Nicaragua se ha convertido en un referente de legislación represiva para la pequeña comunidad de Estados autoritarios de América Latina y el Caribe, los del socialismo del siglo XXI.
“Nicaragua como mal ejemplo”, ha escrito la revista Havana Times al informar sobre una ley aprobada la semana pasada por el régimen de Cuba, para quitarle la ciudadanía a personas de ese país que realicen actividades de oposición a la dictadura comunista.
“Varias organizaciones y defensores de los derechos humanos han advertido sobre el potencial uso político de la desnacionalización en Cuba, apuntando a Nicaragua como reciente ejemplo”, indica la publicación mencionada.
En el mismo sentido, en septiembre del año pasado, el medio nicaragüense de entrevistas e investigaciones políticas, Expediente Público, informó que la dictadura bolivariana de Nicolás Maduro ha dictado y está aplicando leyes represivas contra opositores, acusándolos falsamente de lavado de dinero; leyes que fueron copiadas de las que el régimen de Nicaragua dictó y comenzó a aplicar desde que radicalizó la represión en 2021.
En la primera parte del siglo pasado, la Rusia Soviética, que fue el primer Estado comunista del mundo, creó un modelo totalitario de represión legal y práctica que fue copiado por los demás países de Europa, Asia y América (Cuba) en los que se impuso ese sistema totalitario después de la II Guerra Mundial.
También el Estado nazi-hitleriano de Alemania (1933-1945) copió algunas formas de represión creadas en Rusia y la Unión Soviética, y las perfeccionó y superó en crueldad e inhumanidad.
Pero la represión existe desde tiempos inmemoriales, prácticamente desde que unos hombres inventaron el poder político y crearon el Estado para dominar a los demás. Y en cada época de la historia la represión ha adquirido diversas formas, de acuerdo con la cultura nacional de cada país y sobre todo por los impulsos criminales de los dictadores y tiranos.
“Los métodos represivos son muchos. Tanto como la imaginación humana ha sido capaz de concebir”, escribe Rodrigo Borja en su Enciclopedia de la Política. “Desde los más sutiles —añade—, como la censura, la amenaza, la persecución económica y muchísimas otras formas de hostigamiento político, hasta los más brutales, como cárcel, la pena de muerte, el terrorismo, la tortura, la amputación, los campos de concentración”.
Hay que agregar la apatridia, una forma de represión cruel e inhumana, que despoja a las personas de su nacionalidad, les quita su identidad y las condena a la muerte civil, jurídica y política. A una muerte en vida, porque los apátridas no tienen derecho a obtener un empleo, ni a recibir atención médica, estudiar en escuelas, institutos y universidades, adquirir una propiedad, abrir una cuenta bancaria o tener una tarjeta de crédito, casarse, etc.
Por eso es tan valiosa y hermosa la solidaridad de España y otros gobiernos hispanoamericanos que generosamente han concedido su propia nacionalidad a muchos nicaragüenses condenados por el régimen al destierro y la apatridia.
Eso es un internacionalismo fraternal y humanístico, opuesto completamente al de las dictaduras que intercambian modelos y experiencias de represión y compiten para ver cuáles son peores. Las democracias se asocian para apoyarse unas a otras y que las fuertes y desarrolladas ayuden a las débiles. Las dictaduras también se unen para respaldarse mutuamente, pero sobre todo con el fin de aprender unas de las otras a cómo hacer el mayor daño a sus propios pueblos, particularmente a las personas que disienten del poder y reclaman respeto a sus derechos.
En ese desgraciado sentido es que Nicaragua —pero por justicia debería decirse el régimen del país— está siendo citada como un mal ejemplo.