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La escuela de primaria de una comunidad cafetalera en la provincia de Alajuela, en Costa Rica, ubicada en el distrito de San Rafael, en el cantón de Poás, albergó este año 2024 a 173 alumnos. De ellos, 30 son nicaragüenses y el resto costarricenses.
Se trata de una cifra engañosa, con trampa, porque oculta que en realidad casi todos los niños de esa escuela tienen origen nicaragüense, según explica la directora del centro escolar, Idalia Mora.
Al menos cuatro generaciones de nicaragüenses han llegado a esa comunidad cafetalera costarricense en varias oleadas desde la década de los ochenta del siglo pasado, empujados por la guerra civil que había en esos años en Nicaragua y, luego, por las crisis económicas que ha sufrido el país versus la buena paga de los finqueros costarricenses por el corte de café.
“Primero, se vinieron los abuelos. Sus hijos nacieron aquí, otros nacieron en Nicaragua. Entonces, tenemos una combinación de una generación que son descendientes de nicaragüenses, nacidos en Costa Rica y otros que son los papás que nacieron en Costa Rica. Mayoritariamente, son niños costarricenses, pero descendientes de nicaragüenses. También hay niños que están llegando, que los papás están migrando en este momento por el corte de café”, afirma Mora.
La comunidad en la que se encuentra la escuela, a la que llaman Calle El Sitio, está dividida en dos partes, la de Arriba, donde habitan una mayoría de costarricenses, entre los que se encuentran los dueños de las fincas cafetaleras de la zona y la de Abajo, que es donde viven la mayoría de nicaragüenses, los pobres, los cortadores de café, algunos de los cuales, especialmente los que llegan solo por el periodo de corte, residen en viviendas que se conocen como “baches”.

No está de más decir que los “baches” son construcciones que en la mayoría de las veces no brindan las condiciones dignas para vivir, pues se trata de viviendas temporales de dos recámaras, en las que habitan hasta entre 10 y 11 personas acomodadas en camarotes, algunas de ellas con cartones como colchón y se debe a que no todos los cortadores de café tienen la capacidad de pagar una renta.
“Hemos ido (a los baches) y hemos encontrado que son solamente tubos y plástico”, revela la profesora Idalia Mora.
En la actualidad, un buen cortador de café, “cogedores” les dicen, se puede ganar 100 mil colones en una semana, un aproximado de 200 dólares, un buen salario si se toma en cuenta que semanalmente un trabajador en el campo costarricense gana como máximo 65 mil colones, es decir, 130 dólares.
El salario mensual de un buen cortador de café en Costa Rica, al menos en las fincas de Calle El Sitio Abajo, rondaría los 800 dólares, cerca de 28,800 córdobas. En Nicaragua, eso no lo ganan ni los médicos en los hospitales públicos, quienes, según el convenio colectivo 2022-2024, se acercan a los 20 mil córdobas mensuales de sueldo.
Todos los años, entre septiembre y enero, el número de nicaragüenses aumenta en Calle El Sitio, porque es la temporada más fuerte de corte de café.
Nicaragüenses son el 15 por ciento de los cortadores
Entre julio y marzo de cada año, se mueven en todo Costa Rica alrededor de 35 mil cortadores de café, afirma el gerente Técnico del Instituto del Café de Costa Rica (iCafe), el ingeniero Martín Hidalgo Rodríguez.
De ese total, solo el cinco por ciento son costarricenses, el 15 por ciento son nicaragüenses, un cuatro por ciento son de otras nacionalidades, especialmente venezolanos y el resto, el 76 por ciento, son indígenas panameños, principalmente los ngöbe buglé. En ese caso, los cortadores de café nicaragüenses serían un poco más de cinco mil.

“Unas 35 mil personas se mueven de una manera u otra durante esos nueve meses (entre julio y marzo), obviamente el pico más alto va a ser cercano al mes de diciembre. Hay personas que ingresan a recolectar café a las zonas tempranas de junio, y van moviéndose en las zonas cafetaleras en función de la maduración”, indica Hidalgo Rodríguez, agregando que el trabajador nicaragüense que corta café también realiza otras labores cuando no hay corte de café, como en la construcción o en la industria.

Se trabaja duro en las fincas
Helen Castro, hoy de 27 años, llegó por primera vez a Costa Rica cuando tenía 9 y desde entonces cada año, junto a sus hermanos y sus padres Salvador Castro y Emérita Rocha, iba y venía desde Nicaragua para cortar café.
“Nos quedábamos un año y después nos íbamos”, dice la mujer, originaria de Acoyapa, Chontales.
Sin embargo, se quedó definitivamente en Costa Rica, en Calle El Sitio Abajo, cuando, a la edad de 16 años, se casó con un costarricense, con el que tiene tres hijos y por ello ahora todos los días se levanta a las 3:00 de la madrugada para hacer frescos de tamarindo o de otros sabores, así como enchiladas y tortilla con chicharrón, alimentos que luego vende entre los cafetales a los cortadores.
Los refrescos los vende a 300 colones y la enchilada o la tortilla con chicharrón a mil colones la porción.
“Mi esposo es soldador, pero también corta café en los días libres, porque la familia es grande”, justifica para indicar que ella, cuando termina la venta, también se pone a cortar café entre las 9:00 de la mañana y las 4:00 de la tarde. “Me acuesto a las 10:00 de la noche, preparando todo para el día siguiente”, añade.

Quienes todavía van y vienen son sus padres, porque tienen casa en Chontales. “Acá solo vienen a recoger café”, señala.
Los padres de Castro hacen una dura travesía porque cargan a Marcos, un joven que tiene discapacidad, uno de los cuatro hijos que tienen. “Yo no corto café porque me hace daño”, dice Marcos lleno de la inocencia que le proporciona su condición. Es como un niño. “A veces lo pasan chineado por la frontera”, dice Helen.

Situación difícil para los recién llegados
Otra nicaragüense que tiene años de haber llegado a Calle El Sitio Abajo es Xiomara Díaz Loáisiga, de 35 años. “Me trajeron cuando tenía meses de nacida”, cuenta.
Fue en 1989, cuando sus padres, el capitalino Digno Díaz, ya fallecido, y la matagalpina Balbina Loáisiga huían de la guerra civil entre sandinistas y contras.
“Mi mamá venía embarazada de mí. Yo nací en Río San Juan, en San Carlos de Nicaragua. Ya casi pasaba mi mamá. Ya nunca más volvieron. Mi papá regresó a Nicaragua cuando yo tenía 15 años, solo nos llevó a conocer”, dice Díaz Loáisiga, quien explica así por qué ella no es costarricense, porque nació cuando, en la huida, sus padres todavía estaban en territorio nicaragüense.

Díaz Loáisiga reconoce que por vivir en Costa Rica casi desde que nació está en una posición privilegiada y puede ver cómo los nicaragüenses recién llegados sufren dificultades. Aunque ella también corta café, recibe un mejor trato.
“Muchos nicas vivimos bien porque tenemos años de haber llegado, con documentos, un trabajo estable y seguro (social). Son los mismos beneficios de un tico. Pero, para el nica que viene por temporadas para cortar café es bastante difícil porque se aprovechan y quieren pagarles poco y salen muy tarde de trabajar. La gente se viene (de Nicaragua) por necesidad”, comenta.
Años sin llegar a Nicaragua
A Darling García Soza, de 32 años y originaria de Boca de Sábalos, en Río San Juan, no le había infundido temor la reforma a la ley migratoria que impulsan los Ortega Murillo en Nicaragua, porque no sabía de ella hasta este martes 10 de noviembre.
“Está bien fuerte la broma”, expresó después de darse cuenta que puede ser encarcelada entre dos y seis años de ahora en adelante, si la agarran cruzando la frontera de manera irregular.

García Soza no se había dado cuenta de la reforma porque dice que tiene siete años de no viajar a Nicaragua.
“Estoy acá (en Calle El Sitio Abajo) desde 2017. No olvida uno su país, pero se viene uno por la economía. Aquí me gano entre 80 mil y 100 mil colones a la semana. Es buen salario», explica la mujer, mientras en un canasto separa el grano de café maduro del verde.
Solidaridad en el mundo infantil
Mientras sus padres se ganan la vida bajo el sol, apurándose para cortar la mayor cantidad de café en el día, los niños de Calle El Sitio Abajo van a la escuela El Sitio, ajenos a todas esas vicisitudes.
La profesora Idalia cuenta que los niños que tienen más tiempo ayudan a los recién llegados.
“Hay niños que nos llegan sin documentos, absolutamente nada, vienen solo con lo que traen puesto y aquí los uniformamos, les damos cuadernitos, les proveemos todo. Ellos se sienten como protegidos, porque la mayoría de los niños han vivido el mismo proceso, entonces, al que llega nuevo los demás no lo rechazan ni lo ven feo, sino que, al contrario, les enseñan y los acogen, porque ellos están familiarizados con este proceso de migración, que es venirse mojado por la montaña y entrar sin documentación a Costa Rica”, expone Mora.
La maestra menciona que en este año 2024 recibieron a la primera niña indígena, originaria de Bluefields, y quien no habla español. “No habíamos tenido nunca una niña indígena. La mamá tenía mucho miedo de que le hiciera bullying a la niña por su color, pero los compañeros la han aceptado muy bien. Como le digo, aquí ellos tienen esa calidez porque todos han vivido lo mismo”, indica.

La situación para los maestros de la escuela El Sitio es compleja, porque hay niños que van y vienen, como sus padres, y donde más problemas ha habido es en la parte de Nicaragua, porque las autoridades educativas nicaragüenses ven que los niños llegan de una escuela costarricense y no los aceptan en las nicaragüenses, peor si el niño es costarricense, aunque hijo de nicaragüenses.
En el caso específico de la profesora Idalia Mora, ha llegado a luchar para que las autoridades de la Caja del seguro social costarricense faciliten el trámite para que los niños nicaragüenses recién llegados sean atendidos pronto en el sistema de salud del país y también ha discutido con el alcalde de Poás para que no abandone en su gestión a la zona de Calle El Sitio Abajo. Incluso, al sacerdote de la zona no le gusta llegar a la comunidad porque dice que le pueden robar las llantas del vehículo, pues ha habido casos de nicaragüenses que roban y le han dado mala fama a Calle El Sitio Abajo.
Una vida hecha en Costa Rica
A Leslin Geovanny López, de 21 años, le va bien en los cortes de café, porque no tiene esposa aún, ni hijos, y en la semana se gana no menos de 80 mil colones, unos 160 dólares aproximadamente.
Llegó a Costa Rica hace 19 años, de la mano de sus padres, quienes ahora son residentes. “Yo soy nacido en El Rama. Ya fui a sacar mi cédula a Nicaragua”, indica el joven, quien prefirió quedarse en el vecino país del sur porque ahí hay “oportunidades de trabajo”, afirma.
“Mis hermanos son ticos y ya tenemos una vida acá, en Calle El Sitio”, comenta López.

En Nicaragua las cosas no están bien
Uno de los nicaragüenses más nuevos en Calle El Sitio Abajo es José Luis López Romero, de 34 años, originario de Santo Tomás, Chontales.
“Tengo tres meses de estar acá. Nunca había venido. Ando en la cogida de café porque me dijeron que estaba buena y es cierto, porque ahorita estoy sacando 110 mil colones (220 dólares) a la semana. Y eso que nunca antes había cortado café”, explica López Romero.
“(Con unos amigos) andamos buscando cómo ganarnos la vida, porque ahorita en Nicaragua no está bueno el trabajo”, comenta.
Una reforma migratoria que preocupa
Desde hace unas tres semanas los nicaragüenses que van a cortar café a Costa Rica, y también los que ya se han asentado en ese país, está preocupados por una reforma a la Ley de Migración que idearon los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo, y que ya fue aprobada por la Asamblea Nacional.
Se trata de que ahora se castigará con cárcel a quienes pasen de manera irregular la frontera sur de Nicaragua, algo que afectaría la posibilidad de los nicaragüenses que quieren cortar café por temporadas en Costa Rica, pero también de los que ya se han quedado en Costa Rica, porque no podrán visitar a sus familiares en Nicaragua o viceversa.
«Comete el delito de evasión de control fronterizo, quien ingrese, salga o pretenda salir del territorio nacional, de forma no regular, evadiendo los controles migratorios de los puestos fronterizos o por cualquier punto no habilitado, con fines de menoscabar la integridad, la independencia, la soberanía y la autodeterminación de la nación, comprometer la paz, alterar el orden constitucional, fomentar o provocar, proponer, conspirar e inducir a actos terroristas o de desestabilización económica y social del país; serán sancionados con prisión de dos a seis años y de seiscientos a mil días multa», se leerá ahora en el artículo 138 bis del Código Penal de Nicaragua.
Helen Castro asevera que los nicaragüenses, aunque tengan documentación migratoria, siempre pasan irregular la frontera sur de Nicaragua, porque, como en el caso de ella, “hay que estar yendo cada tres meses a visar y, con los niños, se me hace difícil ir”.

El abogado y defensor de derechos humanos, Gonzalo Carrión, quien vive exiliado en Costa Rica, explica que es razonable que los nicaragüenses cortadores de café en ese país tengan temor ante la reforma migratoria de los Ortega Murillo porque, aunque se intuye que se trata de una maniobra legal con “dedicatoria” para los opositores, la reforma no específica contra quiénes es aplicable la misma.
Mientras la dictadura no comience la aplicación de la reforma, Carrión considera que tanto los opositores como los migrantes económicos “deben de estar chivas” ante la amenaza de cárcel por pasar irregular la frontera.
Por su parte, el ambientalista Amaru Ruiz, quien maneja información sobre lo que ocurre a lo largo del fronterizo río San Juan, comenta que el régimen Ortega Murillo aún no comienza a hacer efectiva la reforma y que todavía hay flujo de nicaragüenses pasando de forma irregular.
Ruiz admite que hay preocupación por la reforma, pero afirma que los nicaragüenses seguirán pasando por puntos ciegos, a pesar de la misma, debido a las necesidades económicas de la población.
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