Michael Rodrigo Samorio Anderson ha escrito varias canciones en las que denuncia los crímenes de los Ortega Murillo en contra de la población nicaragüense. LA PRENSA/ CORTESÍA

El artista al que los Ortega Murillo le quitaron todo, “menos las ganas de cantar”

Michael Rodrigo Samorio Anderson perdió a su hermano menor en las protestas de 2018. Fue hecho prisionero político y luego desterrado en el grupo de los 222.

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El sueño de toda la vida de Michael Rodrigo Samorio Anderson ha sido grabar canciones y que se escuchen en la radio. O cantar en una tarima, con mucho público. Lo desea desde que era un niño, cuando su abuela materna lo llevaba a la iglesia y él buscaba estar en el coro de la parroquia. Luego, se metió a grupos de música.

Sin embargo, nunca tuvo oportunidades para estudiar música, tal vez porque su familia, con la que habitaba en el barrio capitalino Batahola Sur, era de escasos recursos. También alega lo difícil que es hacerse músico en Nicaragua por “la falta de apoyo”.

En 42 años que tiene, lo único que ha logrado es grabar cinco canciones de forma rústica, con un teléfono, y subirlas a algunas plataformas como Youtube y Spotify. Recientemente, pagó para subir la música que quiera en esas plataformas bajo el nombre artístico de Miky Samory, una especie de abreviación de su nombre real.

A Samorio Anderson le encanta escribir o componer sus propios temas musicales. Mientras fue prisionero político de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, entre febrero de 2020 y febrero de 2023, escribió 15 canciones.

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Una de ellas estaba dedicada a su “hermanito” menor, Marcos Antonio Samorio Anderson, asesinado el 21 de abril de 2018, cuando apoyaba las protestas que se encontraba en el sector del centro comercial Zumen. Un francotirador del régimen Ortega Murillo le propinó tres “certeros” balazos, uno en el pecho, otro en el cuello y el tercero cerca de la sien.

Otra de las canciones que escribió en prisión hablaba acerca de la persecución que ha sufrido la Iglesia católica por parte del régimen desde 2018. Otra, se refería a las más de 300 personas asesinadas durante las protestas y también había una dedicada a las madres de esos asesinados por la dictadura.

Sin embargo, en una requisa que realizaron en la celda donde él estaba en la cárcel La Modelo de Tipitapa, en la galería número 3, los carceleros le quitaron las 15 canciones escritas. Ese día le quitaron los cuadernos y todo lo que tenía en la celda. Lo dejaron sólo con el traje azul de reo que llevaba puesto, durmiendo en el suelo.

Samorio Anderson está en libertad desde el 9 de febrero de 2023, cuando junto con otros 221 prisioneros políticos fue excarcelado y desterrado a Estados Unidos.

Samorio cuando denunció que los Ortega Murillo lo despojaron de la nacionalidad nicaragüense. LA PRENSA/ CORTESÍA

Los Ortega Murillo le quitaron casi todo a Samorio Anderson. Primero, a su hermano. Después, la libertad. Y, seguidamente, a su madre, quien falleció ocho meses después que a él lo arrestaron y no le dieron chance de verla ni de hablar con ella en sus últimos días. Ni de ir al sepelio.

Lo despojaron hasta de la fortaleza emocional que siempre tuvo. Antes, Samorio Anderson recuerda que él era una persona bien fuerte. Hoy, es bastante sensible. Llora con facilidad, especialmente cuando recuerda a su hermano, a su madre y los días que estuvo en prisión, cuando sufrió un sinnúmero de vejámenes de parte de los carceleros del régimen y de los prisioneros comunes con los que estaba y que eran cómplices de la dictadura en las torturas a los prisioneros políticos.

Ahora, también despojado de la nacionalidad nicaragüense y desterrado a un país del que no sabía nada, Samorio Anderson siente que los Ortega Murillo no lograron arrebatarle la pasión por la música, sino que, por el contrario, está empeñado en alcanzar ese sueño de “hacer música”, especialmente cantando “en contra de ese par de tiranos que están asesinando y matando a diestra y siniestra a la gente y haciendo lo que ellos quieren” en Nicaragua.

“Mi voz la va a escuchar mucha gente, es lo que yo pienso ahora. La música es un arma bastante poderosa. A través de mis canciones yo puedo llegar a mucha gente y contar la historia de todo lo que sucedió en nuestro país y es lo que he estado tratando de hacer en la actualidad”, indica.

Una de las canciones que se pueden escuchar en las plataformas digitales se llama Guerrero de amor. Está dedicada a todos los asesinados por el régimen desde abril de 2018 y en ella Samorio Anderson pide justicia y también clama por los reos políticos que aún están en las mazmorras de la dictadura.

Eso sí, el artista considera que no necesita mencionar los nombres de Murillo y Ortega en sus canciones.

“La gente de mi país sabe a quiénes me refiero, porque hablo de todos los asesinatos que ellos cometieron. Por ejemplo, hay una parte donde digo que todo el pueblo de Nicaragua no va a poder olvidar la masacre que hicieron con la familia del barrio Carlos Marx, con el bebé de las Américas Uno (Teyler Lorío), con Alvarito Conrado, con (el periodista) Ángel Gahona, con mi hermano y con todo el sinnúmero de gente que ellos asesinaron”, explica.

El asesinato de su hermano

La vida fue difícil para Michael Rodrigo Samorio Anderson desde que era un niño, porque su madre biológica se tuvo que ir a buscar mejor vida a Estados Unidos cuando él tenía 3 años y los dejó a él, a su hermano menor y a su hermana mayor, bajo el cuido de la abuela materna, que se llamaba Olimpia.

Esa fue su verdadera madre para él y fue la que falleció cuando él estaba prisionero político de los Ortega Murillo.

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La madre biológica les mandaba dinero y retornó a Nicaragua cuando él tenía 16 años, pero sólo para morir, porque regresó enferma de cáncer. Nunca la disfrutó. Aunque recibió el amor de su abuela, lamenta haberse criado “sin el calor” de su madre biológica.

A la par que le dio estudios, la abuela Olimpia también le enseñó a trabajar como comerciante en el mercado Israel Lewites. En la mañana él le ayudaba en el tramo y por la tarde iba a clases.

La abuela Olimpia le regaló un tramo que él, con el tiempo, convirtió en tres, laborando como técnico en reparación de teléfonos celulares.

Un altar con una imagen del hermano menor de Samorio, Marcos Samorio, asesinado por los paramilitares de los Ortega Murillo durante las protestas de 2018. LA PRENSA/ CORTESÍA

Su hermano, Marcos Antonio, era estudiante universitario y también trabajaba.

En 2018, cuando los adultos mayores empezaron a reclamar contra las reformas al Seguro Social, y luego las protestas se tornaron en un clamor generalizado, Samorio Anderson y otros comerciantes del mercado Israel Lewites se indignaron al ver cómo la Policía empezó a golpear y a agredir a los manifestantes. “Nos levantamos a defender a esa gente”, dice.

El 21 de abril de ese año, a los tres días de haber empezado las protestas, su hermano Marcos Antonio regresaba de trabajar de una empresa que está en la zona de Ciudad Sandino, se bajó en la parada del Zumen y ahí se quedó apoyando un tranque que ya había sido armado por los manifestantes. Fue entonces que lo mató de tres disparos el francotirador de los Ortega Murillo.

La familia lo encontró hasta dos días después, en la morgue del entonces nuevo Hospital Fernando Vélez Paiz.

Marcos Antonio había sido siempre un gran compañero para Samorio Anderson, pues fueron “muy unidos”.

“Era mi hermanito menor. La noticia de su muerte me golpeó muchísimo, al grado de que yo no la creía. Yo decía: si lo acabo de ver hace poco. Es un dolor muy grande perder a tu hermano de un día para otro, que te digan que lo acaban de matar de tres disparos. Fue un impacto bastante grande en mi vida”, lamenta Samorio Anderson.

Persecución

Tras el asesinato de su hermano, Michael Samorio Anderson se involucró de lleno en las protestas contra los Ortega Murillo.

Iba a las marchas y denunciaba en las redes sociales. Cuando la dictadura ejecutó la Operación Limpieza, que consistió en disparar a matar contras las personas que estaban apostadas en los tranques, Samorio Anderson continuó su activismo realizando “piquetes express”. Durante pocos minutos se ubicaba en algún lugar de Managua, junto a un pequeño grupo de personas, exhibiendo banderas azul y blanco y denunciando los crímenes de los Ortega Murillo. Luego, todos se iban del lugar porque la Policía acudía con rapidez para capturarlos.

“Empezó una persecución y un asedio hacia mi persona, porque yo protesté por mi hermano y por todas las personas que habían asesinado. Me mandaban mensajes y me decían que lo mismo que le había pasado a mi hermano, eso mismo y peor me iba a pasar a mí si seguía con lo que estaba haciendo”, recuerda Samorio Anderson.

En su casa, en Batahola Sur, frente al plantel de la Alcaldía, era vigilado constantemente. Le tomaban fotos y videos a toda hora y era común ver patrullas policiales en las esquinas de su calle.

La familia estaba con miedo, por lo que él tuvo que irse de la casa y anduvo huyendo casi un año en el interior del país, en varios departamentos.

Trabajando en Estados Unidos. LA PRENSA/ CORTESÍA

Hubo un momento en que ya no pudo sostenerse económicamente y decidió regresar a Managua, a casa de un familiar.

Sin embargo, en febrero de 2020, lo llamaron para que llegara a hacer un trabajo rápido en el mercado Israel Lewites, en los tramos que están frente al Hospital Berta Calderón, donde estaban unos talleres de reparación de teléfonos celulares.

Era una trampa. Cuando llegó, lo estaban esperando unos paramilitares, encapuchados, quienes lo agarraron del cuello, lo tiraron hacia atrás y le colocaron una pistola 9 milímetros en la cabeza.

“¿Ya sabés lo que has andado haciendo? ¿Verdad?”, lo interrogaban, a la vez que le exigían que entregara las armas que tenía escondidas en su tramo. “Lo único que yo tenía en mi tramo eran mis desarmadores especiales para desarmar celulares”, señala ahora.

Tres años de torturas

Los paramilitares lo mantuvieron retenido durante unos minutos hasta que llegaron unas patrullas policiales y lo entregaron a los policías. Esos policías lo llevaron al complejo Ajax Delgado, sobre la Carretera Norte, donde estuvo cinco horas bajo interrogatorios.

“Estaba en un cuarto oscuro en el que estaba una computadora y cinco policías me interrogaban. Uno de ellos me galleteaba y me pegaba en el pecho. ¿Dónde están las armas?, me preguntaba. Y los otros me estaban grabando. Yo nunca confesé nada y ellos se enojaron”, relata.

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Tras esas cinco horas en la Ajax Delgado, lo llevaron a una celda en el nuevo Chipote, donde permaneció durante tres días y posteriormente fue trasladado a la cárcel La Modelo, de Tipitapa, donde lo ubicaron junto a los reos comunes.

Fue condenado a ocho años de cárcel por delitos relacionados con posesión de armas. En La Modelo, Samorio Anderson no sólo sufrió la represión de los carceleros, sino también agresiones de los reos comunes, quienes tenían órdenes de atacar constantemente a los presos políticos.

Samorio, a la izquierda, junto a otros exiliados nicaragüenses y el secretario general de OEA, Luis Almagro, de corbata. LA PRENSA/ CORTESÍA

Los carceleros, por su parte, lo golpeaban, le daban puntapiés y le fracturaron la nariz en varias ocasiones.

A pesar de esa violencia, lo que más le dolió fue saber que su madre, es decir, su abuela Olimpia, murió cuando él tenía ocho meses preso, y nunca le permitieron hablar con ella. Menos que asistiera al sepelio.

“Mi madre era una señora de edad y no pudo aguantar el dolor de ver a un hijo muerto y a otro encarcelado. Ella murió de depresión”, se queja Samorio Anderson.

Nadie de su familia lo visitó en la cárcel por temor a las represalias de la dictadura. Excepto una tía, quien incluso fue de las fundadoras de la Asociación Madres de Abril (AMA), representando a Marcos Antonio Samorio Anderson. Pero, esa tía también falleció al poco tiempo. De cáncer.

En Estados Unidos

A Michael Samorio Anderson le faltaban 12 días para cumplir tres años en prisión, cuando fue excarcelado el 9 de febrero de 2023.

Cerca de 20 antimotines lo sacaron de la celda a las 11:00 de la noche del 8 de febrero y los reos comunes gritaron: «Está bueno, esos hijos de puta (los reos políticos), que vayan para la 300 (galería de máxima seguridad)”.

“Nosotros también creíamos que íbamos para máxima seguridad, que nos iban a llevar a la 300. Porque en ningún momento se nos dijo para dónde íbamos, sólo se nos dijo que alistáramos todas nuestras cosas y que íbamos todos de traslado para otro lugar. Todos íbamos con temor, sin saber nada. Hasta ese momento nadie sabía nada”, rememora.

La intriga aumentó cuando vieron que estaban reuniendo en La Modelo también a reos políticos que estaban en otras cárceles del país.

“Todos estábamos especulando. Unos decían que nos iban a mandar a Rusia, porque estaba la guerra (con Ucrania). Sólo locuras decíamos, porque nadie nos decía nada”, indica.

El 9 de febrero, a las 3:00 de la madrugada, fueron sacados buses que tenían las ventanas cubiertas con sábanas y a ellos les ordenaron que colocaran la mirada hacia abajo cuando estuvieran sentados. “Hasta el último momento nos dieron maltrato psicológico”, acusa.

Con el campesino Medardo Mairena. LA PRENSA/ CORTESÍA

Por último, Samorio Anderson asegura que a su grupo los metieron en un cañaveral que está en la Fuerza Aérea, en las cercanías del aeropuerto, de tal forma que pensaron que los iban a matar, al punto que algunos prisioneros hablaron de rebelarse contra los guardias, si de todas formas iban a morir.

Cuando iba amaneciendo, vieron un avión grande y a unos norteamericanos en la pista del aeropuerto.

“Desde que miré al poco de cheles, que nos preguntaron si estábamos de acuerdo en viajar hacia Estados Unidos, dije que sí”, expresa Samorio Anderson.

La vida en un país desconocido no ha sido fácil para él. A veces, cuando ve una patrulla, le entra miedo. Pero, rápidamente recuerda que ya está libre del alcance de los Ortega Murillo.

Tiene que trabajar duro para ganarse la vida, pero piensa ir comprando poco a poco los instrumentos musicales que necesita para hacer realidad el sueño de ser músico.

“No tengo cámaras, no tengo nada. Con mi teléfono, ahí solito, lo pongo para grabarme cuando estoy cantando”, indica, agregando que también se auxilia de la inteligencia artificial.

Lamenta que le hayan quitado las 15 canciones que escribió en la prisión. “Hubieran sido las mejores. Tenía muchas cosas bonitas que había escrito. Es una lástima”, señala.

Sin embargo, afirma que no descansará denunciando a los Ortega Murillo a través de sus canciones. Eso sí, sin incluir sus nombres en las letras de las mismas.

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