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En medio de las protestas que azotan algunos estados de Estados Unidos, las comunidades de migrantes nicaragüenses que llegaron hace pocos años huyendo de la violencia de su país, experimentan una especie de déjà vu: multitudes protestando, gritos y consignas, pancartas en alto, policías desplegados, enfrentamientos en las calles, tiendas saqueadas.
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En esta situación, algunos nicaragüenses tienen miedo, no quieren regresar a su país y que haya sido en vano el largo y difícil camino que hicieron para llegar al lugar que les ha dado el bienestar económico que nunca tuvieron en Nicaragua. Otros sólo quieren pasar inadvertidos y seguir trabajando, en medio de una situación en la que son considerados el problema para la administración de Donald Trump.
José (nombre ficticio) llegó a Estados Unidos de la mano de su hijo de 10 años, en abril de 2022. Viajaron en una de las caravanas que se formaron en Centroamérica, transbordando buses por un mes desde Managua hasta la frontera sur de Estados Unidos.
El viaje en las caravanas
En el camino, José perdió la vergüenza para pedir comida para su hijo. Dormían donde les agarraba la noche, ya fuera en la calle o en los buses. Ya cerca de su destino recuerda que las organizaciones humanitarias lo ayudaron y le dieron «el mejor sándwich del mundo». Llevaba días sólo tomando agua y comiendo galletas. Ese día durmieron en un hotel, nunca habían estado en uno. Las organizaciones priorizaron su situación por viajar con un menor. Se pudieron bañar y descansar profundamente. José recuerda ese momento como una de las mayores alegrías de su vida, sobre todo por ver de nuevo la sonrisa de su hijo, a quien considera el más valiente en esta historia.

Se entregaron a las autoridades migratorias estadounidenses el 11 de abril de 2022. Estuvo sólo siete horas en detención.
Entrar a Estados Unidos fue uno de los mayores logros para este hombre que tuvo una juventud marcada por la violencia, la calle y la cárcel. En su adolescencia participó en peleas callejeras que lo hicieron huir varias veces de las patrullas policiales. Con 18 años, estuvo involucrado en la muerte de un hombre, lo que lo llevó a la cárcel. Estuvo seis años preso en el Sistema Penitenciario Nacional Jorge Navarro, conocido como La Modelo, de Tipitapa, Managua.
Cuando salió de prisión se entregó a las adicciones y a la delincuencia. Su vida cambió a los 27 años, cuando nació su hijo. Aunque la relación con la madre del niño no tuvo éxito, José nunca se apartó de su vástago y asumió toda la responsabilidad con la aprobación de la madre, quien se fue a vivir aparte.
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En 2018, José apoyó las protestas civiles contra el dictador Daniel Ortega, lo que no pasó desapercibido en el barrio de Managua donde vivía, uno de los bastiones del Frente Sandinista (FSLN), partido en el poder. Sin embargo, reconoce que los roces con los CPC nunca lo perjudicaron en su vida cotidiana. El último trabajo que tuvo en Nicaragua fue de delivery motorizado, pero las ganancias no cubrían todos los gastos.
Ver a su hijo crecer con mejores oportunidades y mejorar su condición económica y de su familia fue lo que determinó su viaje a Estados Unidos.

Tras tres años en este país, José ve con aflicción las redadas del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), pero también le preocupan las protestas en las calles. Siente que lo persigue la violencia de la que ha querido escapar.
«No ando en nada de eso, sigo trabajando y pidiéndole a Dios que pronto acabe todo esto», dice José. «Ya estamos bien así, suficiente tuvimos allá en Nicaragua», agrega.
Vive en Chicago, una de las ciudades que se levantó contra las agresivas políticas migratorias de Donald Trump. Actualmente trabaja en una fábrica de muebles en Illinois, pero cuando llegó al país trabajó como mano de obra en construcción y reparando carreteras.
«Sabemos lo que viene después de esto»
Asegura que todos los nicaragüenses que conoce y que llegaron a Estados Unidos igual que él tienen miedo por su estatus migratorio y las represalias que vendrán después de que pasen las protestas.
«La mayoría nos venimos aquí por la situación de nuestro país y espero que esto no nos afecte más a nosotros los inmigrantes trabajadores. El miedo es inevitable, eso no hay que dudarlo. Se me replica en la mente lo que pasó en 2018 y sabemos lo que viene después de todo, y lo malo es los que andan vandalizando, porque en vez de ayudar nos están afectando. Yo prefiero no salir, quedarme en casa cuidando a mi familia».
«Es algo que nosotros no podemos evitar, sólo queda pedirle a Dios que esto se acabe», manifiesta.
José tiene 41 años de edad, es un hombre robusto, de espalda ancha y gran altura, mide casi un metro 80. Le brillan los ojos cuando cuenta que su hijo está casi de su tamaño, pronto cumplirá 14 años.
«Yo que soy padre de familia, el sostén de mi hijo, pienso que si me llega a detener migración —confiando en Dios no pase— ¿qué va a pasar con mi hijo? Eso me destroza cada día que me despierto, pero es más grande las ganas de salir adelante por mí y mi familia, pero eso es algo del día a día. Ojalá algún día esto se calme y nos dejen vivir en paz, que es eso lo que venimos buscando en este hermoso país», dice José.