La Revolución Liberal de 1893 cumple 132 años este viernes 11 de julio. Es hermana gemela, aunque no idéntica, de la Revolución Sandinista de 1979 que el próximo 19 de este mismo mes de julio conmemorará su 46º aniversario.
Las dos revoluciones, la liberal y la sandinista, fueron inspiradas en grandiosos ideales de transformación política, socioeconómica y cultural, supuestamente para alcanzar la felicidad social. Al menos eso fue lo que prometieron sus líderes, pero ambas revoluciones degeneraron en oprobiosas dictaduras que terminaron causando grandes males en vez del supremo bien que prometieron.
Por supuesto que tanto la revolución liberal como la sandinista hicieron algunos cambios o transformaciones positivas. Tal vez la Revolución Liberal más que la sandinista, porque al menos algunos de los cambios que hicieron los revolucionarios de Zelaya modernizaron el país y quedaron incorporados a la cultura jurídica y política nicaragüense.
Sin embargo, fue más el daño que causaron las dos revoluciones a la mayoría de los nicaragüenses, que los beneficios que les procuraron. Por eso ambas terminaron de manera vergonzosa: la liberal en 1907 con la huida de Zelaya y la desbandada de sus partidarios; y la sandinista en 1990 con la derrota popular y nacional de Daniel Ortega y el Frente Sandinista.
En realidad, todas o casi todas las revoluciones que han ocurrido en el mundo causaron más desastre socioeconómico y dolor humano, que el progreso y bienestar para la gente a la que prometieron darle felicidad.
La gran excepción histórica de la regla ha sido seguramente la Revolución Americana de 1776, que fue más bien una guerra de liberación nacional que fundó un nuevo país y Estado Federal en las 13 provincias originales que luego fueron los 50 estados de la actualidad.
Ese fue un nuevo país fundado en los valores de la libertad, la democracia, la independencia de poderes, la igualdad de oportunidades, el progreso individual a base del esfuerzo propio y la alternancia en el poder. Valores que en la actualidad son amenazados por la nueva revolución que pretende impulsar el presidente Donald Trump.
No obstante y excepciones aparte, lo cierto es que toda revolución es violenta por su naturaleza y por la vocación personal de sus inspiradores y líderes. Marx sentenció que la violencia es la partera de la historia y que el progreso social avanza por medio de revoluciones violentas. Lenin decretó que el terror rojo era indispensable para consolidar la Revolución bolchevique. Mao aseguró que el poder revolucionario nace del cañón del fusil. Y el Che Guevara proclamó que el revolucionario tiene que ser como “una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.
Además, lo cierto también es que lo bueno que hicieron y mucho más de lo que pudieron haber hecho las revoluciones, incluyendo a la liberal y la sandinista de Nicaragua, se habría podido lograr de manera evolutiva, reformista y democrática. Como lo hizo doña Violeta Barrios de Chamorro, cuyo gobierno suave gradualmente puso fin a la guerra civil, restauró la economía nacional destruida por la Revolución y recompuso el tejido social de Nicaragua que rompieron los revolucionarios sandinistas.
Doña Violeta transformó e hizo renacer a Nicaragua de la manera más positiva y progresista que fue posible, sin violencia estatal ni presos políticos, sin violaciones a los derechos humanos ni autoritarismo y continuismo en el poder.
Por el contrario, el gobierno reconstructor de doña Violeta fue víctima de la violencia de los sandinistas que no aceptaban que Nicaragua pudiera ser un país libre, democrático, pacífico y fraterno. Por eso restauraron la dictadura totalitaria después de que volvieron al poder en 2007.
Por esas experiencias tan desastrosas materialmente, y humanamente muy dolorosas, esperamos que después de que desaparezca la actual tiranía no haya más nicaragüenses insensatos que quieran hacer y apoyar otra revolución.