El Tamarindo de Oro de Sébaco, Matagalpa.

Ocho árboles legendarios de Nicaragua. ¿Cuáles conoce?

Dicen que cuando Cristóbal Colón vino a América el genízaro de Nagarote ya era viejo. Estos árboles nicas se conservan como monumentos naturales, excepto por uno: un guanacaste de 800 años derribado por saqueadores en 2012.

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A la sombra del Ceibón 

El Ceibón de San Judas existe desde mucho antes de que a alguien se le ocurriera fundar el barrio, allá en la década de los 50. Los pobladores originales levantaron el primer caserío en una finca baldía llamada Santa Rosa, vendida a 30 córdobas por lote. En ese tiempo la zona era rica en fauna y flora. Podían verse chilamates, laureles y, por supuesto, ceibos como el que ahora es monumento de Managua.

En julio de 2016 el barrio celebró los 132 años de su ceibo. Eso significa que en unas semanas el árbol cumplirá nada menos que 141 años. Podemos considerarle un adulto joven, pues las ceibas son capaces de superar los 300 años cuando se les protege o al menos no se les molesta. En ocasiones se convierten en monumentales ejemplares de más de cinco siglos. 

El famoso ceibón de San Judas sobrevivió al crecimiento urbano que acabó con tantos de sus congéneres. Gracias a esa hazaña, en junio de 2001 la Alcaldía de Managua lo declaró patrimonio municipal. Ahora es un importante punto de referencia y orgullo de su barrio.

El Ceibón de San Judas es patrimonio de Managua.

Tamarindón en Sutiaba 

Tamarindos hay muchos, pero Tamarindón sólo el de Sutiaba. El árbol (o lo que queda de él) es patrimonio de este pueblo indígena asentado en León y guarda un estrecho vínculo con Adiact, el último cacique sutiaba.

Según fuentes académicas, los tamarindos viven alrededor de 200 años y más de 300 en condiciones óptimas (hay casos confirmados de tamarindos de más de cuatro siglos). Al Tamarindón de Sutiaba se le atribuyen alrededor de 600 años (fuentes más conservadoras lo llaman “tricentenario”), pero sólo pruebas científicas podrían establecer su edad con precisión.

Dicen que en unas de sus ramas fue ahorcado el mismísimo Adiact en 1614, hace 411 años. La leyenda ha pasado de generación en generación, cautivando a locales y foráneos. Se cree que al valiente cacique lo ejecutaron colonizadores españoles, cuando avanzaron sobre el territorio de los sutiabas. Su hija Xóchitl Asalt (Flor de Caña) no pudo con la pena y decidió quitarse la vida arrojándose a una hoguera. 

Tamarindón de Sutiaba antes y ahora, que sólo se conserva su tronco.

Sin embargo, la versión menos conocida sugiere un desarrollo diferente de los acontecimientos. Afirma que la joven sucumbió a las pretensiones amorosas de un capitán español y que al enterarse su padre prefirió la muerte a la humillación. Por eso se habría colgado del tamarindo, que quizás en ese momento todavía no era tan tamarindón. 

Sea cual fuese la verdad, para los sutiabas el legendario árbol es un símbolo de la resistencia indígena, la tragedia de la conquista y el respeto por los recursos naturales. Está protegido por un redondel de concreto y verjas. Le acompaña también una placa colocada en 2003 por la Comisión Específica Indígena del Pueblo de Sutiaba. 

La placa reza lo siguiente: “Adiact no murió en lecho de rosas, aquí lo ahorcó la rabiosa catizumba, no pregunten por su edad, ni por su fosa, los mártires como él no tienen tumba. Y este árbol fue la cruz de quien hoy es nuestra luz”. 

En 2010 el Tamarindón colapsó bajo el peso de su edad y la falta de atención de la comuna leonesa. Los sutiabas guardaron sus ramas y hoy día sólo puede visitarse su tronco, junto al cual crece despacio un tamarindo adolescente. 

Lea también: Sutiaba y la resistencia del cacique Adiact

El genízaro de Nagarote antes y ahora.

Genízaro de Nagarote 

Es uno de los árboles más antiguos del país y también lo relacionan con un jefe indígena. La leyenda dice que el conquistador Pedrarias Dávila hizo ahorcar al cacique Nagrandano en una de sus ramas. Es posible que para entonces el genízaro de Nagarote ya haya sido un árbol viejo, pues se le atribuyen mil años de existencia. 

Según el periodista nicaragüense Pablo Emilio Barreto, este árbol legendario tenía al menos 457 años cuando Cristóbal Colón arribó a tierras americanas, en 1492. Dice Barreto, en un artículo de 2006, que especialistas del Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales (Marena) y del Instituto de Cultura le aplicaron al árbol las debidas pruebas de carbono 14. Pero no fue posible encontrar los resultados de esos estudios.

Numerosos artículos de medios oficialistas y documentos de la municipalidad nagaroteña también afirman que se trata de un genízaro milenario. Sin embargo, publicaciones académicas de los años ochenta se referían a él como “árbol tricentenario”. 

Se cree que a la sombra de ese árbol sesteaban los indígenas chorotegas y sutiabas cuando viajaban a pie entre sus comunidades durante la Colonia. En 1855 el cronista estadounidense Ephraim Squier ya lo describía como la mayor particularidad de Nagarote: “Un árbol inmenso” y célebre a orillas del camino, cerca del centro del pueblo. En ese tiempo su tronco medía “siete pies de diámetro” (2.1 metros) y “la extensión de su ramaje” era de 180 pies (54.8 metros). 

“Una variedad perennifolia. No hay viajero, tropa de soldados o hatajo de mulas que pasen por Nagarote sin detenerse a disfrutar de su generosa sombra. En el verano, los muleros y carreteros acampan a su vera, doce grupos a la vez, pues prefieren acogerse a su resguardo antes que pernoctar en las chozas del pueblo, infestadas de pulgas”, relató Squier. 

Se trata entonces de un árbol asombroso, que sobrepasó con creces la expectativa de vida de los genízaros, que ronda los 100 años. Los árboles centenarios y milenarios suelen ser excepciones dentro de sus respectivas especies. Muestran gran tolerancia a las condiciones adversas, crecimiento más lento y mayor capacidad de regeneración. 

El genízaro nagaroteño es Monumento Nacional desde marzo de 1964, por decreto del presidente René Schick. El árbol ha perdido dos grandes ramas, una en 2006 y otra, enorme, en 1993. Con la rama más grande se diseñaron más de 40 piezas artísticas con temática precolombina. Esculturas, metates, vasijas con patitas y tinajas se hallan en el Museo El Genízaro. 

El centenario genízaro de Matagalpa.

Árbol centenario 

Matagalpa también conserva un genízaro bastante viejito, que es patrimonio municipal. Se sabe que ya sobrepasó el siglo, porque no aparece en fotografías de 1902, pero una de 1920 lo muestra algo crecido en su esquina de siempre. La ciudad ha cambiado, generaciones se han ido y otras han llegado, pero el árbol sigue ahí, como un testigo mudo del paso del tiempo. 

Se ubica en la esquina de la Biblioteca Vicente Vita, del Banco Central de Nicaragua (BCN), sobre la Avenida Bartolomé Martínez, también conocida como «calle de los bancos». 

Según el medio matagalpino Mosaico, en 1956 un periódico llamado Rumores publicó una foto del frondoso árbol. Bajo la imagen se aprecia lo siguiente: “El arbolito, lugar céntrico de Matagalpa, visitado ayer no más por personas de todas las categorías sociales, siendo un centro de reunión muy concurrido. En este lugar se está construyendo el edificio del Banco Nacional”.

El árbol sobrevivió a la construcción del edificio porque ya era una referencia en la ciudad. Incluso había un bar conocido como El Arbolito, donde se reunían personalidades matagalpinas para hablar de temas variopintos, sobre todo políticos. Además, en las navidades de los años cincuenta la municipalidad adornaba al genízaro con lucecitas de colores, embelleciendo la avenida. 

El laurel de la India conocido como Árbol del Centenario en la vieja Managua.

Laurel de Darío 

En la vieja Managua existió un laurel de la India con un significado especial. Lo llamaban el Árbol del Centenario porque fue plantado el 15 de septiembre de 1921 en conmemoración de los primeros cien años de la Independencia de Centroamérica. El promotor de la idea fue el presidente Diego Manuel Chamorro, por eso algunos managuas se referían al árbol como “el palito de don Diego”. 

Estaba ubicado en el Parque Rubén Darío, muy cerca del lago Xolotlán. Tenía una gigantesca copa podada como sombrerito, con lo que aportaba gran vistosidad al parque.  Se desconoce qué sucedió con este laurel, pero algunos habitantes de la vieja capital todavía lo recuerdan.

Lea también: Los parques de la vieja Managua: tesoros de una ciudad sepultada 

El Arbolito 

Como si en toda Managua no existiera más que un árbol, a este se le conoce como “el Arbolito”. Este curioso punto de referencia de la capital se encuentra en un redondel de concreto entre los barrios Santa Ana y Cristo del Rosario. No hay un buen taxista que no sepa distinguirlo entre los miles de árboles que pueblan la ciudad. 

Lo plantaron a mediados de los años 40 (otras fuentes afirman que fue en los 60) en el centro de la calle El Triunfo. Sin embargo, el actual Arbolito no es el original. Varios arbolitos han ocupado ese lugar, pues cada cierto tiempo se caen o los botan y son reemplazados por otro arbolito, para que nadie vaya a perderse. 

El primero fue un laurel de la India que murió atacado por comejenes. El actual es un madroño que en febrero de 2022 sobrevivió a un accidente de tránsito, cuando una rastra se lo pasó llevando con todo y redondel. La Alcaldía volvió a plantarlo, aunque quedó un poco ladeado. 

Otros arbolitos también sufrieron accidentes, pues las calles de esa intersección son angostas y los conductores, a menudo, temerarios. Los vecinos de la planta se encargan de cuidarla y regarla para que tenga una vida lo más longeva posible. 

Tamarindo de Oro 

En Sébaco, Matagalpa, existe un árbol frondoso conocido como “Tamarindo de Oro”. Los locales estiman que tiene más de 500 años. Se cree que el nombre se originó después de la Conquista, cuando se creía que en Sébaco había oro en abundancia. En realidad, el metal llegaba de la mina La Reina, en el municipio de San Ramón, dice el portal Mapa Nacional de Turismo, del Instituto Nicaragüense de Turismo. 

Los locales transformaban el oro en pepitas para esconderlo de los españoles. Pero la estrategia no funcionó, porque los españoles siempre se “lo robaban”. 

El guanacaste negro de Chinandega tenía una edad estimada de 800 años.

Tragedia en Chinandega 

En abril de 2012 un crimen ambiental indignó a Nicaragua. Un legendario árbol de guanacaste fue quemado y tumbado por saqueadores en la Reserva Natural Chonco-San Cristóbal, Chinandega.

El gigantesco árbol tenía una edad aproximada de 800 años, según un estudio japonés. No sólo era un tesoro natural por su antigüedad, también porque brindaba refugio a aves, ardillas, cuyusos, monos y zorros. Colapsó luego de que los criminales le quemaran sus raíces. 

El guanacaste medía unos cuatro metros de diámetro y 15 de altura. “Mejor me hubieran pegado fuego a mí, este árbol era reconocido a nivel mundial”, lamentó en aquel momento el guardabosques voluntario Marcelino Méndez, dolido por el cruel final del tesoro que tanto protegió. 

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