La madre de la paz ha partido: Violeta Barrios de Chamorro y el renacer de nuestra promesa

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Murió Violeta. Murió la mujer que le dijo no al poder por el poder. Murió la que enfrentó con flores al fusil, la que renunció a la comodidad del silencio para caminar junto al pueblo en harapos de esperanza. Murió la madre de la paz. Pero su muerte no es el fin: es el resurgir de una promesa que hoy, más que nunca, recae sobre nuestras espaldas.

Yo nací en 1998, casi ocho años después de que Violeta Barrios de Chamorro asumiera la Presidencia tras derrotar al monstruo totalitario de los años ochenta. No la viví, no la escuché hablar en cadena nacional, no vi su rostro firme recibiendo el bastón de mando. Pero crecí en las ruinas de una paz firmada con sacrificios, sostenida por el sueño de que nunca más volveríamos a ser esclavos del miedo. Y aunque el sandinismo volvió a teñir de luto las calles, la historia nos dejó claro que hay caminos que sólo el coraje los abre.

Ella era la historia viva de Nicaragua

Era la madre que vio asesinar a su esposo, el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, y no se quebró. Se convirtió en periodista, en resistencia, en símbolo. Era la viuda que se negó al odio, que no alzó la voz para gritar venganza, sino para exigir verdad. Y cuando Daniel Ortega creía que tenía el poder absoluto, apareció ella, pequeña, tranquila, decidida, caminando entre la gente con la bandera azul y blanco en la mano. Venció a la dictadura en las urnas. No para instaurar otro caudillismo, sino para restaurar la República.

Con Violeta aprendimos que el poder se puede ejercer con ternura. Que la firmeza no necesita gritos. Que la paz no es ausencia de conflicto, sino presencia de justicia. Con ella, la democracia fue posible. Y aunque nos la arrebataron, aunque Ortega y Murillo pisotearon todo lo que representó, hoy que Violeta descansa, no lloro sólo por su ausencia. Lloro por la promesa incumplida. Y lloro también de rabia y de amor, porque la historia no se repite, se responde. Y esta generación ya tiene la respuesta.

Los jóvenes no olvidamos. Somos los nietos de los que lucharon por la libertad, los hijos de los que fueron traicionados y los hermanos de los que cayeron en abril. Somos la generación sin país, pero con patria tatuada en el alma. La generación del exilio, del encierro, del grito ahogado. Pero también somos la generación de la memoria y del fuego. Y el fuego no se apaga.

Hoy, desde el exilio, me despido de Violeta con el corazón desgarrado, pero con el espíritu intacto.

Gracias, doña Violeta, por enseñarnos que sí se puede. Que no hay dictadura eterna ni tirano invencible. Que un pueblo valiente y unido puede hacer historia, aunque le cueste sangre y siglos. Usted nos deja el legado más puro: el de la dignidad.

A mi generación, a los que seguimos creyendo a pesar del dolor, les digo que la lucha no terminó con Violeta. Empieza de nuevo con nosotros. En cada palabra libre, en cada marcha prohibida, en cada estudiante rebelde, en cada mujer que desafía al régimen, en cada madre que no olvida a su hijo asesinado, vive la semilla que ella sembró.

Y a Nicaragua, mi Nicaragua cautiva, te prometo que volveremos. No como mesías ni como salvadores, sino como hijos tuyos que no se rinden. Volveremos a reconstruirte desde el amor y la justicia, con la memoria de Violeta guiando nuestros pasos. Porque si ella pudo abrirle paso a la libertad con un rosario entre las manos y un pueblo detrás, nosotros podemos con las lágrimas, el coraje y la convicción de que la libertad no es negociable.

Descansa en paz, madre de la paz. Nosotros nos encargamos del resto.

El autor es directivo y vocero de Avanza Nicaragua, líder juvenil por la democracia y la libertad.

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