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Estas notas son reflexiones preliminares en ocasión del 7mo aniversario de la Rebelión de Abril (2018) y la crisis multidimensional que aflige a los nicaragüenses. La Rebelión de Abril es el acontecimiento sociopolítico de mayor trascendencia en la historia reciente del país. Su significado además de ser relatado requiere ser interpretado con el procesador del pensamiento crítico.
Este ejercicio de interpretación, a la luz de nuevos encuadres y paradigmas, es uno de los grandes desafíos de las nuevas generaciones, ya que los criterios de quienes están atrapados en un pasado muy distante no son políticamente adecuados para examinar el presente. Este llamado abrilista o abrileño al pensamiento crítico no busca reducir la compleja realidad a las ilusiones de discursistas, poetas y narradores, tal como lo hizo la intelectualidad sandinista, o mejor aún, la “emocionalidad sandinista”. Es más bien un llamado a la filosofía política, las ciencias, la ingeniería social, la sabiduría y el sentido común.
Para rediseñar un país en torno a los valores abrilistas o abrileños de “libertad, justicia y democracia”, se precisa salir del bucle histórico definido como un proceso que se repite indefinidamente. Simplificaré este bucle histórico en un ciclo de 4 etapas: Autocracia–Rebelión–Esperanza–Crisis. Los períodos de alternancia, paz y prosperidad han sido la excepción y no la regla. Regularmente, las autocracias han sido consolidadas por caudillos militares o con vocación de armas; las rebeliones han sido revoluciones, golpes de Estado y levantamientos armados como estrategia de cambio de gobierno o de reconfiguración del poder estatal. El Estado, visto como una estructura con el monopolio legal de la violencia y con acceso a recursos vía impuestos, ha sido el botín por repartir o el ganado a destazar, sin importar las propuestas político-ideológicas.
En la realidad actual, ante la postura colectiva de métodos no violentos y la improbabilidad de la vía electoral para el cambio, el colapso estructural de la autocracia sandinista dependerá de factores internos y externos que ejerzan presión hasta que se vengan abajo los pilares del poder. El colapso lógicamente está en función de una serie de supuestos en el marco de un análisis plural y abierto de escenarios entre los grupos y actores (no sirven los pronósticos cerrados). Teóricamente, cabe destacar el malestar social reprimido o silenciado por la fuerza, subrayando el daño auto infligido por Ormu con la purga, el maltrato y la represión a su base social, funcionariado y militancia. En ese estado de paranoia, todos los “compas” son enemigos y se debe continuar exacerbando el nerviosismo de la envilecida hechicera.
Es deseable que los grupos opositores pasen a ser fuerzas opositoras con un planteamiento pragmático, sucinto y consensuado para tener impacto como el oleaje del mar sobre las peñas. Una montaña colapsa luego de ser socavada de roca en roca. El mundo actual no tiene tiempo para extensos comunicados, lamentaciones ni pugnas intestinas. Necesitamos más acciones y menos logos; aprovechar de modo inteligente cada momentum (por ej: la publicación del informe reciente de la ONU), potenciar los pequeños triunfos y asumir la responsabilidad de nuestro propio destino. No obstante, la comunidad internacional sigue siendo clave para conseguir restricciones económicas y financieras que saboteen el uso del gasto público destinado a espionaje y represión.
En física clásica sabemos que presión = fuerza/área; esa relación fuerza–área aplicada por analogía a las condiciones políticas nos permite concluir que no es conveniente depender únicamente de elucubraciones, milagros y de animalillos hipotéticos que carcomen el seno del organismorojinegro (FSLN). Las nuevas generaciones harán lo que les corresponde por mérito propio si toman posición reivindicando el “espíritu de abril”, reestructurando por completo el planteamiento opositor y rompiendo viejos esquemas para ejercer presión constante a lo largo del tiempo. Los clubes y grupillos sin base social seguirán siendo nulidades políticas si no tienen conexión con la realidad: la trabajadora de zona franca, el cuentapropista de la calle o los micro emprendimientos emergentes apenas sobreviven en la economía del malestar y desconocen las burbujas políticas del exilio.
Ejercer presión con miras al colapso es condición necesaria para la transición democrática, lo que presupone recuperar el activo político del liderazgo opositor evaluado por su capacidad de generar esperanza y credibilidad. Con esto se sale del punto de inercia. Además de ganar conciencia, es estratégico quitarle poder al enemigo con acción colectiva. Empero, las amenazas de la transición son el personalismo, el oportunismo y el canibalismo político. Probabilísticamente, la muerte del envejecido comandante, la caída de Maduro en Venezuela, la suspensión del DR-Cafta o cualquier otro factor exógeno a las teorizaciones, incidirán en el colapso del Estado-familia que acelere una fase de transición con ideales libertadores y se inicie un proceso de justicia restaurativa de los últimos 46 años.
Tras el colapso estructural, el desafío intergeneracional de la transición democrática será rescatar a nuestro pequeño, pero conflictivo país del bucle histórico tetraetápico Autocracia–Rebelión–Esperanza–Crisis.
El autor es economista, abogado y filósofo político nicaragüense exiliado. Director ejecutivo de Iniciativa Puentes.