En su edición del pasado viernes 11 de julio LA PRENSA publicó una información sobre el impacto que tendrá en la economía de Nicaragua la “guerra arancelaria” del presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump.
Como es sabido, a partir del próximo 1 de agosto entrarán en vigor los aranceles de 18 por ciento que el presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, decidió imponer a las exportaciones de Nicaragua. Será un 8 por ciento más que a los demás países centroamericanos, por lo que Nicaragua perderá capacidad de competencia en el área y en general internacionalmente
De entrada tenemos que decir que el impacto de los nuevos y mayores aranceles que impone Trump a las exportaciones de Nicaragua, quien lo sufrirá ante todo y principalmente es la población nicaragüense, que siempre paga los platos rotos de los malos manejos de la economía.
Por definición, los aranceles son impuestos que cobran unos países a otros por las mercancías o bienes que son objeto de exportación e importación; o sea los productos que venden y compran los países entre ellos.
Es una herramienta económica de intercambio comercial que no debería ser utilizada como instrumento de la política propiamente dicha, que está sujeta a las conveniencias de las personas que gobiernan. Inclusive, en algunos casos la política se maneja en función de los caprichos de los gobernantes, como es el caso de la guerra arancelaria que Trump ha desatado contra todo el mundo, amigos y enemigos, aliados y países neutrales en la contienda yanqui con las otras grandes potencias por la supremacía global.
El comercio libre es un instrumento fundamental para el progreso y el desarrollo económico internacional y de los países en particular. Así lo aseguran los economistas que saben mucho de esto porque para eso estudian y en esto trabajan. Por eso aconsejan que la herramienta de los aranceles se debe de usar con moderación y equidad. Y nunca con fines políticos, porque las consecuencias pueden ser desastrosas incluso para quienes cometen esa insensatez.
Los aranceles, igual que todos los impuestos, son pagados siempre por los consumidores de los productos y servicios gravados, indica el economista salvadoreño Luis Membreño. Y explica que es así porque “la cadena de traslado del incremento de costos se da al llegar el producto al país de destino. El primero que lo recibe es el que tiene que pagar los impuestos a la entrada por la aduana del país, y después es trasladado a través de distribuidores y minoristas al consumidor final”.
Es más, el gran economista liberal e historiador y teórico político estadunidense, Murray Rothbard (1926-1995), aseguró al respecto lo siguiente: “El proteccionismo (o sea la imposición de aranceles) es simplemente un argumento para perjudicar a los consumidores, así como a la prosperidad general, con el fin de otorgar privilegios especiales permanentes a grupos de productores menos eficientes, a expensas de las empresas más competentes y de los consumidores. Pero es un tipo de rescate particularmente destructivo, porque encadena permanentemente el comercio bajo el manto del patriotismo”.
De manera que es una gran mentira lo que se dice acerca de que la imposición de nuevos y mayores aranceles es para castigar a los gobiernos de los países rivales o no amistosos con EE. UU., y a los que le sacan ventaja en el intercambio comercial bilateral, como dice el presidente Trump.
En el caso de Nicaragua, aunque los economistas no se atreven a calcular el monto del daño que causen los aranceles de Trump, de que habrá consecuencias negativas no cabe la menor duda. Sólo que no será el país y menos los dictadores Ortega y Murillo los que pagarán las consecuencias.
Esas las pagará el pueblo, los consumidores que siempre sufren por los desaciertos, errores y políticas económicas dañinas y abusivas de los gobernantes, los de aquí y los de allá.