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Los últimos meses he vivido entre el enojo y la sorpresa. Nunca imaginé ver en Estados Unidos, el país que me abrió las puertas, un trato tan injusto hacia la comunidad latina: familias separadas, trabajadores deportados pese a su esfuerzo honrado, y una criminalización abierta contra quienes migran en busca de un futuro mejor. Incluso aquellos amparados por procesos legales, son hoy víctimas del irrespeto y la indiferencia.
En 1974 llegué a este país con 18 años, cargando una maleta de sueños. Dos años después debuté en las Grandes Ligas, y durante 23 temporadas tuve el privilegio de lanzar en el mejor beisbol del mundo. No solo alcancé el llamado “sueño americano”, también cumplí el sueño de un niño que creció en Nicaragua con un guante en la mano y esperanza en el corazón. Este país me acogió como una segunda patria. Aquí formé un hogar, crie a mis hijos y aprendí a valorar la oportunidad de vivir con dignidad.
Y por eso mismo, también aprendí a alzar la voz cuando esa dignidad se ve amenazada. Lo hice como pelotero, defendiendo a los jugadores latinos que eran tratados como ciudadanos de segunda clase. Y lo hice también por Nicaragua, mi tierra natal, cuando las libertades fueron atropelladas. Porque si algo me enseñó esta nación es que la libertad es sagrada, y sin ella no se puede construir una sociedad justa.
Hoy vuelvo a alzar la voz. Me duele ver cómo se apagan los sueños de gente buena, gente trabajadora, tratada como si su vida valiera menos. Se olvida el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo, y se impone un egoísmo ciego, alimentado por un nacionalismo sin sentido. Estados Unidos siempre ha sido grande no solo por el aspecto económico, sino por sus valores, no por levantar muros, sino por crear puentes.
Por eso aquí estoy, una vez más. Porque no somos criminales. Somos soñadores. Somos padres, madres, hijos y trabajadores. Somos parte del alma de este país. Y merecemos respeto.