Entendimiento de Trump con Putin para poner fin a la guerra en Ucrania

La guerra de agresión de Rusia contra Ucrania cumplió tres años el recién pasado sábado 22 de febrero.

Cuando comenzó, en febrero de 2022, parecía que iba a ser casi un paseo militar ruso en Ucrania por la inmensa diferencia de fuerzas. Sin embargo, resultó ser una guerra larga y encarnizada en la que Ucrania ha podido resistir gracias al respaldo pleno de Europa democrática y Estados Unidos. La verdad es que, a pesar del heroísmo y la imperiosa necesidad de sobrevivencia de la nación ucraniana, sin el respaldo exterior Ucrania no hubiera resistido por tanto tiempo la ofensiva de un enemigo inmensamente superior en todo: territorio, población, economía, tecnología, ejército y armamentos. Que, además, Rusia tiene el mayor arsenal de armas atómicas en el mundo con las que a menudo intimida a las grandes potencias del mundo libre.

Pero al asumir Donald Trump la Presidencia de EE. UU., con el enorme e irresistible poder imperial estadounidense está imponiendo el fin de la guerra de acuerdo con sus propias condiciones. Por su afinidad con el déspota ruso, Vladímir Putin, y su menosprecio a los países menos grandes y fuertes, Trump ha puesto condiciones totalmente favorables a Rusia y groseramente lesivas al interés nacional ucraniano.

Es evidente que Trump simpatiza con Putin y lo considera un líder democrático, mientras que al presidente ucraniano Volodimir Zelenzki lo califica como dictador porque debido a la guerra ha debido posponer la celebración de elecciones presidenciales en Ucrania.

De manera que como consecuencia de la paz que está imponiendo Trump, Rusia se quedará con los extensos territorios que le ha arrebatado a Ucrania, y además, el país agredido e invadido debe renunciar a su derecho a la autodeterminación nacional y a su aspiración a pertenecer a la Europa democrática, y someterse a las imposiciones de Rusia. Además, Ucrania debe conceder a EE. UU. el derecho de explotar las “tierras raras” del territorio ucraniano que son ricas en los codiciados minerales estratégicos que son indispensables para el desarrollo de la tecnología y la industria moderna.

Para algunos historiadores y expertos en geopolítica Trump está imponiendo un acuerdo como el de Yalta, en 1944, cuando los gobernantes de EE. UU., Inglaterra y la Unión Soviética decidieron el reparto territorial de Europa al terminar la II Guerra Mundial. Gracias a ese acuerdo la Unión Soviética del genocida dictador comunista José Stalin quedó autorizada a expandir su dominio colonialista a los países de Europa oriental y central

Pero tratándose de analogías también se podría decir que lo que está fraguando Trump es una especie de nuevo pacto de Múnich. O sea, el que fue acordado en septiembre de 1938 por los gobernantes de Italia, Inglaterra y Francia con la dictadura nazi de Adolfo Hitler, para que Alemania se apoderara de la región checoslovaca de los Sudetes. Entonces, para justificarse dijeron que con el pacto de Múnich evitarían la guerra en Europa, pero lo que hicieron fue fortalecer el impulso bélico de Hitler y estimular su apetito de expansión territorial.

Ahora se dice que Ucrania tiene que aceptar las condiciones claudicantes que está imponiendo Trump, porque sin el respaldo de EE. UU. no podrá continuar la guerra de resistencia contra Rusia. Y que si no se somete podría perder más territorio del que ya le ha arrebatado Rusia. Inclusive se habla de que sin el respaldo de EE. UU. y por el contrario con el apoyo de Trump a Putin, Ucrania hasta podría desaparecer como Estado y como nación.

Mucho tiempo ha pasado desde el pacto de 1938 de Stalin con Hitler y de los acuerdos de Yalta en 1944. El mundo cambió mucho desde entonces, se formó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se creó un nuevo orden mundial y se instituyó el moderno derecho internacional.

Pero la verdad es que el mundo sigue siendo igual, en cuanto a que los países poderosos dictan las reglas de las relaciones internacionales y deciden los cambios geopolíticos cuando lo consideran oportuno; en tanto que los Estados menores tienen que acatar las decisiones de los mayores, ya que se las impongan por medio de las armas o de los aranceles al comercio internacional.

El pez grande se sigue comiendo a los peces más chicos y el tiburón continúa devorando a las sardinas, como en 1956 lo describió en una célebre fábula política el estadista, diplomático y escritor guatemalteco Juan José Arévalo. Quien por cierto fue el padre del actual presidente democrático de Guatemala, Bernardo Arévalo de León.

Editorial
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