Después de haber llamado traidor a su hermano Humberto Ortega, y dejarlo bajo casa por cárcel de facto, ya nadie parece estar a salvo de la represión del dictador Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo.
Era algo que se sabía, pero que se terminó de confirmar con el asedio a su hermano, exjefe del Ejército y uno de los nueve comandantes de la revolución sandinista, de quien se dice fue el artífice para que, en 1979, al asumir el poder los sandinistas, Daniel Ortega fuera elegido, primero, miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN), que dirigió al país durante casi cinco años, y, seguidamente, el coordinador de la misma.

Daniel Ortega no entiende de agradecimientos en ese sentido y ya lo había demostrado agrediendo a personas que lo apoyaron en el pasado, como el hecho de dejar morir en la cárcel al exguerrillero sandinista Hugo Torres, quien fue parte del comando sandinista que en 1974 liberó de la cárcel al ahora dictador.
En esta ocasión, la Revista DOMINGO relata cinco pequeñas historias que revelan cómo Daniel Ortega, y también su esposa Rosario Murillo, se olvidaron de personajes que les apoyaron en algún momento, o que fueron importantes para que hoy estén en el poder, y aún así la arremetieron contra ellos mismos o contra sus hijos.
No se salva ni la hija del comandante en jefe de la revolución sandinista, Carlos Fonseca Amador, a quien tanto mencionan en sus discursos.
La hija del comandante
La ginecóloga Tania Fonseca Terán no anduvo curando heridos durante las protestas de 2018, a como se dijo inicialmente, pero sí se solidarizó con sus compañeros médicos que fueron despedidos del Hospital Escuela Óscar Danilo Rosales Argüello (Heodra).
Unas fotos, en las que se le ve abrazando a los doctores expulsados, fue suficiente para que los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo la vieran con malos ojos, a pesar de que es la hija de comandante en jefe de la revolución sandinista, Carlos Fonseca Amador, fundador principal del Frente Sandinista (FSLN).
Fonseca Terán nació en Nicaragua, pero en 1971, estando ella aún muy pequeña, su padre envió a la familia a Cuba, para protegerles de cualquier daño que pudiera causarles la Guardia Nacional de Anastasio Somoza Debayle, que lo perseguía a él por ser el principal líder del sandinismo, que luchaba contra la dictadura de Somoza.
Dos años después, Carlos Fonseca también se trasladó a Cuba y el gobierno cubano le daba un estipendio para que sustentara a su esposa Haydée Terán y a sus dos hijos, Tania y Carlos Fonseca Terán.
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Daniel Ortega, quien también estuvo en Cuba a partir de diciembre de 1974, tras ser liberado por un comando sandinista, conoció a Tania, porque vivía en constantes reuniones con Fonseca.
Fonseca regresó a Nicaragua, para internarse en la montaña, a pesar de que era el principal jefe del sandinismo, y, peor, que era miope. La Guardia lo mató.

A Tania no le dijeron que habían matado a su padre, contó ella misma en octubre de 2018 a la revista Magazine de La Prensa, pero, en la escuela de La Habana a la que asistía, sus compañeros de clases se lo revelaron, porque la noticia estaba en el mural del colegio. Tania fue a leer: “Según versiones de la Guardia Nacional…”. Era verdad.
Cuando regresó a Nicaragua, tras el triunfo de los sandinistas, Tania y su familia se instalaron en León. La gente le preguntaba: “¿Vos sos la hija de Carlos Fonseca?” Fue entonces que se dio cuenta que su papá fue muy importante.
En sus últimos años de secundaria, Tania Fonseca llegó a ser de la Juventud Sandinista (JS), pero no pasó a más. Con los años se distanció del sandinismo, al contrario de su hermano, Carlos Fonseca Terán.
Casada y con tres hijos, Tania Fonseca se dedicó a su profesión de médico. “Gracias a Dios yo he hecho mi vida totalmente al margen de la política. Me dedico a mi profesión y nunca me he sentido más dichosa, de que así sea, que en estos momentos”, explicó la hija del comandante Fonseca en 2018, cuando ya había explotado la crisis sociopolítica.
La dictadura de los Ortega Murillo nunca la ha emprendido directamente contra Tania Fonseca, pero la ha tocado “de refilón”, como se dice, explica una persona cercana a ella.
Junto a varios colegas médicos, Tania Fonseca era parte de la Asociación de Médicos Especialistas San Francisco (Amesfra). Ella y su esposo alquilaban un inmueble a la asociación, pero en octubre de 2023 la dictadura le canceló la personería jurídica a Amesfra, según se publicó en La Gaceta, diario oficial. Aunque no confiscaron la propiedad de Fonseca Terán y su esposo, en la que los socios tenían sus clínicas.
A cada uno de los médicos le correspondía ser el presidente de la asociación cada cierto periodo. Y, ese momento de la cancelación, coincidió en que la presidenta era Tania Fonseca. Los dictadores no respetaron eso y de todas formas cancelaron la asociación.
Más recientemente, en abril pasado, el periodista y desterrado Miguel Mendoza reveló en su cuenta de X que los dictadores no dejaron salir del país a Tania Fonseca Terán y a otros médicos y visitadores médicos que se dirigían a una actividad recreativa en Punta Cana, República Dominicana, invitados por un laboratorio médico.
Fuentes médicas confirmaron que Fonseca Terán sí iba en la excursión, pero que es probable que no se haya tratado de un asunto personal, porque la hija del comandante Carlos Fonseca ha salido del país en otras ocasiones.
La hija de un mártir de la revolución sandinista
Cristian Pérez Leiva fue un guerrillero sandinista asesinado por la Guardia Nacional el 12 de mayo de 1979, cerca de la laguna de Xiloá. Ese día, la Guardia llegó a unas casas y mató a alrededor de 11 personas. En la casa donde estaba Pérez Leiva, también mató a unos perros.
Pérez Leiva pertenecía a la tendencia GPP del Frente Sandinista (FSLN), pero, de último, se había integrado a la tendencia tercerista, la misma que dirigían Daniel Ortega, su hermano Humberto y el mexicano Víctor Tirado López.
Su hija menor, Anely Pérez Molina, había cumplido 4 años de edad, ocho días antes que a él lo mataran.
Como la Guardia mató a niños junto a Pérez Leiva, su esposa tuvo miedo de que también le hicieran daño a las dos hijas que procreó con él, y se asiló con ellas en la Embajada de México, de donde salieron en un avión a ese país y ahí estuvieron seis meses en el exilio, hasta que triunfaron los sandinistas y ellas regresaron a Nicaragua en octubre de 1979.
Anely Pérez Molina simpatizaba con los sandinistas, pero comenzó a disentir poco a poco.
En 2018, luego que estalló la crisis sociopolítica, como médica dermatóloga, Anely Pérez Molina se integró a la Unidad Médica Nicaragüense y también a la Alianza Cívica.
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En 2020, con la pandemia del covid-19, estuvo muy activa en el trabajo que realizó la Unidad Médica Nicaragüense.
El jueves 23 de marzo de 2023, la Policía llegó a su casa a arrestarla y los perros de su casa salieron a morder a los policías. Inmediatamente recordó que, cuando mataron a su papá, la Guardia mató a los perros que estaban con él. No quiso que la historia se repitiera y salió a pedirle a los policías que no mataran a los perros y menos delante de sus dos hijos.

La llevaron al Distrito 3 de Managua, donde estuvo encarcelada tres días. Como su papá estuvo dos veces presos, en manos de la Guardia, ella lo recordó todo ese tiempo, pensando que ofrendó su vida para que hubiese un cambio en Nicaragua.
Los interrogadores la cuestionaban por su amistad con algunos de los 222 que un mes antes habían sido excarcelados y desterrados, especialmente por los que habían sido de la Alianza Cívica, como Lesther Alemán. Pero, no sabían que ella era hija de un mártir sandinista, porque se sorprendieron y se quedaron callados cuando ella les dijo que su padre era Cristian Pérez Leiva, quien le dio nombre a una colonia de la capital.
Ella también se sorprendió de que no lo supieran.
El día viernes la llevaron a los juzgados y la acusación decía que ella había pedido sanciones contra la dictadura, lo cual era falso.
Cuando regresó a la celda del Distrito Tres, la abordó el entonces jefe de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), comisionado Luis Pérez Olivas, quien le dijo que ya sabían quién era y que si estaba dispuesta a firmar su aceptación de que la sacaran del país.
Al día siguiente, sábado, la desterraron. Le hicieron revivir el primer exilio, el de 1979, pues no le dejaron sacar nada de su casa.
Compartió su almuerzo con Ortega en la cárcel
Ramiro Tijerino Haslam cayó preso en 1967 por andar metido en la lucha contra la dictadura somocista. Junto a su hermana, quien después llegó a ser jefa de la Policía Sandinista, Doris Tijerino Haslam, fueron encerrados en unas celdas del que era el Primer Batallón Blindado de la Guardia Nacional, es decir, en la Loma de Tiscapa, en el Chipote antiguo.
Como había muchos presos, y poco espacio, los separaron y a él lo metieron en un baño.
Su familia llevaba almuerzo para él y para su hermana, pero en una ocasión vio llegar preso a Daniel Ortega, a quien acababan de agarrar señalado por el robo a un banco. Se reconocieron y Ortega le preguntó que quiénes más estaban presos. Conversando estaban cuando a Tijerino le llevaron la comida, que era para él y para su hermana, pero como a esta última la habían llevado a otro lado, y a Ortega su familia no le había llevado porque todavía no sabían que estaba preso, le dio la comida de la hermana a Ortega.

“Me acuerdo que puse su plato (el de Doris Tijerino) en el suelo y se lo tiré a Daniel, que estaba esposado y boca abajo, y él así se lo comió”, contó Tijerino Haslam a la revista Niú.
No estuvo mucho tiempo en la cárcel con Ortega, porque los guardias, al ver que estaban conversando, los separaron. A Tijerino Haslam lo liberaron casi un mes después, pero Ortega pasó siete años preso, hasta que lo liberó un comando sandinista.
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En julio de 2018, casi 51 años después de que le dio de almorzar a Ortega en el antiguo Chipote, Ramiro Tijerino Haslam tuvo que regresar a esa cárcel, esta vez para pedir por la libertad de su nieto, Manuel Eduardo Picado Tijerino, encarcelado porque participó en las protestas de abril de 2018, en Matagalpa.
La imagen de Tijerino Haslam, para entonces de 73 años de edad, apareció en los periódicos mientras pedía por su nieto en las afueras del Chipote, en la loma de Tiscapa, bajo una carpa y sosteniendo una foto del muchacho.
Desde que se habían visto en la cárcel, Tijerino Haslam y Ortega no tuvieron luego mayor relación, salvo que Tijerino Haslam lo vio en algunas campañas electorales, en las que Ortega llegaba a Matagalpa, y una vez que se encontraron en la Hacienda San Jacinto, contó Tijerino Haslam en su momento al ahora extinto periódico El Nuevo Diario.
Sin embargo, era seguro que Ortega se acordaba de él. Y, si lo hubiera tenido de frente en ese julio de 2018, cuando rogaba por la libertad de su nieto, le hubiese dicho a Ortega: “Acordate cuando te tuvieron (preso) a vos”.
Ortega no solo no tuvo compasión de quien alguna vez fue su benefactor, sino que, cuatro años después, en agosto de 2022, también le encarceló a un hijo, al sacerdote Ramiro Tijerino Chávez, a quien también Tijerino Haslam tuvo que ir a ver al antiguo Chipote, en la Loma de Tiscapa.
El nieto de Tijerino Haslam estuvo siete meses preso, mientras que su hijo, el padre Tijerino Chávez, quien cayó preso por ser del círculo del obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez, fue desterrado posteriormente por Ortega y su esposa Rosario Murillo.
Tijerino Haslam sufrió mucho a causa del hombre al que una vez le compartió almuerzo en las cárceles somocistas.
El ministro de Vivienda de los sandinistas
Los sandinistas lograron conformar un grupo de 12 intelectuales y empresarios para que les apoyaran políticamente en su lucha armada. Se les conoció como El Grupo de los 12 y, en junio de 1978, cuando todavía faltaba un año para el derrocamiento del dictador Anastasio Somoza Debayle, llegaron a León para alentar la lucha armada sandinista, a pesar de que Somoza los tenía acusados formalmente por los delitos de terrorismo y traición a la patria.
El grupo fue alojado “en su casa de amplios corredores de las afueras de la ciudad”, cuenta Sergio Ramírez, uno de los 12, por el matrimonio compuesto por Miguel Ernesto Vijil Icaza y María Josefina Gurdián, quienes tenían seis hijos, entre ellos Josefina y Ana Margarita.
Un año después, en 1979, cuando triunfaron los sandinistas, Vijil Icaza, uno de los intelectuales que apoyó el proceso revolucionario que llevó al poder a Daniel Ortega y otros ocho comandantes sandinistas, fue llamado a ocupar el cargo de ministro de Vivienda y Asentamientos Humanos, el que ejerció hasta 1988, cuando fue llamado como presidente del Banco de la Vivienda de Nicaragua, siempre con los sandinistas en el poder y con Daniel Ortega como presidente de la República.
Tiempo después, la hija menor de ese matrimonio, Ana Margarita Vijil Gurdián, tras las protestas de abril de 2018, fue encarcelada, torturada y finalmente desterrada, desnacionalizada y confiscada, mientras su madre, Pinita Gurdián, sufría por no saber de ella, porque la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo no solo no dejaba verla, sino que la mantenía en deplorables condiciones carcelarias.

Su esposo había fallecido en 2013 y a Pinita Gurdián le tocó sola ver cómo torturaban a su hija y también a su nieta, Tamara Dávila, igualmente encarcelada, torturada, desterrada, desnacionalizada y confiscada, solo por exigir la democratización del país.
Tamara Dávila es en realidad hija biológica del excoronel del Ejército sandinista, Irving Dávila Escobar y la exguerrillera sandinista matagalpina Sadie María Rivas Reed, ambos ya fallecidos. Pero es parte de los Vijil Gurdián porque su padre se casó con María Josefina, la hija mayor de la familia y para Pinita era su nieta amada.
Hasta el final de sus días, Pinita Gurdián sufrió los vejámenes de la dictadura Ortega Murillo, porque falleció sin ver a su hija y a su nieta, aún después de que ambas fueron desterradas a Estados Unidos, porque el régimen no le permitía la salida del país, a pesar de que también padecía una enfermedad que le urgía ir al extranjero para tratarse.
La poetisa que alojó a Murillo cuando más lo necesitaba
Transcurrían los días finales de 1977 y Rosario Murillo vivía en el exilio en Panamá, junto a su compañero Vicente “Quincho” Ibarra y sus tres hijos: Zoilamérica y Rafael Narváez Murillo y Carlos Enrique Ibarra Murillo, mejor conocido como Tino, quien estaba recién nacido. Todos ellos son ahora de apellidos Ortega Murillo, porque fueron adoptados posteriormente por Daniel Ortega.
Tanto Murillo como Ibarra habían salido poco antes de Nicaragua porque los perseguía la Guardia Nacional de Somoza, debido a que eran colaboradores del Frente Sandinista (FSLN).

En aquel momento, Murillo atravesaba serias dificultades económicas, pues ella e Ibarra no tenían trabajo y se ayudaban de la solidaridad y de algún monto de dinero que su papá, el rico agricultor y ganadero Teódulo Murillo, le enviaba porque no quería que sus nietos pasaran dificultades.
Una amiga de Rosario Murillo, la poetisa Gioconda Belli, le vio en aprietos y se ofreció a ayudarla. Murillo y su familia se trasladarían a Costa Rica, donde había mejores oportunidades para los exiliados. Vivirían en la casa de Belli, para mientras hallaban empleo para ganar algo de dinero y poder rentar su propia casa.
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“Zoilamérica cuidaba a su hermanito Tino, que era un niño de meses, con una devoción maternal que me impresionó”, escribió Belli después, en su libro El país bajo mi piel.
Hoy, Belli y su hijo, Camilo de Castro, un cineasta, viven en el exilio, después de haber sido desnacionalizados y confiscados por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Murillo y Belli tienen años distanciadas, pero a la primera también se le olvidó el apoyo que recibió de la segunda.