Nicaragua no está creciendo, está aguantando. ¿Nos están preparando para dialogar con la dictadura?

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Desde que Daniel Ortega regresó al poder en 2007, Nicaragua ha sido presentada por algunos organismos internacionales como un caso ejemplar de “estabilidad macroeconómica” en la región. Lo que estos informes ignoran —o deliberadamente omiten— es una verdad incómoda: el país ha vivido una recesión estructural, social y moral durante los últimos 18 años.

La economía nicaragüense no ha crecido. Ha resistido. Ha sobrevivido. Ha aguantado. Y lo ha hecho a costa de su juventud, su clase media, su productividad y su dignidad.

Una década de crecimiento aparente con pies de barro

Durante los primeros años del régimen (2007-2017), Nicaragua registró un crecimiento económico moderado, impulsado por la cooperación venezolana, el auge de las remesas y un modelo centrado en mano de obra barata, disciplina fiscal y apertura a las zonas francas. Pero ese crecimiento tenía fundamentos frágiles:

  • Subempleo estructural superior al 50 por ciento.
  • Más del 70 por ciento de informalidad laboral.
  • Ausencia de innovación, industrialización o movilidad social real.
  • Concentración del poder económico en grupos cercanos al FSLN y al Ejército.

La apariencia de estabilidad se quebró tras la crisis de abril de 2018. Desde entonces, Nicaragua no ha recuperado el ritmo económico, sino que ha entrado en una fase de contención y estancamiento estructural.

2025: Una economía sostenida desde el exilio

Los datos actuales revelan una verdad incómoda: el dinamismo interno ha sido sustituido por la dependencia externa.

  • Las remesas superaron los US$5,100 millones en 2025, más del 23 por ciento del PIB.
  • Más de dos millones de nicaragüenses viven fuera del país, enviando dinero para mantener el consumo interno.
  • La inversión extranjera está estancada y concentrada en minería (oro), zonas francas y sectores conectados al poder político.
  • No hay industria nacional ni valor agregado: Nicaragua opera como un corredor de remesas, no como una economía moderna.

Dos mundos, una república rota

Nicaragua hoy es un país partido en dos:

  1. El 1 por ciento vinculado al poder, beneficiado por concesiones mineras, exportaciones primarias, negocios financieros y privilegios legales.
  2. El 99 % restante, atrapado entre el rebusque, el desempleo encubierto, la migración forzada y el miedo a protestar.

La clase media real —la que sostenía educación, ciudadanía y pequeñas empresas— ha desaparecido. Hoy, la única movilidad real es la migratoria, no la social.

 El maquillaje tecnocrático

Desde 2023, organismos como el FMI y el BCIE han intensificado su colaboración con el régimen, elogiando su “buena gestión macroeconómica”.

Pero detrás del lenguaje técnico se esconden omisiones políticas:

  • No se menciona la represión sindical.
  • No se habla de la censura económica ni de la persecución política.
  • No se evalúa el impacto humano del modelo: salud colapsada, educación deteriorada, derechos laborales eliminados.
  • No se mide la estabilidad institucional, solo el equilibrio de planillas y reservas.

Una economía no se mide sólo por sus balances fiscales, sino por la vida que produce. Y Nicaragua produce pobreza, desigualdad y exilio.

 La estabilidad zombi

Lo que se presenta como “estabilidad” es en realidad una estabilidad sin vida, sin progreso y sin futuro. Un sistema sostenido por tres pilares frágiles:

  1. Remesas masivas como única fuente de dinamismo.
  2. Exportaciones de materias primas sin valor agregado.
  3. Un Estado autoritario que reprime protestas y bloquea alternativas.

No hay incentivos a la innovación. No hay competitividad real. No hay una economía que permita quedarse: sólo sobrevivencia administrada.

El fin del TPS: ¿Reconocimiento o cinismo?

En 2025, la administración Trump justificó el fin del TPS para Nicaragua con una narrativa de éxito económico:

“Nicaragua ha logrado avances significativos… muestra fundamentos macroeconómicos estables, una carga de deuda sostenible, y un sector bancario bien capitalizado”.

También citaban proyectos de infraestructura, educación, agricultura y turismo como indicadores de recuperación.

Pero la realidad desmonta ese discurso:

  • El turismo se desplomó tras la crisis de 2018 y no se ha recuperado.
  • La salud pública está deteriorada.
  • La educación ha sido degradada a niveles alarmantes.
  • La migración no se ha detenido: ha crecido.

¿Qué mensaje se envía al eliminar el TPS y al mismo tiempo elogiar la macroeconomía del régimen?

Que el país “ya no está en crisis”… y, por lo tanto, puede ser reincorporado a la cooperación internacional sin condiciones democráticas.

 ¿Nos están preparando para dialogar con la dictadura?

Todo indica que se está construyendo una narrativa funcionalista del régimen Ortega-Murillo: “Nos incomoda, pero funciona. Y si funciona, puede ser parte de la solución”.

Este es el mismo libreto que se ha ensayado antes:

  • Con Cuba y Venezuela, donde se priorizó estabilidad migratoria o energética sobre libertades.
  • Con El Salvador, donde se tolera el autoritarismo mientras haya inversión.
  • Con Nicaragua en 2019, cuando se intentó una “mesa de diálogo” que terminó sin justicia ni reformas reales.

Hoy parece volver el mismo mensaje: Ortega no se va, así que hay que negociar con él un “nuevo pacto” que garantice orden, remesas, y cooperación.

¿Qué tipo de “diálogo” se está impulsando?

Probablemente uno que:

  • No desmonte la estructura represiva del régimen.
  • No garantice justicia para las víctimas de abril de 2018.
  • No restituya condiciones para elecciones libres.
  • Sí ofrezca garantías legales y económicas a inversionistas extranjeros.
  • Sí reactive la cooperación internacional bajo el relato de la “gobernabilidad”.

En resumen: una consolidación sin transformación. Un pacto de impunidad funcional.

Conclusión: no se trata de cifras. Se trata de país. Nicaragua no está creciendo: está aguantando.

No hay recuperación: hay exilio como modelo de sobrevivencia. No hay democracia: hay una dictadura administrando planillas y remesas. No hay libertad económica: hay silencio rentado y legitimación disfrazada.

Frente a esto, la tarea de la ciudadanía y de la diáspora es clara:

  • Nombrar el proceso por lo que es: normalización diplomática de una dictadura.
  • Exponer las contradicciones: ¿Cómo puede haber estabilidad en un país que silencia, encarcela y expulsa?
  • Elevar la voz frente a Washington y los organismos multilaterales: la estabilidad sin justicia es continuidad disfrazada.

Nicaragua no necesita informes técnicos. Necesita una reconstrucción democrática con justicia, libertad y dignidad.

El autor es economista y analista política.

Fuentes:

  1. Banco Central de Nicaragua. Boletines 2023–2025.
  2. FMI – Nicaragua: Article IV Consultation Staff Report (2023).
  3. CEPAL – Estudio Económico de América Latina y el Caribe (2024).
  4. FUNIDES – Boletines de coyuntura económica.
  5. Diálogo Interamericano – Informes sobre migración y remesas.
  6. La Prensa / Confidencial – Reportajes sobre economía informal.
  7. CID Gallup – Encuestas 2022–2024.
  8. Departamento de Estado de EE.UU. – Declaraciones sobre el fin del TPS para Nicaragua (2023–2024).
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