La retirada de Biden y la difícil relación de EE.UU. con Nicaragua

El periódico de Estados Unidos (EE. UU.) The New York Times (TNYT), calificó como “una decisión valiente” del presidente Joe Biden su retirada de la campaña para su reelección presidencial en noviembre próximo.

Se entiende esa valoración, pues se conoce que ese gran periódico considerado como el más influyente de Estados Unidos (EE. UU.), habitualmente se inclina editorialmente hacia las políticas del Partido Demócrata, sin dejar de ser independiente y crítico.

Según el Times, si Biden no hubiera renunciado “habría aumentado considerablemente la probabilidad de que Trump retomara la presidencia y potencialmente controlara ambas cámaras del Congreso”. Y agrega que “Biden ha hecho ahora lo que Trump nunca hará: ha antepuesto el interés nacional a su propio orgullo y ambición”.

Los analistas señalan que esta decisión de Biden es histórica, porque apenas es la segunda vez que un presidente de EE. UU. decide abandonar la campaña de su propia reelección. El primero en hacerlo fue el expresidente también demócrata Lindon B. Johnson, en 1968.

Sin duda que la decisión del presidente Biden y su apoyo expreso a la vicepresidenta Kamala Harris como su sustituta en la campaña para la elección presidencial de este año, así como la posibilidad de que ella pudiera vencer a Donald Trump, es ante todo un asunto del interés de los estadounidenses.

Sin embargo, por su posición en el planeta como principal potencia mundial, los movimientos políticos en EE. UU. y sobre todo cuando se trata de una elección presidencial, es algo que importa a todos los países del mundo, sean sus amigos o enemigos y los que se declaran neutrales o no alineados en los vaivenes de la geopolítica global.

En Nicaragua interesa la elección presidencial de EE. UU., no porque este país sea enemigo del pueblo nicaragüense como asegura de manera recurrente Daniel Ortega en su reiterado y anacrónico discurso antiyanqui. Importa por grandes razones económicas y políticas.

Realmente, en los últimos tiempos EE. UU. ha sido más bien un apoyo a Nicaragua con sus programas de cooperación, créditos e inversiones privadas para el desarrollo. A pesar del esfuerzo del régimen sandinista de sacar a Nicaragua del mundo occidental democrático, EE. UU. sigue siendo el principal socio económico del país y el principal destino de la emigración nicaragüense. Es origen de más del ochenta por ciento de las remesas familiares que llegan al país anualmente, que sostienen en gran medida la economía nacional y aseguran la subsistencia de una inmensa cantidad de familias nicaragüenses.

Pero no solo por motivos económicos y vecindad geográfica sino también por vínculos históricos, culturales y políticos, EE. UU. y Nicaragua deben de ser amigos y tener relaciones cordiales y de cooperación en beneficio mutuo. Sin embargo, las relaciones entre sus gobiernos son malas actualmente y todo hace indicar que en el futuro próximo podrían ser peores, dependiendo de quién gane las elecciones estadounidenses de noviembre próximo.

De allí que, independientemente de lo que se piense del sistema de vida de EE. UU. y de su política doméstica y exterior, para bien o para mal el desenlace de su proceso electoral inevitablemente tendrá un significativo impacto en Nicaragua.

Editorial
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