Nicaragua ya superó a Venezuela

Hay pocas cosas en las que un país tan pequeño, subdesarrollado y socialmente fracturado como Nicaragua puede competir y superar a otros más grandes. Esa excepción es la represión y el control autoritario.

Hace algunos años, hablar del «escenario venezolano» era sinónimo de terror para los nicaragüenses y economistas en la región, ya que significaba que la situación política, social y económica podía empeorar hasta niveles catastróficos. Hoy sucede lo contrario, pues en Venezuela, los medios de opinión y analistas políticos hablan del «escenario nicaragüense» como una de las peores opciones para Venezuela o cualquier otro Estado.

Y no es para menos. Si bien la situación económica de Nicaragua no ha alcanzado el nivel de deterioro y caos venezolano, sobre todo en términos de su estratosférica inflación, lo ha superado en términos de persecución y encarcelamientos políticos, el despojo masivo de nacionalidades, el destierro, el cierre de organizaciones no gubernamentales, la confiscación de propiedades, universidades y colegios privados han sido el pan de cada día en el país centroamericano.

A eso se le suma la guerra abierta contra la Iglesia católica. Las crecientes restricciones a la libertad religiosa, incluido el secuestro de monseñor Rolando Álvarez, han aumentado el control social impuesto por la dictadura en Nicaragua, lo que prohíbe a los nicaragüenses ejercer cualquier forma de libertad, ya sea religiosa, de movilización, reunión o expresión, bajo el riesgo de enfrentar consecuencias para su seguridad personal.

En Venezuela, a pesar de los innumerables obstáculos, hemos observado la determinación de la oposición venezolana de defender la vía electoral, participando masivamente en elecciones primarias que resultaron en el triunfo de María Corina Machado y desatando la ira y terror del chavismo manifestado en las inhabilitaciones y escalada represiva. La dictadura no tuvo éxito, la esperanza es imparable y el apoyo masivo al candidato único es innegable.

Si bien no todo es color de rosas para los venezolanos y las comparaciones tienen innumerables matices, es innegable que cada cierto tiempo los venezolanos ven pequeñas luces al final de ese extenso túnel del autoritarismo y renuevan sus esperanzas y fuerzas para acercarse a una nueva oportunidad de cambio. Mientras tanto, en Nicaragua, el régimen sandinista liderado por Ortega está encaprichado en garantizar una penosa transición dinástica del poder a cualquier costo y se cierra a ofrecer alternativas y posibilidades reales de cambio a los nicaragüenses.

El cómo terminará la situación en Venezuela y si se cumplirá o no el temido escenario nicaragüense sigue siendo una incógnita, sin embargo, las posibilidades de cambio este 28 de julio permanecen latentes.

Corresponde a los demócratas mantenernos “irracionalmente optimistas” y esperar que la voluntad del pueblo venezolano se imponga sobre la terquedad del dictador, alentando la llama de esperanza para todos aquellos que luchamos contra las tiranías.

El autor es ex preso político, desterrado y despatriado. Miembro de la Asociación Universitaria Nicaragüense (AUN) en el exilio.

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