Se dice fácil, pero lo cierto es que LA PRENSA cumple casi un siglo de existencia en medio de una de las etapas más desafiantes de su historia. Confiscada, con su redacción exiliada por primera vez desde que se fundó en 1926, y enfrentando los retos propios de los medios de comunicación a nivel global.
“Hemos pasado cosas más difíciles que estas y de todas hemos salido adelante”, señala el gerente general del diario y desterrado político, Juan Lorenzo Holmann. Él estaba en prisión cuando la redacción completa tuvo que irse al exilio en 2022. Este fue un golpe duro para el diario, pero no el final.
En esta entrevista, Holmann habla sobre cómo está LA PRENSA en su 99 aniversario, los retos que enfrenta, qué significa este diario para él y su familia, además del apoyo que ha sentido por parte de los lectores de este periódico en medio de tiempos difíciles y el compromiso de superar los 100 años de vida, “hasta la última gota de tinta”.
¿Cómo está LA PRENSA en su cumpleaños?
Está más fuerte que nunca. En cuanto a valores y a resiliencia. Obviamente que todos los medios de comunicación en el mundo ahorita están pasando por una etapa difícil y en el caso de LA PRENSA, a eso hay que sumarle que trabaja con todo su personal, con toda su redacción, fuera del país. Es duro, pero hemos pasado cosas más difíciles que estas y de todas hemos salido adelante y más fortalecidos de lo que estábamos anteriormente.
Por ponerte un ejemplo, cuando cerraron LA PRENSA en 1987, después de que el Congreso de Estados Unidos aprobó la ayuda a la Contra, al día siguiente recibimos una carta en la que nos informaban que nos cerraban. En ese momento no había la era digital, entonces cuando cerraron el periódico, lo cerraron. Nicaragua se quedó a oscuras. Hoy tenemos la ventaja de tener el universo digital y hemos seguido informando sin parar un solo minuto.
LA PRENSA ya tiene tres años funcionando desde fuera de Nicaragua y muchos se preguntan ¿cómo es esto posible? ¿Cómo se gestiona un periódico desde el exilio?
Primero que todo, hay cosas malas que traen sus cosas buenas. La pandemia nos entrenó a poder trabajar de forma remota. Antes de la pandemia no existía esa filosofía de trabajo. La pandemia nos obligó a que la mayoría del personal estuviera desde sus casas. Entonces ahí nos graduamos en el trabajo remoto y cuando vino el ataque del régimen, que se tomaron las instalaciones, nosotros estábamos preparados para eso porque todos los periodistas aún seguían teniendo sus herramientas para poder trabajar de forma remota. Eso fue lo que nos ayudó a reinventarnos de cero. Ya estábamos acostumbrados a que en la Redacción no estuvieran todos los ciento y pico de periodistas.
Hay otro momento que fue clave y es el exilio de toda la Redacción en julio de 2022. ¿Estaba lista LA PRENSA para sacar del país a todos sus trabajadores?
No, eso sí que no estábamos listos. Teníamos cierto personal que ya estaba fuera. Estar de forma remota era lo mismo que estar fuera del país, pero el problema está en el sentido de cómo un periodista mantiene su vínculo con la sociedad de donde le toca reportear. Eso es lo primordial tal vez, porque la parte de la tecnología es fácil, pero el vínculo que hay es la parte más importante y cada vez es más difícil, porque mientras va pasando el tiempo te vas desvinculando cada vez más. Ahí es donde surge la magia de mantener ese vínculo lo más cercano posible.

Cuando sucedió el exilio de la Redacción, usted estaba en el Chipote, ¿cómo se enteró de que LA PRENSA tuvo que irse de Nicaragua?
Cada vez que llegaba una visita al Chipote, lo primero que hacía yo era preguntar por mis hijas, porque la que llegaba era mi esposa. Preguntaba por mis hijas, mi mamá, mis hermanos, e inmediatamente después preguntaba por LA PRENSA. Preguntaba por ustedes los periodistas y cuando sucedió lo de la persecución que encarcelaron a los dos conductores, pues obviamente me golpeó. Yo sí estaba seguro de la entrega de la gente que estaba manejando el periódico y cada vez que preguntaba, me decían que LA PRENSA seguía funcionando. En los interrogatorios no me lo querían decir, pero por algunas preguntas que hacían o cosas así me daba cuenta de que seguía funcionando y eso me llenaba de fortaleza también a mí.
¿Qué le preguntaban?
Pues cosas así, como de que: “Vimos tal cosa”. “Ah, entonces lo viste en LA PRENSA. Está funcionando LA PRENSA”, les decía. No eran preguntas en específico, sino que cositas que me hacían saber que el periódico estaba funcionando.
¿Tuvo momentos de incertidumbre cuando no sabía si el periódico seguía informando?
Por supuesto. A nosotros nos tenían totalmente incomunicados. Con la única persona que nosotros podíamos hablar era con la persona que estaba compartiendo la celda, pero no compartíamos con nadie más. Ahí no podíamos leer absolutamente nada más que las etiquetas de las cosas que tal vez recibíamos. De una galleta, una botella o algo así. No había información ni entre los que estábamos dentro y mucho menos con el exterior. La única comunicación era cuando había una visita que era más o menos de dos horas. Pues ellos decían que eran dos horas, pero sin reloj ¿cómo iba a saber yo si habían pasado dos horas o no? Esas dos horas se te iban volando.
Cuando se tomaron LA PRENSA y se lo llevaron detenido a usted, ¿pensó que iba a ser el final del periódico?
No. Y te cuento esto. Cuando estaba ahí el jefe de la operación, un subcomisionado de apellido Amador, llegó donde él un tipo y le decía: “Mire, ya apagamos todos los servidores, pero esto sigue funcionando”. Y le enseñaban un teléfono con la página de LA PRENSA. “Esto sigue funcionando”, le decían. “Desconectales todos los cables entonces”. Y se va el hombre. Al rato vuelve: “Mire, ya desconectamos todos los cables y esto sigue funcionando”.
“Ah, pues bajales el breaker”, le dice. Y se va el tipo y al rato regresa otra vez. “Ya le bajamos el breaker y mire, ¡sigue funcionando!” Ellos no entendían de que los servidores estaban fuera de LA PRENSA. Ya nosotros estábamos usando servidores fuera de Nicaragua. Entonces yo no creí que fuera el fin de LA PRENSA. Como te digo, de peores cosas hemos logrado salir adelante, así que no. Yo tenía mucha fe y confianza en Dios y en todos los colaboradores, que estamos tan comprometidos con esta labor que hacemos.
Lea también: Deportados: “Es feo que te saquen amarrado como esclavo”
¿Qué es LA PRENSA para usted y su familia, que han sido los dueños desde hace décadas?
Mirá, cuando mi abuelo (Pedro Joaquín Chamorro Zelaya) se metió a LA PRENSA, compró un 50 por ciento de las acciones y después le ofrecieron el otro 50 por ciento. Pero uno de los que estaba vendiéndole le dijo: “Mirá, Pedro, más bien vendamos LA PRENSA total. Vendámosla a alguien y venite que te voy a invitar a que te metás a un negocio”, que era la tabacalera nicaragüense. Entonces mi abuelo fue donde un sacerdote a pedirle consejo porque era muy católico, y el sacerdote le dijo: “Don Pedro, un medio de comunicación puede hacer mucho bien o puede hacer mucho mal. Todo depende de las manos de quien caiga”. Y ahí la decisión de mi abuelo fue comprar el 50 por ciento restante de LA PRENSA y quedarse como dueño absoluto. Él sentía que sus manos eran buenas y que iba a hacer una labor buena para la sociedad. Creo que si en algún momento, en la existencia de estos 99 años, hubiésemos hecho algo mal, no hubiésemos llegado a los 99.
Y mirá, yo no soy periodista, no estudié periodismo, pero sí te puedo decir que, desde chiquito estoy oyendo “LA PRENSA aquí, LA PRENSA allá”, y lo que es LA PRENSA y los sacrificios y todas las cosas que ha conllevado ser dueños del periódico. Se tienen que hacer números, tiene que ser un negocio rentable, pero no para lucrarse del negocio, sino para tener independencia financiera y con eso tenés independencia editorial. Eso fue lo que alcanzamos. Con sacrificio. El legado de mi abuelo, el legado de mi tío Pedro, de mi tío Pablo, de mi papá, de mi tía Violeta, y de todos los que vinieron antes que han sabido pasar la estafeta de una generación a la siguiente. Todos hemos comprendido la importancia y la necesidad de mantener esto vivo. El periodismo ya no es una cosa de oficio o de vocación, y más en Nicaragua, y más en LA PRENSA, es un apostolado en el que entregás todo.
¿Se entrega todo sin esperar nada a cambio?
Pues sí esperamos algo a cambio que es el restablecimiento de la democracia, de las libertades, de que Nicaragua vuelva a ser República. Eso es lo que esperamos a cambio. Pero la verdad es que nosotros perdimos todo y lo poco que teníamos en ahorros lo hemos volcado para mantener a LA PRENSA.
Otros medios de comunicación que existían en Nicaragua sencillamente cuando la vieron venir fuerte, dijeron: “Hasta aquí no más llegamos”. Pararon y así no perdieron. Dejaron de seguir invirtiendo tiempo y sacrificio para proteger los otros negocios que tenían. Nosotros no tenemos ningún otro negocio, y como te digo, no lo hacemos por un negocio, lo hacemos por una cuestión que va más allá. Tal vez podría llamarse una testarudez de parte de nosotros de seguir en esto.

¿Cuáles son los principales retos que tiene LA PRENSA ahora de cara al centenario?
Pues el principal reto es seguir día a día. Hacer nuestro trabajo, hacerlo bien y que la gente así lo siga viendo, que sigan viendo a LA PRENSA como el Diario de los Nicaragüenses, como la República de Papel que decía Pablo Antonio Cuadra. El reto es que la gente siga usando a LA PRENSA para informarse y para denunciar. Pero también el reto es de nosotros que tenemos que hacer un periodismo de clase, con responsabilidad. No solo es presentar la noticia de qué es lo que sucedió, sino también cómo impacta eso a la sociedad. Los retos son muchos porque ahorita la situación está tornándose cada vez más difícil.
¿Ha sentido LA PRENSA el apoyo de sus lectores en estos tiempos difíciles?
Yo sí lo siento. Muchas veces lo ves en las redes sociales o en grupos de WhatsApp, o lo que sea. Sale una noticia y dicen: “Ah, lo dijo LA PRENSA. Entonces es cierto”. Y no porque nosotros lo decimos, sino porque la gente lo siente y lo ve. No solo en el tema de la información, sino que también en la denuncia. Si van a denunciar algo, generalmente usan las páginas de LA PRENSA para hacer esa denuncia.
Nicaragua es el único país de occidente que no tiene un periódico impreso, ¿qué tan impactante es este dato a nivel internacional?
Así es. Nicaragua es el único país, por lo menos en Latinoamérica, que no tiene un medio de comunicación escrito de circulación nacional. Ni Cuba. Hasta Cuba tiene el Granma. Yo siento que vamos a ir viendo cada vez más de eso, porque es una evolución que está sucediendo en el medio, pero en el caso de Nicaragua, no fue por lo que está pasando en la industria, sino que fue por un atropello, una violación a los derechos humanos de los nicaragüenses, no de nosotros los dueños de LA PRENSA, sino de los nicaragüenses porque el objetivo de la censura es que esa falsa verdad que quiere construir la dictadura sea la que prevalezca, y creo que no les hemos permitido que eso suceda.
¿Podríamos decir entonces que en Nicaragua es mucho más complicado hacer periodismo que en países como Cuba o Venezuela?
Definitivamente. Hace poco venía en un avión y al lado mío venía un sacerdote y me puse a hablar con él y resulta que era latinoamericano. Y le digo yo: “¿Y a dónde vive usted, padre?” Íbamos de la Florida a otro lado. Y me dice: “Yo vivo en Cuba. Yo voy y vengo”.
¡Imaginate! Cuba que es la dictadura por excelencia, la más antigua del continente, y deja salir y entrar a los sacerdotes. También hay medios de comunicación en Cuba. ¿Que los viven acosando y eso? Sí, pero en Nicaragua decime un solo periodista que haga una transmisión en vivo desde Nicaragua. No existe. Y en Venezuela también existen medios de comunicación transmitiendo desde dentro. Existen periodistas que salen y entran. Que sí los persiguen, los acosan, los perturban, pero Nicaragua es desgraciadamente lo peor que hay en el mundo, creo yo, después de Corea del Norte.
El exdirector de LA PRENSA, don Jaime Chamorro, dijo que se iba a llegar a los 100 años y ya solo faltan 365 días
Definitivamente que la meta es más que eso. Hasta donde el Señor nos dé la oportunidad, pero definitiva que no es que llegamos a los 100 años y a los 100 años cierro el chinamo. No. Aquí vamos hasta la última gota de tinta y más allá. Vamos a ver si la Rosario Murillo llega a los 100 años nuestros.
Venimos, algunas veces empujando y otras jalando, esta carreta, a golpe de rueda, paso a paso y lo seguiremos haciendo hasta el último suspiro, hasta la última gota de tinta. Y aunque lleguemos al destino que buscamos, una vez allí, tendremos que proteger y sostener esa República que todos soñamos. Así como a nosotros nos tocó tomar la responsabilidad, otros después de nosotros la tomarán. Lo testarudo y obstinado se hereda.