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Cada 12 de diciembre, el fervor mariano une a millones de fieles latinoamericanos en torno a la Virgen de Guadalupe, símbolo de esperanza para los más vulnerables. En Nicaragua, la devoción mariana se encuentra arraigada en las festividades de la Purísima Concepción de María. Sin embargo, estas expresiones de fe han sido violentadas por la dictadura bicéfala de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que ha intentado manipular la espiritualidad del pueblo para sus propios fines.
Desde 2008, Rosario Murillo inició su ofensiva contra la fe del pueblo nicaragüense. Con su sello esotérico, aparecieron en ocho rotondas de Managua los llamados “rezadores”, pequeños grupos pagados para rezar por la paz en Nicaragua. Estos individuos, reclutados por el régimen, recibían 200 córdobas para cuidar las rotondas y proyectar una falsa imagen de devoción popular.
Además, antes de 2018, las celebraciones de la Purísima fueron politizadas en los ministerios estatales, donde se usaron símbolos religiosos con fines propagandísticos. El intento más descarado ocurrió cuando el régimen trató de modificar el manto azul y blanco de la Virgen María, cambiándolo por los colores asociados al Frente Sandinista. La firme oposición de varios obispos evitó este ultraje, dejando claro que la espiritualidad auténtica no puede ser doblegada por el poder político.
El régimen también ha perseguido, encarcelado y desterrado a líderes religiosos que han alzado su voz por la justicia. Entre los casos más emblemáticos está el encarcelamiento del obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, quien fue detenido arbitrariamente y enviado al destierro tras rechazar las condiciones humillantes impuestas por el régimen. Asimismo, el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, fue forzado al exilio en 2019. Los obispos Isidoro Mora, de Siuna, y Carlos Herrera, de Jinotega, también fueron expulsados del país. Estos líderes espirituales, junto con cientos de sacerdotes y religiosas, han sido víctimas de una estrategia de silenciamiento que busca destruir el papel profético de la Iglesia en Nicaragua.
En este contexto de persecución, el destierro de la hermana Azucena Bracamonte Valle, misionera de las Hermanas Franciscanas Alcantarinas, simboliza la resistencia espiritual de quienes dedican su vida al servicio de los demás. Educadora y evangelizadora, la hermana Azucena intentaba regresar a Nicaragua tras dos años en el extranjero, pero en México, al igual que a muchas otras religiosas nicaragüenses, se le negó abordar su vuelo debido a una absurda acusación de “traición a la patria”. Desde su reconocimiento legal en Nicaragua en 1993, las Hermanas Franciscanas Alcantarinas han sido un pilar de esperanza en comunidades como Matagalpa, ofreciendo educación, consuelo espiritual y asistencia humanitaria.
En Nicaragua, esta libertad ha sido atacada no solo contra la Iglesia católica, sino también contra otras denominaciones religiosas. El Ministerio Puerta de la Montaña, con 13 de sus miembros encarcelados, incluidos sus abogados, es un ejemplo claro de que la represión no discrimina credos.
Como expresó el papa Francisco en su carta pastoral al pueblo de Nicaragua: “La libertad de las hijas y los hijos de Dios, que nadie nos puede arrebatar” es un don que trasciende la fe y protege la esencia de nuestra humanidad. Allí donde se reprime la religión, también se quebrantan otras libertades fundamentales.
El pasado 8 de diciembre, durante la Jornada de Oración por Nicaragua, los obispos y fieles de la región unieron sus voces en un acto de solidaridad cristiana. Estas iniciativas nos recuerdan que la libertad religiosa no es solo un asunto de fe, sino un principio universal que sostiene los valores de justicia, dignidad y libertad en cualquier sociedad.
En las bodas de Caná, la Virgen María, con su sabiduría maternal, dirigió a los sirvientes las palabras que aún hoy resuenan como una guía para todos nosotros: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2,5). En medio de la persecución y el sufrimiento que enfrenta el pueblo nicaragüense, este llamado de María cobra una relevancia especial. Nos recuerda que, aunque la injusticia parezca prevalecer, la respuesta siempre estará en el amor y la fe.
Hacer lo que Él nos dice significa ser valientes, defender la verdad, proteger la libertad de los demás y, sobre todo, no perder la esperanza. La Virgen María nos pide que escuchemos a su Hijo. Es un llamado a no permanecer indiferentes, a actuar con valentía y a ser luz en medio de la oscuridad, reflejando el amor de Dios en nuestras acciones diarias.
¡Que así sea!
El autor es académico y activista político en el exilio.