El Cuá de Ernesto Cardenal: entre la represión y la malversación de la memoria

Telma Montenegro es una abogada y productora de origen campesino de la comunidad de El Cuá, en el departamento de Jinotega, en el norte de Nicaragua. Fue detenida por la Policía del régimen de Daniel Ortega hace dos semanas. Su caso, como el de otros detenidos por razones políticas en 2026, ha sido denunciado por organismos de derechos humanos que alertan sobre detenciones sin información oficial sobre paradero y condiciones de reclusión.

El Cuá no es un lugar cualquiera. Adquirió notoriedad internacional porque el poeta Ernesto Cardenal (q.e.p.d.) escribió algunos de sus poemas más conocidos, a partir de recortes de prensa, sobre supuestos atropellos de la Guardia Nacional. Esos textos fueron luego musicalizados por el cantautor Carlos Mejía Godoy como Las campesinas del Cuá y se incorporaron al repertorio testimonial que acompañó a las guerrillas latinoamericanas durante la Guerra Fría, dirigidas por la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y ejecutadas por la Cuba castrista.

Esta semana, la Revista Magazine de LA PRENSA de Nicaragua, que se edita desde el exilio como toda la prensa independiente en la nación centroamericana, publicó una fotografía de archivo del comandante sandinista Tomás Borge, detenido en los años 60 y 70 por la Guardia Nacional por conspiración contra el gobierno de entonces, recibiendo visitas en la cárcel, tomando Coca-Cola y conversando con familiares. La imagen contrasta con la narrativa épica que por décadas presentó aquella historia como una lucha entre buenos absolutos y malos absolutos.

Los malos, claro está según la historia escrita por ahora por los “vencedores” sandinistas eran la Guardia Nacional de la dinastía de los Somoza; también lo eran la burguesía, la oligarquía y por supuesto, el imperialismo yankee, como era de suponer y como lo sigue siendo en el lenguaje resentido social del régimen castrochavista.

Traigo ese contraste a propósito de El Cuá y de Telma, porque la historia de esa región obliga a una lectura más honesta, que distinga entre memoria y propaganda y lirismo exteriorista.

El norte de Nicaragua fue escenario de operaciones del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).  Las montañas del norte ofrecían condiciones favorables para la insurgencia: caminos difíciles, comunidades dispersas y una población campesina que podía convertirse, de forma voluntaria o forzada, en fuente de información, alimentos, refugio y apoyo logístico.

Y es aquí donde aparece una verdad que los relatos épicos suelen omitir: el campesinado no era la guerrilla. Algunos campesinos simpatizaron o colaboraron con los insurgentes. Otros fueron presionados, obligados o simplemente quedaron atrapados por las circunstancias. Muchos no quisieron tener relación alguna con la lucha armada, pero las guerrillas necesitaban penetrar sus casas y comunidades para sobrevivir. También para comprometerlos ante el trabajo que las fuerzas del orden y defensa tenían que realizar.

Ese fenómeno no fue exclusivamente nicaragüense.  La historia de las guerrillas latinoamericanas muestra cómo las comunidades rurales terminaron convertidas en retaguardia de guerras políticas. 

El caso del Che Guevara en Bolivia es ilustrativo. Su expedición buscaba reproducir una experiencia revolucionaria continental, pero encontró aislamiento, falta de apoyo de buena parte de la población rural y colaboración de algunos campesinos con las fuerzas oficiales, factores que contribuyeron a su derrota, además de las tensiones internas con La Habana. Específicamente con el camarada Fidel, que dejó morir, abandonado a su rala suerte, al gatillero argentino.

En Guatemala se produjo un fenómeno semejante. Como ha señalado en conferencias recientes en Miami y Nevada el investigador Oscar Platero, presidente de la Unión Patriótica de Hispanoamérica (UPH), invitado por el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo, la Cuban Heritage Foundation y el Foro Anticomunista de Miami, el papel del campesinado dentro de la narrativa guerrillera y la influencia de Cuba en aquellos movimientos requiere ser revisado con documentos y testimonios, no solo con canciones y consignas.

Esa misma distinción debe hacerse sobre El Cuá. Ernesto Cardenal, quien llegó a afirmar que entre cristianismo y comunismo no había contradicción, escribió desde un compromiso político definido y desde la teología de la liberación. Su obra debe ser leída en ese contexto, sin convertir necesariamente su poesía en un registro documental absoluto de los hechos.

Y aunque se revisa críticamente el contexto histórico de su obra, no sería justo reducir a todos los sandinistas que combatieron contra Somoza a la conducta posterior de Daniel Ortega. Muchos antiguos revolucionarios terminaron enfrentándose al régimen que ayudaron a instalar y han pagado con cárcel, muerte, persecución, desnacionalización y exilio. (El propio poeta Cardenal lo hizo).

La historia es más compleja que sus consignas. Esa complejidad nos vincula con este presente oscuro, en el que desde la protesta nacional de 2018 han vuelto a existir desaparecidos y presos políticos en Nicaragua.

Esa es quizá la lectura más honesta de la tragedia de El Cuá y también una manera distinta de conocer la obra de Cardenal: leer su poesía, reconocer el dolor que quiso denunciar y, al mismo tiempo formularse las preguntas que la poesía no responde por sí sola.

Mientras estas continúen sin respuesta completa, la memoria de El Cuá permanecerá incompleta. Hoy esa memoria exige, junto a toda la nación y la comunidad internacional, la liberación de los presos políticos, incluida Telma Montenegro. La nueva Nicaragua no necesita nuevos mitos. Necesita verdad y libertad.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional.

COMENTARIOS

  1. Hace 2 meses

    Una dictadura no vuelve inocente a la otra

    Leí ayer el artículo de Ariel Montoya, “El Cuá de Ernesto Cardenal: entre la represión y la malversación de la memoria”, y debo decir que me produjo una mezcla de cansancio e indignación. Nicaragua está harta de la dictadura de Ortega y Murillo; pero también cansa ver cómo algunos autoproclamados “demócratas” pretenden convertir la condena del orteguismo en una rehabilitación histórica del somocismo.

    Revisar críticamente la narrativa oficial construida por el sandinismo es legítimo y necesario. La Revolución de los años ochenta no fue inmaculada, cometió abusos y terminó siendo secuestrada por Daniel Ortega. Pero nada de eso convierte retrospectivamente al régimen de Somoza en una democracia ni a la Guardia Nacional en una institución injustamente calumniada.

    El artículo tiene razón en dos cosas: no todo el campesinado era guerrillero y la poesía de Ernesto Cardenal no puede tomarse como si fuera un expediente judicial. Hasta ahí, de acuerdo. El problema comienza cuando califica de “supuestos atropellos” los hechos que dieron origen a Las campesinas del Cuá y los reduce prácticamente a poesía, recortes de prensa y propaganda política.

    La propia LA PRENSA contradice esa insinuación. El 8 de mayo de 2004 informó que había entrevistado a Amanda Aguilar —seudónimo de Petronila Hernández— junto con otras tres mujeres de El Cuá, y afirmó que habían sufrido la represión de la Guardia Nacional y permanecido encarceladas en el cuartel de El Cuá en 1968. En 2017, el mismo periódico volvió a escribir que aquellas campesinas fueron capturadas, torturadas y violadas por la Guardia Nacional. Además, la historiadora Victoria González-Rivera estudió el caso en su libro Before the Revolution, publicado por Penn State University Press en 2011. Por tanto, esta historia no nació únicamente de un poema, una canción o una consigna sandinista.

    La Comisión Interamericana de Derechos Humanos tampoco fundamentó sus conclusiones en canciones. Después de visitar Nicaragua del 3 al 12 de octubre de 1978, determinó que el gobierno somocista había incurrido en violaciones graves, persistentes y generalizadas de los derechos humanos. Documentó bombardeos indiscriminados contra poblaciones civiles, ejecuciones sumarias y colectivas durante la llamada “Operación Limpieza”, torturas, detenciones arbitrarias, abusos contra grupos campesinos y una represión generalizada contra jóvenes.

    No sostengo —porque sería falso e injusto— que cada soldado de la Guardia Nacional fuera personalmente un asesino. La responsabilidad penal es individual. Pero de ahí no se desprende que la institución careciera de responsabilidad por los crímenes cometidos por sus miembros y mandos. La responsabilidad institucional no desaparece porque dentro de una organización también hubiera personas que no participaron en aquellos crímenes.

    Para quienes necesitan una filmación antes de aceptar un hecho, ahí está el caso de Bill Stewart, corresponsal de ABC News. El 20 de junio de 1979 fue obligado a tenderse en el suelo y ejecutado por un miembro de la Guardia Nacional en un retén de Managua. Su muerte quedó grabada por una cámara. Pero un crimen no comienza a ser verdadero únicamente cuando existe un video: también cuentan los testimonios, los archivos periodísticos, los documentos y las investigaciones internacionales.

    Tampoco es históricamente correcto presentar la caída de Somoza como propiedad exclusiva del FSLN. El Frente encabezó la insurrección armada y llegó a ocupar la posición dirigente; eso es un hecho. Pero su victoria fue posible gracias a una rebelión nacional mucho más amplia, en la que participaron estudiantes, trabajadores, pobladores, campesinos, empresarios, organizaciones políticas, sectores de la Iglesia y miles de ciudadanos sin militancia sandinista. A ello se sumaron las huelgas nacionales, las insurrecciones urbanas y el aislamiento internacional del régimen. Fue una insurrección popular encabezada por el FSLN, no una hazaña exclusiva de un partido.

    También es legítimo investigar la ayuda que Cuba y la Unión Soviética brindaron a diferentes movimientos revolucionarios. Lo que no puede presentarse como un hecho demostrado es que todas las guerrillas latinoamericanas fueran “dirigidas” por Moscú y “ejecutadas” por La Habana. Eso es otra generalización ideológica. La existencia de apoyo extranjero no equivale automáticamente al control absoluto de movimientos distintos, surgidos en países y circunstancias diferentes.

    Hoy, expertos de las Naciones Unidas han documentado la represión sistemática del régimen de Ortega y Murillo y han señalado que varias de sus violaciones constituyen, prima facie, crímenes de lesa humanidad. Condeno esa dictadura sin reservas. Precisamente por eso me niego a aceptar que, para denunciar a Ortega, tengamos que blanquear a Somoza o minimizar los crímenes de la Guardia Nacional.

    Mario Vargas Llosa lo expresó con absoluta claridad cuando quisieron hacerle escoger entre dictaduras supuestamente mejores o menos malas: “Todas las dictaduras son malas, peligrosas e inaceptables”.

    Condenar a Ortega no absuelve a Somoza. Reconocer los crímenes del somocismo tampoco obliga a justificar los abusos cometidos por el sandinismo. Si la nueva Nicaragua necesita verdad y no nuevos mitos, esa verdad tiene que ser completa: sin propaganda revolucionaria, pero también sin revisionismo somocista.

    Una dictadura no se vuelve buena porque la siguiente haya sido igual o peor. Una dictadura es una dictadura.

  2. Hace 2 meses

    El campesinado de Latinoamérica nunca ha apoyado a las guerrillas originadas en Cuba debido a que el finquero es un pequeño empresario a quien le gusta el sistema capitalista. La Contra es el único ejército de campesinos que se ha formado en la historia de Latinoamérica, ya que sus miembros comprendieron la naturaleza comunista del FSLN, que atentaba contra sus intereses económicos. El 90 % de quienes participaron en el movimiento de la Contra en los 80 eran de origen campesino. Campesino significa del campo.

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