En el editorial de LA PRENSA del viernes 26 de julio, titulado “Homenaje olímpico a periodistas asesinados por hacer su trabajo”, elogiamos a los organizadores de las Olimpiadas de París por la acertada decisión de rendir homenaje a los periodistas muertos y heridos en el cumplimiento de su trabajo y su deber profesional.
Ahora tenemos la obligación moral de reprobarlos severamente, por haber incluido en el espectáculo de inauguración de las Olimpiadas una grotesca parodia de la famosa pintura de Leonardo da Vinci, La Última Cena; la cual, como es bien sabido, representa el momento fundacional de la religión cristiana cuando Jesucristo reunido con sus apóstoles antes de la pasión de su crucifixión, muerte y resurrección, mandó a que se le recordara siempre mediante el sacramento de la eucaristía.
Cabe señalar que según la quinta definición de olímpico en el Diccionario de la Lengua Española, esta palabra significa “altanero, soberbio, engreído, presuntuoso…” Lo que fue, sin duda, la deleznable parodia de la última cena de Jesucristo escenificada por extravagantes personajes pertenecientes o simulando pertenecer a las distintas variantes de sexo establecidas por la decadente “cultura artística” contemporánea.
Por otra parte, es insólito que los organizadores de las Olimpiadas de París incluyeran esa grave ofensa a la religión católica y cristiana en general, por cuanto ha significado una violación de los principios y valores del olimpismo. Los cuales, como lo destacamos en el editorial del pasado viernes 26 de julio, promueven la paz entre los países, las naciones y las personas, y se fundan en el respeto incondicional a todas las creencias religiosas y opiniones de la gente.
Además, como dijeron los obispos católicos de Francia en un comunicado de protesta por la grave ofensa infringida a los cristianos de todo el mundo, los promotores de semejante ultraje ignoraron o han pretendido ignorar que fue precisamente un religioso católico francés, el fraile dominico Henri Louis Rémy Didon, el autor del lema de las olimpiadas que dice: Citius, Altius, Fortius, o sea, más rápido, más alto, más fuerte.
La Conferencia de Obispos de Francia, en su comunicado de protesta “por las escenas de escarnio y burla al cristianismo” presentadas en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París, reconoce con honestidad que el espectáculo tuvo “momentos de belleza, alegría, rico en emociones y universalmente saludados”. Y así fue, en efecto, salvo la lamentable parodia de La Última Cena que demeritó el espectáculo.
Los organizadores de las Olimpiadas de París y responsables del montaje de la abominable parodia de La Última Cena, trataron de justificar su felonía arguyendo que lo hicieron por el “inclusionismo cultural” y la “libertad de expresión” que se practica en Francia.
Pero la libertad de expresión no significa derecho a difamar ni ofender. La libertad de expresión tiene límites legales y morales, como el respeto a la reputación, la dignidad y la honra de las personas, así como a sus creencias religiosas que son sagradas para ellos.
El medio informativo Infobae reportó sobre la parodia chocarrera de La Última Cena, que en las redes sociales de todo el mundo “la inclusión de esa escena grotesca hacia la fe católica fue duramente criticada”. Y que muchos se preguntaron qué habría pasado si la parodia hubiese tenido por blanco a otra religión, como la musulmana.
Es obvio que jamás se hubieran atrevido a hacer algo así contra la religión islámica. Cabe recordar al respecto que, en la misma ciudad de París, en enero de 2015 un grupo de terroristas musulmanes asesinó en nombre y defensa de su religión a doce personas de la revista satírica Charlie Hebdo, por haber publicado una caricatura ofensiva a Mahoma.
El catolicismo y cristianismo en general es una religión de paz, tolerancia y perdón, que exalta la libertad y promueve el amor y la fraternidad entre las personas y las naciones de todo el mundo. Por eso sus enemigos la atacan y ofenden y hasta sostienen que tienen derecho de hacerlo impunemente.