En el editorial del sábado recién pasado “¿Cuántas estaciones tendrá el actual viacrucis de la Iglesia católica de Nicaragua”, comentamos que a pesar de que la institución religiosa guarda silencio ante la cruda represión gubernamental que viene sufriendo desde 2018, la represión del régimen no cesa ni disminuye.
Nos referíamos en particular a la última ola de encarcelamiento de sacerdotes ocurrida la semana pasada, en vísperas de la celebración del Santo Cura de Ars, Juan María Vianey, patrono de los clérigos católicos.
El régimen no informa por qué encarcela a los sacerdotes y asedia a las parroquias y la Iglesia por su parte no dice nada sobre esta situación. Pero a nuestro juicio la represión es por intolerancia religiosa, por odio a la religión y en particular a la católica que cuestionó el autoritarismo del régimen y apoyó la demanda a Daniel Ortega para que renunciara a la Presidencia de Nicaragua y permitiera la oportunidad de una transición pacífica a la democracia.
Sin embargo, es muy probable que para la última redada de sacerdotes católicos el régimen tenga una razón coyuntural y particular. Parece obvio que la dictadura quiere conseguir de la Iglesia católica algo más de lo que ya le ha arrebatado. No de la Iglesia local, de Nicaragua, porque esta ya tiene muy poco que dar al poder estatal totalitarista. Pero del Vaticano o el papa Francisco sí podría conseguir todavía concesiones muy importantes.
Se sabe que ha habido diálogo o negociación del régimen con el Vaticano. Por eso la Santa Sede logró en enero pasado la excarcelación de los obispos y sacerdotes que fueron desterrados a Roma. Ambas partes reconocieron en aquella ocasión la negociación y dijeron que el diálogo continuaba.
Después de la excarcelación y destierro de los religiosos católicos el papa Francisco ratificó en sus cargos episcopales a monseñor Silvio Báez y Rolando Álvarez, el primero obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua y el otro obispo de Matagalpa y administrador de la Diócesis de Estelí.
Siendo los monseñores Báez y Álvarez los obispos más odiados por los cabecillas del régimen, estos deben haber tomado aquella decisión del papa Francisco como un desafío que les resulta insoportable. Y seguramente lo quieren revertir.
En realidad, es fácil suponer que Ortega y Murillo quieren que Báez y Álvarez desaparezcan de la jerarquía católica de Nicaragua, que el papa Francisco los sustituya con nuevos obispos del agrado del régimen, escogidos preferiblemente entre los pocos sacerdotes que se identifican con el sandinismo que está en el poder.
De manera que es de suponer que los nuevos clérigos encarcelados son para el régimen rehenes y fichas de cambio en la negociación con el Vaticano, con el fin de sacar definitivamente a los obispos Báez y Álvarez de sus diócesis. Aunque solo de manera simbólica están a cargo de ellas.
Por cierto que, según comentarios en privado de algunos familiares de presos políticos, en los últimos días han ocurrido movimientos extraños en las prisiones, como señales de que en cualquier momento podrían ser excarcelados y desterrados, como ya ha ocurrido antes.
De manera que la pelota está en la cancha, solo que el juego no es con balones de futbol sino con personas humanas que además están consagradas para el servicio religioso, como son los sacerdotes católicos.