El pasado domingo 14 de julio Daniel Ortega dictó y publicó un decreto mediante el cual declaró a la juventud “patrimonio nacional de Nicaragua”. Se trata a todas luces de una decisión demagógica y propagandística, en el contexto de la bulliciosa celebración oficialista del 45 aniversario de la Revolución Sandinista.
La juventud, sin necesidad de decretos gubernamentales es por sí misma un patrimonio nacional en todos los países y de la humanidad en su conjunto, porque es relevo generacional, fuerza laboral creadora física e intelectual y dinámico motor humano del progreso económico, social, científico, técnico y cultural.
En realidad, todos los estratos poblacionales son patrimonio nacional de la sociedad, en el entendido de que es la suma de recursos y valores con los que cuenta el país para desarrollo económico y progreso social. En tal sentido también la gente de mayor edad es un patrimonio nacional, por su legado, por todo lo que ha creado para el bien de la sociedad, material y culturalmente, con el valor agregado de la experiencia y sabiduría acumuladas.
Precisamente en reconocimiento de la juventud como valioso patrimonio de cada país y de la humanidad en su conjunto, las Naciones Unidas (ONU) celebraron en 1985 el Año Internacional de la Juventud y en 1999 instituyeron el 12 de agosto como Día Internacional de la Juventud.
La ONU, por medio de la Unicef ha definido la juventud como “un período lleno de oportunidades y cambios en el que (las personas jóvenes) van desplegando sus capacidades y facultades para aprender, experimentar, estimular su pensamiento crítico, expresar su libertad y formar parte de procesos sociales y políticos”.
Pero no es en ese sentido que Daniel Ortega ha decretado que la juventud sea patrimonio nacional de Nicaragua. No lo ha hecho para estimular el pensamiento crítico de los jóvenes ni empoderarlos a fin de que expresen su libertad y participen con criterio propio en los procesos políticos de la sociedad. Lo ha hecho para subordinarlos al régimen establecido y promover en ellos una fidelidad acrítica a los líderes del Estado impuestos desde arriba.
En realidad, en Nicaragua hay dos juventudes claramente diferenciadas. A un lado está la juventud sometida al poder del sandinismo orteguista, que ha sido organizada para aplaudir las políticas autoritarias. Y al otro lado está la juventud de conciencia libre y pensamiento propio. La que impulsó la épica rebelión cívica democrática de abril de 2018 que cambió el curso de la historia de Nicaragua. La juventud que a pesar de haber sido derrotada temporalmente por la represión desmedida y brutal, le dio al país y al mundo una hermosa lección de dignidad y honor, de valentía y disposición al sacrificio por amor a la libertad, la justicia y la democracia.
Esa es la juventud que constituye un patrimonio humano nacional, con líderes propios que son la garantía de que habrá una Nicaragua nueva y mejor para todos. Incluso para los que por ahora doblan la cerviz ante el caudillismo autoritario.