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El gobierno de Estados Unidos ha anunciado nuevas restricciones de visa dirigidas a más de 250 funcionarios del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Al mismo tiempo, el secretario de Estado, Marco Rubio, reafirmó este viernes su dura postura contra el régimen, calificándolo como un “enemigo de la humanidad”.
Pero esta no es una declaración nueva del actual secretario de Estado. El 4 de febrero de 2025, durante una conferencia de prensa en San José, Costa Rica, Rubio calificó a los regímenes de Nicaragua, Venezuela y Cuba como «enemigos de la humanidad». Atribuyó a estos gobiernos autoritarios la responsabilidad de la crisis migratoria en el hemisferio, argumentando que sus sistemas políticos y económicos fallidos han obligado a millones de personas a huir de sus países.
“Sanciones simbólicas, pero están en la mira”
Enrique Sáenz, economista y analista político, reaccionó con escepticismo ante las recientes declaraciones de Rubio. Según Sáenz, estas medidas tienen más un valor simbólico que un impacto práctico, especialmente en el contexto actual, donde las deportaciones masivas son uno de los rasgos más visibles del momento.
“El único significado que se podría extraer es que la dictadura bicéfala todavía se encuentra en el radar del Departamento de Estado”, señaló Sáenz en su análisis. Recordó que Rubio ya había utilizado la expresión “enemigo de la humanidad” en una visita anterior a Centroamérica, por lo que no representa una novedad sustancial en la retórica estadounidense hacia Nicaragua.
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Lo realmente importante, advierte, es si la administración actual cuenta ya con una estrategia definida frente al régimen de Ortega-Murillo, algo que, según él, aún no se percibe con claridad. Sin embargo, dada la trayectoria de Marco Rubio como senador crítico del orteguismo, Sáenz no descarta que dicha estrategia esté en proceso de maduración.
Según Sáenz, esa estrategia debería tener una serie de características para tener mayor impacto. “Un objetivo definido, en coherencia con las aseveraciones de que el régimen es una amenaza para la seguridad de Estados Unidos y enemigo de la humanidad. Construcción de una alternativa democrática de poder que despierte la confianza de la gente. Combinar distintos medios de presión, y no gestos simbólicos. Ello incluye al Ejército. Alianzas con otros gobiernos centroamericanos, latinoamericanos y europeos para sincronizar políticas y acciones”, dijo a LA PRENSA.
Necesidad de una respuesta amplia
Para Félix Maradiaga, opositor nicaragüense en el exilio y defensor de derechos humanos, las palabras del secretario Marco Rubio representan algo más que una declaración política: son, en sus propias palabras, “el reconocimiento explícito de lo que muchos venimos denunciando desde hace años”.
A su juicio, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo no solo reprime brutalmente al pueblo nicaragüense, sino que ha tejido una red de alianzas internacionales con regímenes autoritarios y estructuras criminales que trascienden las fronteras del país.
Maradiaga sostiene que Nicaragua se ha convertido en un refugio para redes de lavado de dinero, trata de personas y tráfico ilegal de migrantes. Además, denuncia que el régimen ha fortalecido sus lazos con gobiernos como los de Rusia, Irán y China, no por afinidades ideológicas, sino por intereses estratégicos que ofrecen respaldo político, recursos tecnológicos de control social, y protección ante organismos internacionales.
Aunque reconoce como positiva la decisión del Departamento de Estado de imponer sanciones, incluido el retiro de visas a más de 250 funcionarios, Maradiaga enfatiza que no se puede confiar únicamente en la presión de una sola potencia.
Insiste en la necesidad de una respuesta más amplia y coordinada por parte de la comunidad internacional, que utilice todos los instrumentos del derecho internacional, incluyendo investigaciones penales por crímenes de lesa humanidad.
“Reconocer al régimen como enemigo de la humanidad —advierte— es también reconocer la urgencia de actuar. No podemos permitir que una dictadura se convierta en refugio de impunidad y amenaza para la humanidad entera”.
Acciones después de las guerras
Óscar René Vargas, sociólogo y economista, analizó las palabras de Rubio en una línea distinta. Para Vargas, más que una muestra de incremento en la presión efectiva, estas medidas forman parte de una estrategia simbólica para mantener el tema de Nicaragua en la agenda política estadounidense.
Según Vargas, la verdadera presión que podría forzar un cambio en el comportamiento del régimen no vendrá con declaraciones o sanciones personales, sino con medidas que impacten directamente la economía del país, como la suspensión de préstamos internacionales o restricciones al comercio exterior. Mientras eso no ocurra, sostiene, Ortega y Murillo pueden soportar el peso de las sanciones actuales sin mayores consecuencias.
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A juicio del sociólogo, Estados Unidos tiene sus prioridades centradas en este momento en conflictos como Ucrania, Medio Oriente y las tensiones comerciales, pero no quiere dejar de enviar el mensaje de que “Nicaragua sigue en el radar”. “Creo que en Estados Unidos están ocupados principalmente con Ucrania, Medio Oriente y los aranceles; pero, al mismo tiempo, quieren decirle a Ortega que siempre está en la agenda. Centroamérica y Nicaragua pertenecen a una especie de mar Mediterráneo de Estados Unidos, por lo que es una región de suma importancia para los norteamericanos”, dijo Vargas.
Otros señalamientos históricos
Esta estrategia de sanciones y señalamientos fuertes no es nueva en la política exterior estadounidense. A lo largo de las décadas, diversos presidentes han utilizado un lenguaje contundente y medidas similares para presionar a regímenes autoritarios.
En 1983, el entonces presidente Ronald Reagan calificó a la Unión Soviética como un «imperio del mal», destacando su oposición a los valores democráticos y su acumulación de armas nucleares.
En una línea similar, en 2002 el presidente George W. Bush incluyó a Irán, Irak y Corea del Norte en el «eje del mal», acusándolos de apoyar el terrorismo y buscar armas de destrucción masiva.
Donald Trump, en 2017, se refirió al presidente sirio Bashar al-Assad como un «animal» y criticó a Vladimir Putin por apoyar a «una persona malvada» como Assad.
Y hace un par de años, Joe Biden calificó al presidente chino Xi Jinping como un «dictador», argumentando que lidera un sistema comunista fundamentalmente diferente al de Estados Unidos.
Estas declaraciones reflejan una tradición en la política estadounidense de utilizar sanciones y retórica fuerte para aislar a líderes considerados opresivos. En el caso de Nicaragua, las sanciones buscan presionar al régimen Ortega-Murillo para que cese la represión y restablezca las libertades fundamentales. Sin embargo, el gobierno nicaragüense ha desestimado estas medidas, calificándolas como parte de una campaña internacional en su contra.