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A fines de noviembre de 1856, William Walker ordenó a su oficial subordinado Charles Henningsen que incendiara la ciudad de Granada, donde las fuerzas nicaragüenses estaban poniendo en fuga a las huestes filibusteras. Antes de huir de la ciudad en llamas, Henningsen sembró un rótulo que decía: “Aquí fue Granada”.
Durante varios días ardió la histórica ciudad nicaragüense que fue fundada el 8 de diciembre de 1524 por el conquistador español Francisco Hernández de Córdoba. El incendio, saqueo y destrucción de Granada perpetrados por los filibusteros fue peor que los que un siglo atrás cometieron lo piratas que asolaban los mares y atacaron la emblemática ciudad nicaragüense.
Sobre aquel horroroso hecho que ahora sería calificado jurídicamente como crimen de guerra y de lesa humanidad, Humberto Belli relata en su libro Buscando la Tierra Prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019:
“El incendio comenzó el 23 de noviembre (de 1856) y duró muchos días. La escena fue dantesca. Los habitantes dejaban sus casas en medio del llanto y la rabia, con los pocos enseres que podían salvar. Mientras las llamas enrojecían el cielo la soldadesca filibustera, totalmente fuera de control, se dedicaba al saqueo y la embriaguez”.
Pero, a pesar de la neroniana acción de los filibusteros Granada siguió allí, en el mismo lugar donde había sido fundada 332 años atrás, de acuerdo con el modelo europeo de ciudad. Apenas terminó la Guerra Nacional con la derrota filibustera, las autoridades nicaragüenses comenzaron la reconstrucción de la ciudad y restauraron su misma hermosa arquitectura colonial de estilo clásico, como había sido construida originalmente. Y este 8 de diciembre de 2024 Granada ha cumplido su quinto centenario de haber sido fundada.
Granada es una ciudad tan heroica como resiliente. Ha sido capaz de renacer de sus cenizas como la mítica Ave Fénix, de reconstruirse físicamente y darse una identidad propia dentro de la nicaragüense en general; y de convertirse en un centro y foco de cultura irradiada a todo el país y la nación.
¿Quién no recuerda, por ejemplo, el gran Festival Internacional de Poesía de Granada que congregaba a poetas de diversos países del mundo y ponía a Nicaragua en la cúspide de la cultura literaria mundial? Era un éxito clamoroso que lamentablemente fue cancelado por la tiranía que asuela ahora a la nación.
Pero, a pesar de los malos tiempos que hay actualmente en Granada y Nicaragua (otro más, de los tantos que ha vivido y sufrido a lo largo de su historia), los granadinos han festejado el quinto centenario de su ciudad orgullosos de su abolengo y de haber sido cuna de héroes y próceres, de personas santas y de creadores de cultura que han hecho un aporte invaluable a Nicaragua.
No es posible mencionar a tantas personas granadinas ilustres a las que por sus contribuciones de toda clase se les recuerda con orgullo y gratitud. Como monseñor José Antonio Lezcano, José Coronel Urtecho, Ernesto Cardenal, Carlos Martínez Rivas, Armando Morales, Isolda Hurtado, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y Francisco de Asís Fernández, entre tantos otros.
Pero, ¿cómo no mencionar a Sor María Romero, la granadina que es la única beata de Nicaragua, santa en realidad, pues solo falta su canonización para que sea elevada a los altares de la Iglesia católica en su legítima condición de santidad.
Sor María Romero fue beatifica por el entonces papa y ahora santo, Juan Pablo II, el 14 de abril de 2002. 22 años después de su beatificación, es justo y necesario que sea canonizada y por lo tanto consagrada oficialmente como santa de Nicaragua y de la Iglesia católica universal.
En realidad, una inmensa muestra de cercanía y solidaridad con la Iglesia y el pueblo católico de Nicaragua, que podría hacer el papa Francisco actualmente, sería canonizar y por tanto santificar a Sor María. Se fortalecería inmensamente la fe de los creyentes nicaragüenses, la esperanza en que por la Virgen María y Sor María Romero habrán de venir la libertad y la verdadera paz en Nicaragua.