Avenida Bolivar

De la rotonda Hugo Chávez hasta el malecón de Mangua y sus alrededores es la zona de mayor incidencia de la dictadura Ortega Murillo. LA PRENSA/CORTESÍA

La Managua de Murillo: así ha cambiado la cara de la capital con caprichos y derroches

En 18 años de dictadura, Rosario Murillo ha hecho y deshecho en una zona particular de Managua que va de la rotonda Hugo Chávez al Malecón, y que cuida con especial atención.

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Esta parte de la ciudad es la cara publicitaria de Managua que el régimen sandinista le vende al mundo. Los drones de las empresas de publicidad y propaganda dirigidas por los hijos de la dictadura Ortega Murillo, únicos autorizados a volar estos dispositivos, enfocan este pedazo de la capital desde lo alto del poder.

En sus afanes y caprichos, Rosario Murillo ha querido recrear una ciudad a imagen y semejanza de las memorias de su infancia y de su ya muy lejana juventud, pero mezclada con modernismo y a costa del sacrificio de monumentos y edificios públicos que tenían importancia en la capital.

Los videos propagandísticos revelan una zona de Managua radiante: una amplia avenida cuyas alamedas están pobladas de coloridos árboles de lata, edificios modernos, parques luminosos y monumentos extraños, custodiados por fusiles de soldados y policías.

Avenida Bolívar en Managua.
Managua, Nicaragua. 24/11/2017. Adornos de Navidad iluminan la avenida Bolívar de Managua. LA PRENSA/O.NAVARRETE

Chávez sobre Lewites

La Managua de Murillo comienza en la rotonda Hugo Chávez, inaugurada en 2013 sobre los restos de un monumento a Cristóbal Colón y una fuente alzada por la alcaldía de Herty Lewites en 2003.

Según Google Maps, la superficie de ese territorio ocupado por Murillo es de 9.42 kilómetros cuadrados y abarca desde el Malecón hasta los alrededores del antiguo Hospital Militar, una zona de Tiscapa y parte de los antiguos barrios San Antonio y San Sebastián, en el viejo casco urbano de Managua.

La estrafalaria marca de Murillo se extiende al norte a través de la antigua avenida Roosevelt y concluye en la costa del Xolotlán extendiéndose en un amplio malecón de este a oeste.

A lo largo de esa extensa avenida, en sus alamedas, Murillo mandó a instalar tiendas y negocios con nombres de la vieja Managua, como la sorbetería La Hormiga de Oro del antiguo barrio San Antonio, donde ella vivió su infancia.

De hecho, en el malecón mandó a construir dos excéntricas miniciudades réplicas de la vieja Managua que derribó el terremoto de 1972; ahí mismo alzó otro complejo de catedrales e iglesias antiguas y simbólicas de Nicaragua a escala, allá en 2013, cuando aún coqueteaba con la Iglesia católica.

Además, colmó la zona de “arbolatas”, unas estructuras metálicas de mal gusto y elevado precio que luego extendió como hongos en el resto de la ciudad y que en gran número fueron derribados por la población que, en su mayoría silenciosa, desprecia a Murillo y sus alucinantes abusos de poder.

Los “chayopalos” aparecieron a mediados del año 2013 en la Avenida Bolívar y luego en las vías públicas y principales avenidas para «adornar» las calles de Managua; después se extendió la plantación de 140 estructuras metálicas a otros sitios del país.

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Malecón de Managua.
Malecón de Managua, anexo al Puerto Salvador Allende a orillas de la costa del lago Xolotlán. LA PRENSA/O.NAVARRETE.

La estrafalaria marca Murillo

La obsesión esotérica de Rosario Murillo por los «árboles de la vida» fue tal que se convirtió en la figura de poder del régimen, como una segunda revolución, sustituyendo de esta forma todos los símbolos que caracterizaron al sandinismo de los años ochenta.

Los «árboles de la vida» estaban en los membretes oficiales del Gobierno: stickers, mantas, camisetas de trabajadores del Estado, en las instituciones y hasta en los altares a la Purísima Concepción de María que adornan desde la Rotonda Hugo Chávez hasta el Malecón.

El costo de cada “chayopalo” es entre 25,000 y 40,000 dólares, según complejidad y tamaño. Es decir que se gastaron, al menos, 3.5 millones de dólares en los 140 que se instalaron en el país, esto sin incluir mantenimiento y costo de energía.

La exguerrillera Dora María Téllez señaló entonces a LA PRENSA que el régimen de Daniel Ortega se había caracterizado por derribar monumentos y edificaciones históricas “en un afán por borrar la verdad y establecer la narrativa de que ellos son el cambio”.

Esto ha sido más evidente en Managua, de donde desapareció la fuente bailarina ─​que estaba enfrente de la Casa Presidencial─​, el Faro de la Paz y la Concha Acústica frente a la Plaza de la Revolución.

En el caso de la Concha Acústica, Murillo ordenó derribar la infraestructura alzada en 2004 por el exalcalde Herty Lewites, cuyo costo fue de 1.2 millones de dólares. Murillo lo exigió en medio de una ola de sismos en la capital en abril de 2014.

Según la dictadura, la Concha se estaba cayendo y estaba en muy mal estado debido a los temblores. Sin embargo, le llevó más de dos semanas y costó más de 300 mil dólares a la Alcaldía de Managua derribar la obra que según Murillo “significaba un peligro”.

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Su “paz” en Managua

Lo mismo pasó con el Parque de la Paz y el Faro de la Paz, construidos en 1991 a un costo de 1.2 millones de dólares, durante el período de doña Violeta, sobre los restos de más de 15,000 fusiles remanentes de la guerra civil de los años ochenta.

Murillo dijo que ambas estructuras habían resultado seriamente dañadas y significaban un riesgo, pero en realidad, a como dijo para este reportaje un experto en municipalismo que pide el anonimato, nunca se presentaron estudios o documentos que certificaran el supuesto daño.

“Todo se destruyó al arbitrio de ella. Sólo han dejado monumentos referidos a su régimen, esto tiene que ver con un culto a la personalidad de la familia presidencial, un enfermizo afán de borrar la historia y establecer su narrativa”, critica el municipalista.

Su primera obra de demolición fue la fuente bailarina inaugurada el 31 de diciembre de 1999 por el gobierno del presidente Arnoldo Alemán, enfrente de la moderna Casa Presidencial construida con fondos de Taiwán.

Después, avanzó como una aplanadora sobre obras y monumentos heredados de administraciones pasadas, hasta convertir esa parte de Managua en una ciudad a su mal gusto y antojo.

Frente al Monumento del Trabajador, esquina opuesta al viejo Teatro González, instaló un campanario de 17 metros de ancho con una campana gigante para sonar la “hora de la paz” a la misma hora en que se reza el Ángelus en la tradición católica.

Y detrás, frente al Palacio de la República, alzó una plaza colmada de estrellas de David metálicas, un monumento de cemento a Rubén Darío y un puente que une esa parte con el parque acuático donde antes estuvo el Faro de la Paz.

A unos metros de ahí, donde antes fue la plaza de la feria popular Mipyme, confiscó los terrenos y construyó el Polideportivo Alexis Argüello y el complejo de piscinas en honor a las medallistas olímpicas de natación, las hermanas Pol, Sylvia y Claudia.

En la Plaza Juan Pablo II, donde suele celebrar sus actos políticos, eliminó un museo a su santidad que ella misma había mandado a alzar en 2016 cuando andaba en zalamería con el entonces nuncio apostólico monseñor Fortunatus Nwachukwu, pero nunca lo abrió al público.

En 2023 comenzó a funcionar ahí un centro de canto y música clásica para su hijo Laureano Ortega, aspirante a cantante de ópera.

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Alergia a los edificios públicos

La moderna Casa Presidencial financiada por Taiwán la renombró “Casa de los Pueblos” y le cambió los colores, pero nunca más la volvió a usar.

Trasladó sus actos y reuniones al Centro de Convenciones Olof Palme. Pero al igual que con la Casa Presidencial, dejó de usarlo para sus actividades y lo convirtió en un centro de monitoreo, vigilancia y espionaje.

Un arquitecto de la extinta Cámara de la Construcción, anulada en 2023, comenta que la legislación municipal no prohíbe la demolición de obras y monumentos, pero demanda estudios y justificación.

 “Los monumentos y obras arquitectónicas como el Faro de la Paz y la Concha Acústica no debían haber sido derribados, sino conservados como constancia de acontecimientos históricos”, dice.

“Lamentablemente nuestra historia se repite en la destrucción y la venganza política contra las obras alzadas por los antecesores en el poder, sin valorar todo el costo económico que eso tuvo para el país. Es un derroche de los recursos escandaloso”, dice el arquitecto.

Señala que lo ideal es que todo lo construido antes se quede como una reliquia, como referencias históricas, “pero aquí las cosas no se hacen así lamentablemente”.

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Borrando la memoria de Managua

“El actual gobierno quiere borrar a todos de la memoria y quedar sólo ellos como los únicos constructores del país”, se queja.

 Afortunadamente, dice, quedan registros visuales, los escritos, ensayos, libros y reportajes del periodismo dejan constancia de la destrucción de la memoria.

 “Hay toneladas de documentos, videos e imágenes de lo destruido. Todo queda registrado en la web y navegando en el internet se encuentra esa parte de la historia que los Ortega Murillo quieren borrar de la historia. Es el patrimonio perdido de los managuas”, dice el municipalista.

En Nicaragua sólo están protegidos de la demolición los bienes culturales declarados Patrimonios de la Nación.

Y una Ley de Probidad de los Servidores Públicos, aprobada el 16 de julio del 2002, bajo la administración del presidente Enrique Bolaños, obliga a los servidores públicos proteger los patrimonios del Estado y cuidar que sean utilizados debida e irracionalmente a los fines que se destina.

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