El 19 de julio en Nicaragua tiene muchos significados para los nicaragüenses, relativos a sus puntos de vista y sus realidades en la sociedad. Lo cierto es que para los sandinistas significa el aniversario de «la liberación de Nicaragua de una dictadura criminal y atroz», pero para muchos otros no es más que un terrible y traumático recuerdo de su pasado, una fecha que vivirá para siempre en la infamia.
Este ensayo pretende exponer las vicisitudes que varios grupos de la población nicaragüense sufrieron durante el período de la Revolución sandinista, en contraste con el escenario romantizado y heroico que la primera dictadura sandinista quiso imponer en la mente y la memoria de los nicaragüenses.
El 17 de noviembre de 1980, un jeep Cherokee se acercaba a un pequeño poblado frío y nublado en El Crucero. Su conductor, un reconocido empresario cafetalero y activista político opositor al régimen sandinista, no se imaginaba que se estaba acercando a su inminente fin, pues agentes de la infame Seguridad del Estado (DGSE) ya se encontraban en el punto previsto para acribillarlo. Don Jorge Salazar iba solo y desarmado, pero sus asesinos dejaron una bolsa llena con armas pequeñas para ser utilizada como “evidencia” en el cínico informe donde el régimen afirmaba que hubo un “tiroteo” en la escena del crimen. Aunque dicho montaje nunca fue creído por la oposición interna del país, aumentó las crecientes tensiones entre el Cosep y el gobierno sandinista de aquella época y también desató una oleada de condena internacional.
Para la ocasión de la muerte de Tomás Borge, uno de los comandantes de la Revolución sandinista, la periodista Jennifer Ortiz relata que, haciendo un perfil sobre ese tipo, el excomandante sandinista Víctor Tirado, en su sano juicio, le contó una anécdota horrenda: Llegaron a la casa de unos campesinos a esconderse de la guardia somocista, una «casa de seguridad». No solo les dieron techo y comida por esa noche, los miraban con admiración. Tomás violó a la niña de 11 años, ante el reclamo, este amenazó con matarles. Tirado dijo haber convencido al abusador para que se retiraran sin silenciarlos por lo sucedido.
Muchas historias más como esas escuché de personas que gozan de credibilidad y respeto, haber muerto no te hace héroe, ni borra quién fuiste y lo que dejaste en la memoria de los demás, citó la reconocida periodista.
El 23 de noviembre de 1992, después del triunfo electoral de la UNO de Violeta Barrios de Chamorro que desplazó a los sandinistas del poder ejecutivo, muy temprano por la mañana, el doctor Arges Sequeira Mangas recibió una llamada que le advertía que algo andaba mal. El reconocido y confiscado empresario, que además presidía a la Upanic y era miembro ejecutivo del Cosep, decidió partir a pie hacia su hacienda La Queresita con el joven Julián Espinoza, ya que se encontraban cerca de la propiedad y no había mucho sol durante esa mañana.
Iban caminando por las vías del ferrocarril cuando fueron interceptados por Frank Ibarra, Germán Lacayo y Diego Espinoza, miembros de la Seguridad del Estado sandinista (DGSE), quienes golpearon brutalmente al joven Julián y dispararon seis veces al cráneo del doctor Arges. A los 58 años de edad murió asesinado quien también fuera vicepresidente del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de la época y quien algunos afirman si hubiese vivido, Arnoldo Alemán jamás hubiera llegado a la presidencia del partido liberal, pues el doctor Sequeira gozaba de una gran popularidad y reconocimiento por su activismo y gestión para recuperar las propiedades robadas por el Frente Sandinista a miles de familias y empresarios nicaragüenses durante la revolución.
En diciembre de 1981, mientras las familias nicaragüenses trataban de “celebrar” en lo posible la época navideña, quizá para algunos pobladores fue una blanca Navidad, pero para una población indígena de las regiones autónomas del país, no tan solo fue una Navidad Roja, sino uno de los episodios más oscuros de su existencia, quizás más que los sufrimientos padecidos durante la conquista inglesa y española.
El régimen sandinista avanzaba obsesionado con su reforma agraria, que bajo la premisa marxista de “redistribuir justamente las riquezas” excusaba el robo y el desmantelamiento de la propiedad privada de los nicaragüenses. Pero los miskitos, al igual que muchas otras poblaciones indígenas en el continente americano, tienen un fuerte arraigo y sentido de pertenencia tanto territorial como cultural. Obviamente, jamás iban a estar de acuerdo con la expropiación y redistribución de sus tierras. Entre los miskitos se levantaron varios liderazgos en defensa de sus tierras y tradiciones, lo que les costó ser denominados por la cúpula mayor del Frente Sandinista como objetivo militar.
En ese fatídico diciembre para las comunidades miskitas de Nicaragua, el Ejército sandinista emprendió una operación militar para capturar y remover a “colaboradores de la Contra” dentro de los territorios miskitos. Esa es la excusa que el régimen utilizó para ejecutar uno de los genocidios a comunidades indígenas más atroces en la historia de América. En los testimonios recogidos por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se documentan testimonios de líderes comunitarios y víctimas de la represión. Uno de los testimonios anónimos por motivos de seguridad describe cómo las fuerzas sandinistas llegaron a las comunidades miskitas donde quemaron casas, destruyeron cultivos y detuvieron a muchos hombres, mujeres y niños a quienes acusaron de colaborar con la Contra, sin evidencia alguna para posteriormente asesinarlos sumariamente.
A estos casos documentados se agregan las miles de historias más por parte de exiliados nicaragüenses en los años 80 y después del 2018 que tuvieron que abandonar su país debido a la represión sandinista y a los asesinatos de sus familiares. Quienes hasta hoy no han podido regresar a su patria debido al miedo y al trauma que contrae regresar a las tierras aún ocupadas por los sandinistas, donde un día vieron desangrándose hasta la muerte o en estado de descomposición a sus seres queridos.
Estas mismas historias se repiten una y otra vez desde 1979 hasta la fecha, lo que a muchos nos hace cuestionarnos: ¿Cuál ha sido en realidad el legado de la Revolución sandinista? Porque las cosas no son lo que se repite en los discursos, sino lo que es tangible en la realidad, lo que existe, ha existido y con suerte se ha podido documentar. Lo cierto es que el 19 de julio, más que una revolución fallida o traicionada, significó más derramamiento de sangre y miseria para la población nicaragüense. Pues lejos de lo que los sandinistas decían que iban a lograr en Nicaragua, solo lograron destrozar más al país, hasta el día de hoy que con cientos de asesinados más, cientos de presos políticos, exiliados y expatriados políticos se suman a la larga lista de consecuencias que trajo la llegada del sandinismo al poder desde 1979 y el 2007.
Todo esto nos hace también preguntarnos: ¿Qué celebran en realidad los sandinistas el 19 de Julio? ¿El hecho de que lograron liberarse de una dictadura cruel y despiadada que los reprimía y perseguía, o el de que ahora son ellos los que pueden oprimir?
El autor es becario del Programa de Becas por la Democracia de Expediente Abierto.