo permitan.
La libertad permite también protestar por lo que se considera injusto o no se está de acuerdo; informarse libremente escogiendo entre una oferta de medios amplia y diversa; rechazar lo que quieran imponerle contra su voluntad y sus deseos; escoger libremente a sus gobernantes y representantes. Y en estos tiempos —es muy importante señalarlo—, la libertad garantiza a las personas entrar y salir de su propio país sin que un poder arbitrario se los impida.
Nada de eso es posible actualmente en Nicaragua porque no hay libertad, porque impera una férrea y despiadada dictadura sandinista que se declara revolucionaria y continuadora de la del período de 1979 a 1990.
Seguramente muchas personas que apoyaron el derrocamiento del somocismo eran idealistas que creían sinceramente que la revolución sería liberadora. Algunos se desengañaron pronto, desertaron de la revolución y hasta se fueron a engrosar las filas contrarrevolucionarias. Otras se percataron de su equivocación hasta que circunstancias históricas excepcionales e irrepetibles hicieron posible que las fuerzas políticas democráticas derrotaran electoralmente al sandinismo, en 1990.
Sin embargo, no pocos sandinistas siguieron aferrados al mito revolucionario y al FSLN bajo el liderazgo caudillista de Daniel Ortega. Hasta que unas nuevas circunstancias históricas les permitieron recuperar el poder en 2006 para volver a hacer lo que hicieron antes, y aun peor.
En resumen, la historia de Nicaragua ha comprobado que la libertad y la revolución son incompatibles. Y que los nicaragüenses, para ser otra vez libres y construir la nueva democracia tienen que poner fin a la dictadura sandinista de Ortega y Murillo. No hay alternativa.